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Ana Tristán

Nací en Las Palmas y estudié Sociología en Granada. En 2013 hice unas prácticas en Canarias Ahora y sigo colaborando en este medio siempre que puedo y me dejan. Me interesan la poesía, el diseño y las relaciones internacionales. Busco fórmulas inclusivas para escribir y pensar. Utilizo el neutro (casi siempre masculino en gramática española) por economía del lenguaje, aunque ello me produzca interminables contradicciones.

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¿Lo escuchan? Es mi risa contenida

Desde aquel primer debate televisado en el que un bronceadísimo John F. Kennedy machacara visualmente a un Richard Nixon paliducho y encogido, quedó claro que la Televisión consiste en un mero espectáculo de poses, apariencia y maquillaje.

La cosa extraña que llaman “debate” tiene algo de ritual liberador de las tensiones colectivas. Sabemos que va a ser frustrante, limitado mentalmente hablando, vacío de contenido, tontuno y, en fin, lo de siempre. Pero, aun así, lo esperamos ansiosos, lo comentamos enfervorecidos y oh dios mío, me he olvidado de comprar el vino para el debate de esta noche. Maldición.

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Debates que matan (las neuronas)

Como decía Pimpinela, grupo de referencia de la política española: “Si hay amores que matan y hay cariños que duelen, yo quisiera saber por qué uno los busca, los sigue y los quiere”.

Yo también me lo pregunto. Me pregunto por qué diablos vuelvo a encender el televisor con la vana ilusión de sacar algo en claro, de entender el plan de acción de los partidos políticos.

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Los árboles mueren de pie

“…de los males del cuerpo ya hay muchos que se ocupan. Pero ¿quién ha pensado en los que se mueren sin un recuerdo hermoso? ¿En los que no se han sentido nunca enternecidos por un ramalazo de misterio y de fe?”

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Mamá, quiero ser Papa

Viendo ayer la entrevista de Jordi Évole al papa Francisco, recordé a mi abuela Elisa. Carajo, si es que ella me lo explicaba todo más clarito, sin tanta hermeneútica, ni tanto psiquiatra.

Mi abuela era católica, apostólica, romana y de La Laguna. Devota y practicante, demócrata, moderna (pese a su época) y juvenil (pese a su edad). Madre de agnósticos y abuela de ateos, era una auténtica “minoría absoluta” en su propio redil. Santa paciencia.

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De fascismos y unicornios

Observo estos días soleados que los pantalones campana han vuelto a ponerse de moda una vez más. Lo mismo que parece haber ocurrido con el fascismo, el analfabetismo (tecnológico) o la ropa vintage (que viene a ser vestir como un aparca-coches de los años 70, pero a precio de nuevo rico). Es un no parar de ver la historia repetirse esto de vivir.

Desde hace años, los partidos de extrema derecha triunfan en todo el mundo. Hay una onda expansiva de nacional populismo nutriéndose de la crisis económica, ética e institucional. En España este fenómeno ha llegado con retraso, como la Ilustración, el Wifi o la Alta Velocidad. Pero ha llegado, no íbamos a ser menos.

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La sociedad que se suicida

Durante la mayor parte del tiempo nos percibimos como individuos especiales y duraderos, racionales y equilibrados, hasta que algo dentro del organismo se avería, se estropea y nos dice: hasta aquí.

Sabemos que vivimos a merced del mercado, y la tecnología, qué duda nos puede caber. Somos conscientes de que el mundo se derrite, los osos polares se mueren de calor y un montón de criaturas que no sabemos ni que existen están en peligro de extinción. Sabemos que el planeta se llena de escombros, de plásticos, contaminación y refugiados, y casi todos deseamos muy fuerte que las autoridades y otras grandes empresas actúen en consecuencia y velen por nuestra salud global.

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El pozo sin fondo de la mediocridad

La mediocridad, según la Real Academia que define cosas, es la cualidad del mediocre, del latín mediocris, se refiere a aquello de calidad media, tirando a malo. Un pozo creo que ya sabemos todos lo que es, así que no iré a Google a buscar su definición.

Siempre he sentido temor ante mi propia mediocridad. Al leer algunos de mis textos, trabajos de clase e incluso alguna poesía lamentable que escribí, no puedo evitar sentir vergüenza ajena de mi yo del pasado. Reniego de mí misma, yo ya no soy esa, no se vaya usted a pensar.

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Hoy no tengo ganas de opinar

Este fin de semana le he dado una tregua a mi hígado. He roto con la tradición de la resaca y el ibuprofeno, he abandonado los bares y me he mantenido fiel al sofá, el gato y el internet.

Hacía tiempo que no me pegaba una maratón de series como Dios manda, es decir, pizza, mantita y bebidas híper-calóricas. Qué bien sienta la pereza, el enmimimasmiento y el descuido personal. No quitarse el pijama en dos días, asearse sólo cuando de las costuras brotan ya musgo y champiñones, desayunar a las dos, almorzar a las siete y tomar aperitivos todo el rato.

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Nada es tan dramático

Los espacios de socialización se han ido mudando al ciberespacio. En cuestión de veinte años la vida se ha internetificado a toda marcha, se ha diluido por las redes como el ladrillo por las ciudades, como el consumo, la xenofobia y la corrupción.

De los centros urbanos (o megalópolis) unos señores han ido arrancando los bancos, las plazas, los descampados y otros lugares inútiles, ya carne de reestructuración. La utilidad económica es la religión que nos gobierna.

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Un año más moliendo café

Yo el año lo abro y lo cierro con café, con mucho café. Muchas cosas cambiarán este 2019, quizás pruebe la quinoa o el gin-tonic de fresa, tal vez visite a un psicólogo o haga parapente, pero el café es ese punto de referencia que me acompaña los más de trescientos días que aún nos trae cada año.

Antes de despertar ya voy soñando al duermevela de una taza bien caliente. Como Léolo “la vuelta del campo de los sueños es brutal al entrar en el país de lo cotidiano”.

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