Virus y vampiros

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El 19 de octubre de 2007 se estrenaba en Estados Unidos una película de terror titulada 30 días de oscuridad, con notable éxito de público y variedad en la percepción de la crítica. Su director, David Slade, era un realizador de cine y televisión británico que había iniciado su carrera conduciendo videos musicales, hasta que encontró en los escenarios ominosos y las biologías distópicas un verdadero filón, incluyendo varias entregas de series como Crepúsculo, Black Mirror o Breaking Bad. Con los vampiros siempre se ha encontrado cómodo, y en 30 días de oscuridad les organiza un festín aprovechando las excelentes condiciones que proporcionan las sombras durante los 30 días sin sol que se suceden, durante el invierno, en un aislado y solitario pueblo de Alaska.

¿De dónde salen los vampiros? Obviamente, de lo que se esconde en las zonas ocultas de las sombras, pero ya estaban allí; simplemente aún no habían tenido la oportunidad de arribar al poblado de Barrow, un lugar al que la deficiente estructura defensiva y la escasez de personal dedicado al servicio público –más allá del sheriff y su mujer, que ejerce de ayudante–, especialmente en esos malditos 30 días, lo hacen particularmente vulnerable al depender su iluminación de un endeble grupo electrógeno, incapaz de aguantar un asalto. Con ese panorama, la verdadera pregunta sería por qué había tardado tanto la familia vurdalak en decidir sentarse a la mesa y degustar la cena. En realidad, los vampiros llevan alimentándose de sangre y otros fluidos humanos toda la vida, y lo vienen haciendo con una eficiencia estimable. Es posible que la base de su éxito radique en que los seres humanos no creen demasiado en su existencia y, como mucho, los consideran productos literarios de la serie B, o leyendas populares que sobreviven debido a la incultura del mundo rural.

Algo similar sucede con los virus, minúsculos agentes infecciosos que parecen ocupar una interfase entre lo que es vida y lo que no es, y que necesitan actuar como okupas parciales en las células animales y vegetales para reproducirse. Al igual que en el caso de los vampiros, ciertas personas dudan de su existencia, o directamente no creen en ella, organizándose en cofradías para negarlos públicamente. Si bien hay otras explicaciones de su aparición, una de las más verosímiles sugiere que los virus cumplieron un importante papel en las primeras etapas de la evolución, tal vez como factores que promovieron la diversificación de un antepasado común, de una especie de abuel@ biológico@ de todas las especies; al cual, por cierto, se le puso el nombre de LUCA –last universal common ancestor–, de donde puede que provenga la costumbre, promocionada en su momento por Chiquito de la Calzada, de despedirnos con alguna variación de su nombre.

En cualquier caso, sería aventurado sospechar una innata mala intención en los virus, como hacemos con los vampiros. Los minúsculos y escasamente desarrollados patógenos nos invaden, sencillamente, porque encuentran la oportunidad, y tienden a multiplicarse por su tendencia colonizadora. Al fin y al cabo, dos defectos –o virtudes, según la valoración de cada cual– que comparten con los humanos. De hecho, los organismos biológicos superiores disponen de ciertos mecanismos naturales para evitar los efectos nocivos de los virus invasores, lo que consiguen fabricando moléculas químicas que se les enfrentan y, en las condiciones adecuadas, los aniquilan, o estimulando la actividad de ciertas células especializadas en este tipo de confrontaciones. Utilizando un símil boxístico, la primera línea defensiva consiste en la guardia y la esquiva; la segunda, más proactiva, el jab de izquierda –si se es diestro–, el gancho con la misma mano y el directo de derecha. Muhammad Ali utilizó ambos instrumentos cuando se enfrentó a George Foreman en Kinsasa, y acabó mandándolo a la lona, donde descansó, al menos, durante 10 segundos consecutivos.

De todo lo anterior, se desprende que la clave para que los objetivos virales o los vampíricos se consigan reside en la interacción de ambas entidades con sus huéspedes. Según lo que suceda durante esa interacción dependerá que se multipliquen y la colonización se convierta en pandémica. Ambos, además, necesitan de la supervivencia del huésped para sobrevivir, pues la sangre de cadáver le sirve de poco al nosferatu, y son las células vivas las que disponen del material y el equipamiento adecuados para la multiplicación de los virus. En el caso de los descendientes de Vlad el Empalador, se dice –aunque no se dispone de evidencias de peso­– que el ajo, el agua bendita, las cruces y, en especial, la luz –¡Ah, la luz!– tienen efectos protectores, e incluso pueden acabar con el depredador. Las evidencias probadas son más sólidas en lo que se refiere a los patógenos virales y sus mutaciones, y consisten en la estimulación de las defensas naturales mediante las vacunas y, en algunos casos, en el diseño y fabricación en el laboratorio de medicamentos específicos, los cuales, si no son capaces de noquear definitivamente al virus, pueden suavizar sus ataques o minimizar sus consecuencias.

