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Pascua sandinista

Sergio Domínguez-Jaén

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El pasado domingo, Pascua de Resurrección, el papa Francisco pronunció palabras que herían, por lo cierto y por la urgencia de poner paz, en tanta sin razón en su habitual bendición al mundo y a sus pueblos. Su exhortación teológica, que en él es política, puso sobre la conciencia la guerra de Ucrania, Haití, la sangrienta lucha en Palestina y en la ocupada Jerusalén. También, se dirigió a los gobernantes de Nicaragua y a su Iglesia perseguida, entre otros asuntos.

Parece una comedia, si no fuera porque el tema es muy serio: el presidente Ortega y su Murillo prohíben las procesiones de Semana Santa. Hay imágenes en las que se ve claramente cómo los soldados y policías intentan parar las ceremonias, corriendo detrás de los portadores de los tronos o crucificados: insisto parecía un corto sacado de La vida de Brian.

Es inverosímil a dónde ha llegado este comandante, que tuvo en su directorio en el exilio, en el campo de lucha de toda Nicaragua (también cuando triunfó la revolución), a tres sacerdotes que ocuparon cargos políticos de primera línea de gobierno.

Se abrió al mundo a raíz de los encuentros de las conferencias episcopales latinoamericanas en Puebla y Medellín, sobre todo en los países gobernados en casi su totalidad por dictaduras militares, una nueva forma de entender las escrituras. A la luz de esa nueva hermenéutica, se puso el foco en el oprimido, en el pobre, en el inmigrante y, evidentemente, corrió como pólvora liberadora por toda América, no sin dejar mártires por el camino, como el asesinato de los jesuitas de la UCA y de monseñor Romero en El Salvador, o los cientos de curas y religiosos muertos en México, Argentina, Uruguay o Brasil. 

El Frente Sandinista se había impregnado de la teología de la liberación, que había concretado el peruano Gustavo Gutiérrez, donde la ortodoxia dio paso a la ortopráxis. Está forma de analizar y actuar se había hecho fuerte también en las comunidades que llevaba en Solentiname el poeta Ernesto Cardenal, poeta (El evangelio de Solentiname), sacerdote y monje trapense, que fue uno de los primeros en caer en desgracia dentro de la jerarquía eclesial y del sandinismo más obtuso, tanto que hasta Juan Pablo II lo reprendió vehementemente cuando Ernesto lo esperaba arrodillado en el aeropuerto de Managua. Después le confiscarían sus cuentas y lo poco que tenía por orden de Ortega. A Ernesto lo suspendieron “a divinis”, o sea le retiraron la potestad de impartir los sacramentos. Pero hace unos meses lo visitó el papa Francisco y le devolvió su autoridad ministerial antes de morir en el hospital. 

Los comandantes con mayor carisma, como Dora Téllez o Sergio Ramírez, o la poeta Gioconda Belli, también en el exilio, han sido despojados de la nacionalidad de Rubén Darío... Estos son solo unos pocos nombres que no incluyen a los curas presos, expulsados o maltratados, como le ocurre al obispo Rolando Álvarez, condenado a 26 años por traición a la patria. 

Este es un claro ejemplo de cómo se utiliza a la iglesia por el poder civil y cómo la misma iglesia en muchos momentos de la historia se ha puesto del lado equivocado del evangelio. O cómo la esperanza que la revolución llevó a los nicaragüenses, con la ilusión en una nueva historia, se ha convertido en una pantomima, donde los que la hicieron posible han devenido en dictadores, como a los que derrocaron. 

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