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Dejadnos repoblar la España vacía

Ana Tristán

Esta columna la escribo desde el monte, sin cobertura, wifi, ni bibliotecas. Con la incertidumbre de cómo hacer para enviar mi columna semanal, y con un termo lleno hasta arriba de café.

Esto de escribir sin internet se me atraganta en el cerebelo. A ratos necesito saber qué habrá pasado en el mundo exterior, qué miedos andarán rentabilizando los periódicos, qué pactos habrán hilado los políticos, qué suceso insignificante habrá sustituido a Estepona y su súper tobogán. Necesito conocer todas esas cosas que no me importan un carajo para ubicarme, para saber dónde se supone que estoy.

De qué discusiones se habrán llenado las grandes palabras, qué habrán hecho los opinadores con la Eutanasia, Gaza, el cambio climático, la depresión. Qué niña con trenzas habrán los medios convertido en adalid de las buenas causas. Qué diantres pasará ahí afuera, en esa cosa esquizofrénica que se llama actualidad.

No tengo idea. Me encuentro en una aldea de unos setenta habitantes (de muy diversa procedencia), que quedó totalmente despoblada en los años sesenta y fue repoblada treinta años después. Los primeros repobladores supieron esquivar la persecución burocrática inscribiéndose en los registros como Junta Vecinal, un papeleo que costó dos años de laberinto institucional. De momento, el Aparato no los puede criminalizar, como sí ha hecho con los repobladores de Fraguas, en Guadalajara.

Mis manos de urbanita posmoderna se regocijan al entrar en contacto con la azada y el rastrillo, mis callos rezuman idilio rural. Mi mente de “millenial” sedienta de Bits y algoritmos reposa en barbecho. Mientras escribo esta columna, los habitantes del pueblo están construyendo un horno de barro (venga a cargar carretillos) y yo me escaqueo de las tareas del común para cumplir con el plazo de entrega, para brindarles a ustedes estas palabrejas que intento juntar.

Vivo en una cabaña de piedra y madera construida sin planos, sin estudios de arquitectura, ni de bachillerato... Sólo con las manos y un conocimiento adquirido por la experiencia que no habita en los libros. Mis vecinos más cercanos se encuentran a una montaña de distancia, a media hora de camino escarpado, ahora verde y brotando, repleto de flores, muy eco, bio, orgánico y natural.

Asomada a mi ventana rural observo pasar a una excursión de urbanitas, carne de metrópoli como yo, que vienen a hacer senderismo, selfis y, me imagino, a buscar el contacto con la naturaleza que no crece en la ciudad. La mirada del guiri, del foráneo, observa con ojos de lejos, con la distancia de la ciudad, con la curiosidad del zoológico. Desde hace años, diversas Consejerías promueven el turismo rural para impulsar la exigua economía, es la receta milagrosa, el bálsamo de fierabrás del desarrollo. Al parecer del Aparato, es el turismo la única vía de escape para la pobreza del campo.

Sin embargo, en estas comunidades defienden que la naturaleza y su cuidado poseen un valor mucho mayor que el turístico, como nos cuenta Estefanía: “es una forma de vida, un estado de conciencia”.

En España y Europa hay cada vez más proyectos de repoblación y de vida en comunidad. Hay quienes han vendido muchos libros asegurando que es el final de las utopías, que no existe más la ideología, pero (por suerte) también queda quien tiene aún ganas de hacer de la utopía algo tangible, de dejar de teorizar un mundo mejor y simplemente construirlo.

No es cuestión de cuatro hippies “tripi poéticos”. Es la inercia de los tiempos que nos corren. Hay ya centenares de redes locales, nacionales e internacionales (como la Red Ibérica de Ecoaldeas) que dan forma, apoyo y estructura a estos proyectos. Realizan periódicamente talleres de bio construcción, de hornos de barro, permacultura, gestión de proyectos comunitarios o desarrollo emocional para todo el que tenga interés en conocer y aprender formas de vida y construcción respetuosas con el medio ambiente.

Ahora que estamos en jornada electoral, los políticos rezuman de buenas intenciones, se preocupan por la España vacía y su progresiva despoblación, por la pobreza en la periferia, la pobreza energética, el desempleo, los plásticos que nos atragantan, las especies que se extinguen, la contaminación del mar.

Pero las palabras al aire no rozan la vida. Sigan, si quieren, palabreros a sus palabras y dejadnos a nosotras repoblar.

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