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Ana Tristán

Nací en Las Palmas y estudié Sociología en Granada. En 2013 hice unas prácticas en Canarias Ahora y sigo colaborando en este medio siempre que puedo y me dejan.

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A que te denuncio

Aunque usted no lo crea (o quizás sí, no sé cuán crédulo sea usted) en un mismo día he visto a dos personas amenazando con denunciar a un trabajador que no había hecho absolutamente nada más que trabajar. El denunciado en potencia era el conductor de la guagua que nos transportaba desde la estación de Coruña a la de Zaragoza. Las denunciantes, dos pasajeras con demasiado tiempo libre y un desarrollo cerebral aparentemente limitado.

Un viaje tan largo en guagua (autobús, ya saben) da para mucho. Doce horas con el culo plano y dolor de piernas, de olores desconocidos y ronquidos, de "perdone, no se duerma usted en mi brazo", "que alguien calle ya a ese niño", "qué ganas tengo de fumar"... Un trayecto así requiere abrir la mente al estoicismo, la paciencia y la resignación. De hecho, cuando sufro una crisis nerviosa fruto de alguna concatenación de chorradas, pillo el primer billete que encuentro y me embarco en un solitario viaje en guagua hacia la auto-superación. En los treinta centímetros que abarca el asiento, el mundo interior que una lleva consigo misma se expande y transforma con el paisaje que asoma de las ventanas, la mente se queda en blanco y color trigo y verde olivo, y plana como la meseta, y tranquila como la soledad.

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Apriétense los cinturones

Se acabó el verano y su larga siesta y también sus moscas puñeteras, ya se alejan las orquestas a su invierno y el rumor de los petardos, ya se marcha poco a poco este calor. Agosto se ha esfumado entre las hojas calcinadas y ya los niños y las niñas regresan a sus jaulas escolares a aprender el mundo y nombrar las cosas, a estar sentaditos sus largas horas sin molestar. 

Los niños, antecesores directos de los adultos y producto suyo, domesticarán durante los próximos diez meses todo su hormonal desequilibrio en civilizada cautividad. Se acabó ya el despiporre y el venial esparcimiento, aten en corto a sus crías y sus deseos, marchen todos a sus puestos, la máquina vuelve a girar.

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El circo de embestidura

Todo esto del circo de investidura, de las negociaciones y chantajes sillonescos para gobernarnos, no es más que una cortina de humo asfixiante para ocultarnos a todos que somos gilipollas.

¿No se han dado ustedes cuenta? ¿Acaso alguna vez? Yo lo he sentido a fuerza viva esta mañana, después del segundo café, claro, pues antes de este aún no razono, ni empatizo, ni sé dónde empiezan mis pies.

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Sociología de bar II 

Desde que trabajo en un bar ya no pongo la tele, en vez de eso pongo la oreja con disimulo y me entero, sin moverme de la barra, de los dimes, los diretes y otros juicios de actualidad.

Igual que los pasillos del Congreso o campos de golf son el auténtico centro de decisión política, y no el Parlamento. Son los bares y sus barras el inequívoco meollo de todo debate trascendental.

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Ponte tu mejor disfraz y llámalo identidad

Dicen ciertas gentes del oficio del pensar que el trabajo que desempeñamos y en el que invertimos las invariables horas que se suceden día tras día es la base sobre la que se erige, tambaleante, nuestra identidad. Esta, la identidad, es sin embargo un concepto tan travestido y manoseado en estos tiempos que una no sabe muy bien dónde empieza y dónde acaba, cuánto nos quita y cuánto nos da. Desde los gustos musicales, alimentarios e indumentarios hasta sus hábitos sexuales, recreativos o religiosos forman parte de ese cajón de sastre identitario. Aunque usted no lo sepa su identidad va siempre con usted, como una informe sombra imaginaria y colectiva que le aconseja al oído interno qué productos comprar, qué grupos de música escuchar, de qué papel disfrazarse.

Volviendo al hilo conductor de esta matinal diatriba, está claro que la actividad económica que desarrollamos y de la cual depende nuestro sustento tiene un papel fundamental en la evolución de la personalidad y nuestra forma de habitar la escala social.

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Mentiras y urbanidad

La mentira, a pesar de su mala fama y social condena, es el mecanismo evolutivo que nos ha permitido convivir en común civismo desde que se inventara el civismo, más o menos. Las mentirijillas piadosas y otras fórmulas de cortesía nos permiten soportarnos unos a otros en este baile de disfraces que es la existencia. Únicamente los críos, los borrachos y los adultos sobrios más bien repelentes carecen de la urbanidad que nos proporciona el buen uso del embuste, el silencio selectivo y la verdad a medias. La inmensa mayoría, una vez alcanzado el metro de estatura, aprendemos a resignificar la verdad a través del lenguaje y los buenos modales. A partir del metro y medio ya no se nos permitirá llamar gordos a los gordos, feos a los feos, ni asquerosa a la comida asquerosa. Con eso del crecer y el madurar la graciosa naturalidad que aplaudimos en los pequeños se torna en la vergüenza y comedimiento que psicoanalizamos en los adultos.

