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Ana Tristán

Nací en Las Palmas y estudié Sociología en Granada. En 2013 hice unas prácticas en Canarias Ahora y sigo colaborando en este medio siempre que puedo y me dejan.

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Sociología de bar II 

Desde que trabajo en un bar ya no pongo la tele, en vez de eso pongo la oreja con disimulo y me entero, sin moverme de la barra, de los dimes, los diretes y otros juicios de actualidad.

Igual que los pasillos del Congreso o campos de golf son el auténtico centro de decisión política, y no el Parlamento. Son los bares y sus barras el inequívoco meollo de todo debate trascendental.

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Ponte tu mejor disfraz y llámalo identidad

Dicen ciertas gentes del oficio del pensar que el trabajo que desempeñamos y en el que invertimos las invariables horas que se suceden día tras día es la base sobre la que se erige, tambaleante, nuestra identidad. Esta, la identidad, es sin embargo un concepto tan travestido y manoseado en estos tiempos que una no sabe muy bien dónde empieza y dónde acaba, cuánto nos quita y cuánto nos da. Desde los gustos musicales, alimentarios e indumentarios hasta sus hábitos sexuales, recreativos o religiosos forman parte de ese cajón de sastre identitario. Aunque usted no lo sepa su identidad va siempre con usted, como una informe sombra imaginaria y colectiva que le aconseja al oído interno qué productos comprar, qué grupos de música escuchar, de qué papel disfrazarse.

Volviendo al hilo conductor de esta matinal diatriba, está claro que la actividad económica que desarrollamos y de la cual depende nuestro sustento tiene un papel fundamental en la evolución de la personalidad y nuestra forma de habitar la escala social.

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Mentiras y urbanidad

La mentira, a pesar de su mala fama y social condena, es el mecanismo evolutivo que nos ha permitido convivir en común civismo desde que se inventara el civismo, más o menos. Las mentirijillas piadosas y otras fórmulas de cortesía nos permiten soportarnos unos a otros en este baile de disfraces que es la existencia. Únicamente los críos, los borrachos y los adultos sobrios más bien repelentes carecen de la urbanidad que nos proporciona el buen uso del embuste, el silencio selectivo y la verdad a medias. La inmensa mayoría, una vez alcanzado el metro de estatura, aprendemos a resignificar la verdad a través del lenguaje y los buenos modales. A partir del metro y medio ya no se nos permitirá llamar gordos a los gordos, feos a los feos, ni asquerosa a la comida asquerosa. Con eso del crecer y el madurar la graciosa naturalidad que aplaudimos en los pequeños se torna en la vergüenza y comedimiento que psicoanalizamos en los adultos.

Hasta cierto o incierto punto agradezco a mis coetáneos que se autocensuren cuando sienten la odiosa necesidad de opinar sobre mí en voz alta. Si me intuyen, a mí o a mi progenie, más o menos gorda, delgada, viejoven, mediocre, demacrada, ojerosa o bigotuda, agradezco que sea comentado en pétit comité de cotillas y no aireado a todo trapo ante la atónita mirada de mi persona, que soy yo, y de otras más.

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Queremos que el presidente sea comunal*

Según las informaciones de última hora que llegan cada dos minutos, parece que en España seguimos sin gobierno. Estamos oficialmente desgobernados por no sé cuántos partidos políticos que se afanan, tal es su oficio, en gobernarnos. Los unos pactan y despactan con los unos, los otros hacen lo propio con los otros y el resto, la masa, nos dejamos desgobernar en una apacible y efímera anarquía.

Pues mira, ni tan mal. Voto a bríos que no pienso volver a votar este año. Ya pueden apurar nuestros insignes y no tan insignes políticos su particular Juego de la Silla y sentar a alguien que nos gobierne de una santa vez. A mí esto de la democracia me ha parecido siempre un invento salomónico, moderno y progresista a la par que clásico y conservador, pero ya se están pasando, señorías. Esto de votar cada dos por tres se está convirtiendo en un vicio de lo más molesto.

