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Ana Tristán

Nací en Las Palmas y estudié Sociología en Granada. En 2013 hice unas prácticas en Canarias Ahora y sigo colaborando en este medio siempre que puedo y me dejan. Me interesan la poesía, el diseño y las relaciones internacionales. Busco fórmulas inclusivas para escribir y pensar. Utilizo el neutro (casi siempre masculino en gramática española) por economía del lenguaje, aunque ello me produzca interminables contradicciones.

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Capitalismo y mediocridad

Los nombradores y analistas de la actualidad estudian, desde hace milenios, los índices de apatía general, el grado de variabilidad del desencuentro. Tipifican conductas sociales visibles y después les encasquetan el halo de unos juicios de valor.

Las instituciones, por su lado, teorizan sobre su propia desintegración, se hacen transparentes, para no hacer ruido, y participativas, por la redención.

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Las guerras de identidad y otros asuntos de 'millenial'

Ana veía restos de la guerra civil española donde otros sólo vemos una calle, un parque, una tienda, un pedazo de ciudad.

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Bauman y los parias de la modernidad

Escribía Bauman que “nuestro planeta está lleno”, lleno de tierras inhabitables, de vertederos y campos de refugiados, de burocracias tecnológicas y otras formas de administración del abandono (2005). Cada vez hay mayores zonas despobladas, geografías inhabitadas abandonadas a la suerte del desarrollo tecnológico, vidas desperdiciadas en los márgenes de la indignidad. El planeta no está lleno de gente, sino de injusticia, de desechos y exclusión.

Bauman fue un sociólogo entrañable, una paradoja andante y pensante de la modernidad. De origen polaco y familia judía, en 1939 escapó a la URSS huyendo de la persecución nazi y en 1968 a Inglaterra perseguido por el antisemitismo comunista: fue un sujeto del exilio, víctima del fascismo de todos los colores y una mente de una extraordinaria sensibilidad.

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¿Los abusones dirigen el mundo?

De pequeña mi madre nos confeccionaba vestidos llenos de floripondios y colorinchis, nos ponía lacitos en el pelo, trenzas, coletas, zapatitos de charol. Hasta que llegué a la edad del pavo suplicando por ropa más moderna, más como las demás, como “Al salir de clase”. No más vestiditos, no más ir igual que mi hermana, no más ser una panoli.

A los doce años empezó esa absurda e inevitable obsesión por la aceptación social, por la afirmación de mi identidad a través de la ropa, de la exterioridad.

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Las ciudades intangibles

­­­Las ciudades se repiten unas dentro de otras, ciudades clónicas que se asemejan y distancian en cada trazado de sus calles, en los submundos que las conjugan. Cada vez que mudo de ciudad encuentro los mismos universos paralelos que viven, o lo intentan, a pocas paradas de metro, a miles de kilómetros de distancia. 

No sólo las franquicias, espacios co-working, gastrobares, hoteles y tatuajes son exactamente iguales en las ciudades informacionales (Castells, 1995), también la desigualdad que las gobierna. 

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Fe de erratas: sobre precariado y tele marketing

La equivocación es una constante. El error es la base del conocimiento, a base de enmendar errores se llega a la solución. Así nos funciona el pensamiento, por los accidentes.

Al leer varios de los artículos ya publicados, habiendo corrido el tiempo y la experiencia, discrepo conmigo misma. Como cuando hablé de los captadores de ONG´s que me perseguían por las calles, jóvenes e inexpertos, día a día, solidariamente infatigables. Ellos son, en realidad, el último eslabón del departamento de marketing y comunicación de empresas y ONG´s. Ellos bastante tienen con ese engendro de trabajo que consiste en importunar.

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No es país para viejos

Estoy acostumbrada a cambiar cada año de piso, de trabajo, de ciudad y de estado de Facebook. Cambio todo, todo el rato y bruscamente. Sin embargo, mi abuela remendó la misma bata de guatiné toda su vida, vivió en el mismo piso con olor a naftalina hasta que no le quedó otro remedio que marchar a territorio enemigo: una residencia de ancianos.

Las instituciones son un asco cuando de atender la necesidad se trata. Seguramente nuestras instituciones de cuidado y dependencia son mejores que en otros lugares. Siempre podemos consolarnos pensando que estamos mejor que en un país de esos que no son miembros del grupo de “países que conquistan otros países y hacen planes de reestructuración económica que desestructuran sociedades”. Vaya asco de consuelo.

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Por los pelos del sistema: historia de una repoblación

Este fin de semana he cambiado el asfalto de Madrid por el cuarzo de las montañas leonesas. He dejado la jungla de hormigón y lluvia ácida para visitar uno de los tantos pueblos que en la década de los sesenta se fueron vaciando hasta quedar completamente abandonados. 

La geografía española, desde la punta de Tarifa hasta el cabo de Touriñán, está plagada de pueblos a punto de desaparecer entre polvo, musgo y lagartijas. La despoblación y el envejecimiento de las zonas rurales es un problema tan común como el abarrotamiento de las ciudades. 

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Sobre la turistificación de la ciudad

A menudo caigo en el tópico de ver las grandes ciudades y metrópolis como aglomeraciones enfermizas, tecnológicamente narcisistas y plegadas sobre sí mismas. Las ciudades llenas de gente cargando maletas pa´ arriba y pa´ abajo, de guías turísticos, de gente que corre y teclea, que vende, que compra, que pide, que viene y que va sin mirar.

A esta visión de la ciudad como artificio inhabitable anteponía yo la vida apacible, cercana y hermosa del campo. Hasta que me mudé al campo.

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Me encanta el olor a diésel por la mañana

Madrid es como una colmena llenita de enjambres. Algunos van a bares, otros conducen y tocan la pita, unos duermen en pisos muy caros, otros en un trocito de cartón.

Andando por la calle imagino la vida que trae detrás el mantero, a ese otro cómo le cabe tanta gomina en el pelo, a qué huele la contaminación.

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