Hasta cierto o incierto punto agradezco a mis coetáneos que se autocensuren cuando sienten la odiosa necesidad de opinar sobre mí en voz alta. Si me intuyen, a mí o a mi progenie, más o menos gorda, delgada, viejoven, mediocre, demacrada, ojerosa o bigotuda, agradezco que sea comentado en pétit comité de cotillas y no aireado a todo trapo ante la atónita mirada de mi persona, que soy yo, y de otras más.

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Queremos que el presidente sea comunal*

Según las informaciones de última hora que llegan cada dos minutos, parece que en España seguimos sin gobierno. Estamos oficialmente desgobernados por no sé cuántos partidos políticos que se afanan, tal es su oficio, en gobernarnos. Los unos pactan y despactan con los unos, los otros hacen lo propio con los otros y el resto, la masa, nos dejamos desgobernar en una apacible y efímera anarquía.

Pues mira, ni tan mal. Voto a bríos que no pienso volver a votar este año. Ya pueden apurar nuestros insignes y no tan insignes políticos su particular Juego de la Silla y sentar a alguien que nos gobierne de una santa vez. A mí esto de la democracia me ha parecido siempre un invento salomónico, moderno y progresista a la par que clásico y conservador, pero ya se están pasando, señorías. Esto de votar cada dos por tres se está convirtiendo en un vicio de lo más molesto.

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Yo dimito

Me marcho una semana a pastorear un rebaño de pequeñas personitas en sus vacaciones de fin de curso y cuando regreso la actualidad se me ha descontrolado por todas partes. Virgencita, si es que a cada poco hay una nueva debacle colectiva, una eclosión de indignación por lo que sea que dicte la televisión que es importante.

Como algunos de ustedes saben ya de otras columnas y posts de Facebook, estoy en contra de la actualidad y su tertulianería; me dan fatiga, se me desborda la percepción de la realidad donde quiera que la tenga y me hace cortocircuito en mi muy preciada y torneada corteza cerebral. Me da muchísima pereza hablar de la manada, de Abderramán, de Vox y su Reconquista, del procés y de los pactos majaderos. No se me da bien amontonar las causas judiciales que me interesan para construir un relato mitificado y artificioso de la realidad. “Traten otros del gobierno, del mundo y sus monarquías, mientras gobiernan mis días mantequillas y pan tierno…”. Los versos de Góngora son más actuales que la boda de Pilar Rubio y Sergio Ramos. Ahora que el mundo se ha expandido más allá de sus fronteras y los gobiernos y medios de comunicación extienden sus tentáculos sobre cada aspecto de la vida, hemos de reivindicar el pan tierno, la ironía y las tertulias en la plaza (o en el bar).

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¡Más orfidal, por favor!

Padezco, desde que recuerdo, un insomnio galopante y absolutamente improductivo. No me ocurre a mí como a esas insignes figuras a quienes la vigilia intempestiva arrastraba a momentos de explosión artística y social nocturnidad. Yo, por el contrario, puedo alargar la madrugada haciendo pelotillas de papel hasta las tantas en una especie de Asperger transitorio que me impide relacionarme con el mundo exterior. Puedo ver pasar las horas repanchingada en mi poltrona mientras pienso, por ejemplo, que si dirigiera el mundo abriría con mi llave maestra todas las puertas de todas las naves y edificios en desuso; crearía una ciudad paralela y gratuita para las personas sin recursos, hoteles de lujo y especulosas urbanizaciones para uso y disfrute de la gente sin hogar.

Casi todas las personas que conozco tienen periodos en los que adolecen de esta vampírica condición. El insomnio, como la ansiedad, el estrés y la depresión es un malestar de lo más democrático, moderno y occidental. Afecta (¿por igual?) a las clases altas como a las bajas, a los deportistas de élite y a los peones de albañil, a los parados y a los que jamás pueden parar. Sin embargo, por muy y mucha democracia, no es lo mismo sufrir ansiedad en un chalet con piscina y una cuenta bancaria llena de ceros que padecerlo desde la sombra de un bajo derecha en riesgo perenne de desahucio policial. Los ricos también lloran y sufren y padecen, pero disfrutan de métodos mucho más sofisticados para el consuelo y la superación. El estrés diario del hogar y la familia se lleva mejor con asistenta y un fin de semana a cama hecha en los Alpes suizos es algo que relaja una barbaridad.

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El verano comienza en un balcón

Cuatro son las estaciones que tiene un año, uno y todos, que sepamos y, de momento, el calendario, el armario y la vida en general se rigen y ordenan por esta sencilla sucesión de temporadas. Cuatro, también cuatro, son ya los ingleses que han tenido a bien precipitarse al vacío desde un balcón mientras visitaban las etílicas calles de nuestro abalconado país. No sabemos si, como casi todos hemos hecho alguna vez, intentaban cual tiernos abejorros contradecir las leyes de la física y alzar el vuelo hacia la azul inmensidad. El alcohol a todos nubla los sentidos, afila la lengua y distorsiona, más o menos, nuestra noción de la realidad.

De momento, si la LOGSE, la LOMCE o como se quiera ahora llamar, no ha intervenido, las estaciones siguen siendo cuatro y siguen viniendo determinadas por las posiciones de la órbita terrestre en su giro alrededor del Sol. Y por los ingleses. En España lo sabemos bien. Vaya que sí. Que digan lo que quieran, pero según la sabiduría popular, el verano no comienza hasta que no empiezan a caer turistas de los balcones.

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