En Barrow, el pequeño poblado de Alaska, se daba la oportunidad, había exceso de confianza o desconocimiento acerca de la existencia de las fuerzas del mal, los medios eran escasos y a falta de planificación disponible para emergencias como aquella, hubo que improvisar una angustiosa defensa, que acabó con buena parte de sus habitantes. En el mundo, a pesar de algunos indicios y avisos, pasaba algo parecido en lo que respecta a la extensión de un virus desconocido hasta entonces, si bien algunos de sus parientes cercanos nos hubieran visitado con anterioridad. Una relación superficial de los factores evidentes en este país incluyen la carencia de educación sanitaria, la pésima capacidad de coordinación entre los diferentes niveles del estado, una situación de desigualdad social cada vez más marcada, y la priorización de la economía frente a la falta de respeto a la salud, sobre todo a la que depende del funcionamiento del sistema público. Como fondo, la insoportable incapacidad para analizar la realidad con, al menos, una vocación de objetividad, minimizando la influencia sentimental, y la ineficiencia para adoptar decisiones de futuro. Como aderezo, un momento periodístico en el que predomina la baja calidad, la extrema polarización de los medios –lo que comienza en una dependencia excesiva, y en ocasiones vergonzosa, del perfil ideológico de la empresa, y termina con una valoración del titular escandaloso frente a la investigación y el análisis–, la moda de los espectáculos televisivos en los que pandillas de ignorantes opinan sobre la actualidad con la petulancia que les proporciona su condición, y la confusión entre información y opinión entre buena parte de los profesionales de éxito; a veces, incluso, hasta reciben el premio que lleva el nombre del gran Cuco Cerecedo por practicarlo.

Evidentemente, se dan problemas añadidos, cuya manifestación precisaría condiciones estructurales muy diferentes a las actuales, que están en relación con la transformación demográfica, la extensión de las enfermedades crónicas –ampliamente instaladas en los sectores de la población de mayor edad–, y la inexorable degradación medioambiental, que multiplica y empeora progresivamente la situación. Todo ello exige rotundas modificaciones en la acción política a todos los niveles, desde los pequeños municipios a la gestión del planeta, y que en el ámbito sanitario significan inversiones urgentes y generosas en los sistemas de salud, revisando críticamente los relaciones entre el ámbito público y el privado, y la aceptación de que la inversión en educación, investigación e innovación desde el sector público constituye la garantía de combatir la desigualdad, así como el más potente y eficaz mecanismo defensivo frente a la amenaza de los vampiros que se ocultan en las sombras, los virus que se nos acercan desde las escasas y debilitadas zonas verdes, o las catástrofes ambientales que, previsiblemente, se multiplicarán en el futuro inmediato.

En los sistemas democráticos, o con vocación de serlo, es imprescindible que el debate y los acuerdos entre las diferentes opciones políticas permitan diseñar el futuro y abordar los retos generados por las emergencias con posibilidades de éxito, alcanzando a toda la especie con una especial atención a las capas más desprotegidas y vulnerables  de la misma. Los pocos habitantes que sobrevivieron a los 30 días de oscuridad en Barrow asumieron un mínimo nivel de organización bajo la dirección de quien parecía tener la mayor capacidad, y todos se dispusieron a trabajar en la misma dirección. En la contienda cayeron unos cuantos, tal vez muchos, pero al final fueron capaces de derrotar a los vampiros glotones. Sin embargo, acabarán volviendo –de hecho, la película tuvo varias secuelas, con resultados variables–, y es necesario prepararse, ahora que se sabe un poco más sobre sus intenciones y su potencia.

Sin entrar en señalamientos específicos, en la gestión política la combinación de ineficacia y sectarismo, con el aderezo universal de la corrupción como negocio, acaban llevando fácilmente –como ha señalado Muñoz Molina– a la negligencia criminal. Lo malo es que cada parte implicada en el conflicto tiene una gran sensibilidad para detectar los errores en sus oponentes, al mismo tiempo que desarrolla una estúpida tolerancia hacia los propios. Es habitual que desde cada lado del poliedro se encuentren diferencias de carácter mostrenco o de matiz, como parte de una simetría perversa. Es muy difícil reconocer el error propio y la activación de un mínimo mecanismo reflexivo, más allá del discurso y la escenificación partidista. Claro que hay diferencias, pero mientras la polarización actual persista de una forma innegablemente religiosa, con fondo de canciones fronterizas y teñida de banderas al viento, la tentación de acusar al vecino de escaño, en lugar de discutir con él, hará imposible que el seguidor, el hooligan, sea capaz de captar las diferencias. El caso de la Presidencia de la Comunidad Autónoma de Madrid, a cuya cabeza no sabemos si hay una persona con signos de psicopatía, o si se trata de la combinación habitual de ignorancia, sectarismo y ciega fidelidad al jefe que hace las listas, constituye un material utilísimo para los manuales de politología o para los sainetes urbanos. En esa particular tragicomedia lo mas importante parece ser intentar el deterioro de la posición contraria, mientras se van acumulando elementos utilizables en el siguiente montaje electoral. Ante ese panorama, los virus, los vampiros y los tsunamis solo tienen que esperar la mejor oportunidad para entrar a saco, en el momento y en la hora precisa en que comiencen los siguientes 30 días de oscuridad. Hasta que llegue una ocasión en que su duración alcance la eternidad, sin prevención y sin remedio. Cuando eso ocurra, las sombras volverán a cubrir la tierra.

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Publicado el
29 de septiembre de 2020 - 13:24 h

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