El precio de la democracia


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Dar la espalda a los conflictos no solo no los soluciona, sino que los fija en el tiempo, grabándolos a fuego, haciendo que una herida nunca termine por sanar, ocasionando una cicatriz lo suficientemente profunda como para sentirla en todo momento. La invasión de Ucrania por parte de Rusia es dramática desde la perspectiva humana. De forma colateral tiene implicaciones económicas dimensionados según sea el grado de interrelación con la región afectada, así como la fragilidad manifiesta que se tiene respecto a los impactos exógenos ocurridos.

Debemos tener en cuenta que un desastre es una situación de ruptura del funcionamiento normal de un sistema, cuyos efectos sobrepasan la capacidad de una sociedad para poder responder a la situación. Además, los daños no se ubican ni temporal ni territorialmente en un lugar concreto, sino que se expanden y perviven dependiendo de la profundidad y de la duración del conflicto. De hecho, como cualquier invasión, se liquida toda distinción entre quienes combaten y quienes sufren. El efecto que se siente más allá de percibir el estruendo de la barbarie se contempla a través de los precios. La escalada de la cotización del gas y el petróleo refuerza la espiral inflacionista y aviva los efectos de segunda ronda. Es cierto que, a lo largo de 2021, aun no siendo monopólica del Archipiélago, sí que establece alteraciones en el proceso de toma de decisiones donde ya se anunciaba que el incremento desmesurado de los precios se configuraba uno de los riesgos en el proceso, aún incipiente y no consolidado, de recuperación económica. 

El actual sistema energético se caracteriza por una alta dependencia de los combustibles fósiles. Esta situación se agrava aún más por la condición de Canarias como región ultraperiférica, aislada energéticamente de otros territorios y con recursos limitados, lo cual incide aún más en su vulnerabilidad. Sin embargo, el archipiélago cuenta con una serie de ventajas y oportunidades aún sin explotar. Por un lado, dispone de unas condiciones climáticas y recursos renovables cuyo aprovechamiento reduciría de forma considerable su dependencia del exterior y las emisiones contaminantes derivadas de su uso y, además, contribuiría a la promoción y desarrollo de la economía local, con la consiguiente generación de empleo. Por otro lado, cuenta con un elevado potencial de ahorro energético y de mejora de la eficiencia energética en todos los sectores de actividad de ahí que la adopción de medidas de uso racional de la energía en los diferentes sectores de actividad incrementaría su competitividad.

Pero ¿cómo arreglamos el hecho causante? Es muy probable que Rusia esté mejor preparada que la mayoría de los países para capear las sanciones impuestas, ya que tiene un enorme superávit de cuenta corriente y ha acumulado reservas históricas en moneda extranjera suficiente para cubrir varios trimestres sin que la oligarquía lo sufra de forma importante en un corto plazo. Por ello, casi con total certidumbre, las consecuencias de la actual invasión a gran escala serán más graves a medida que pase el tiempo y se extiendan en el espacio donde las implicaciones económicas para el resto del mundo serán mucho menos graves que para Rusia, pero como cualquier situación todo tiene su riesgo. Actualmente sería el de una estanflación donde la tasa de crecimiento caiga hasta su detención mientras que se coexiste con una elevada inflación, con el consiguiente efecto sobre el poder adquisitivo. Ahora bien, probablemente sea el coste para acabar con la autocracia basada en decisiones despóticas, porque tengamos claro que la democracia tendrá un precio, pero la alternativa siempre será peor.

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