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Yo dimito

Me marcho una semana a pastorear un rebaño de pequeñas personitas en sus vacaciones de fin de curso y cuando regreso la actualidad se me ha descontrolado por todas partes. Virgencita, si es que a cada poco hay una nueva debacle colectiva, una eclosión de indignación por lo que sea que dicte la televisión que es importante.

Como algunos de ustedes saben ya de otras columnas y posts de Facebook, estoy en contra de la actualidad y su tertulianería; me dan fatiga, se me desborda la percepción de la realidad donde quiera que la tenga y me hace cortocircuito en mi muy preciada y torneada corteza cerebral. Me da muchísima pereza hablar de la manada, de Abderramán, de Vox y su Reconquista, del procés y de los pactos majaderos. No se me da bien amontonar las causas judiciales que me interesan para construir un relato mitificado y artificioso de la realidad. “Traten otros del gobierno, del mundo y sus monarquías, mientras gobiernan mis días mantequillas y pan tierno…”. Los versos de Góngora son más actuales que la boda de Pilar Rubio y Sergio Ramos. Ahora que el mundo se ha expandido más allá de sus fronteras y los gobiernos y medios de comunicación extienden sus tentáculos sobre cada aspecto de la vida, hemos de reivindicar el pan tierno, la ironía y las tertulias en la plaza (o en el bar).

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¡Más orfidal, por favor!

Padezco, desde que recuerdo, un insomnio galopante y absolutamente improductivo. No me ocurre a mí como a esas insignes figuras a quienes la vigilia intempestiva arrastraba a momentos de explosión artística y social nocturnidad. Yo, por el contrario, puedo alargar la madrugada haciendo pelotillas de papel hasta las tantas en una especie de Asperger transitorio que me impide relacionarme con el mundo exterior. Puedo ver pasar las horas repanchingada en mi poltrona mientras pienso, por ejemplo, que si dirigiera el mundo abriría con mi llave maestra todas las puertas de todas las naves y edificios en desuso; crearía una ciudad paralela y gratuita para las personas sin recursos, hoteles de lujo y especulosas urbanizaciones para uso y disfrute de la gente sin hogar.

Casi todas las personas que conozco tienen periodos en los que adolecen de esta vampírica condición. El insomnio, como la ansiedad, el estrés y la depresión es un malestar de lo más democrático, moderno y occidental. Afecta (¿por igual?) a las clases altas como a las bajas, a los deportistas de élite y a los peones de albañil, a los parados y a los que jamás pueden parar. Sin embargo, por muy y mucha democracia, no es lo mismo sufrir ansiedad en un chalet con piscina y una cuenta bancaria llena de ceros que padecerlo desde la sombra de un bajo derecha en riesgo perenne de desahucio policial. Los ricos también lloran y sufren y padecen, pero disfrutan de métodos mucho más sofisticados para el consuelo y la superación. El estrés diario del hogar y la familia se lleva mejor con asistenta y un fin de semana a cama hecha en los Alpes suizos es algo que relaja una barbaridad.

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El verano comienza en un balcón

Cuatro son las estaciones que tiene un año, uno y todos, que sepamos y, de momento, el calendario, el armario y la vida en general se rigen y ordenan por esta sencilla sucesión de temporadas. Cuatro, también cuatro, son ya los ingleses que han tenido a bien precipitarse al vacío desde un balcón mientras visitaban las etílicas calles de nuestro abalconado país. No sabemos si, como casi todos hemos hecho alguna vez, intentaban cual tiernos abejorros contradecir las leyes de la física y alzar el vuelo hacia la azul inmensidad. El alcohol a todos nubla los sentidos, afila la lengua y distorsiona, más o menos, nuestra noción de la realidad.

De momento, si la LOGSE, la LOMCE o como se quiera ahora llamar, no ha intervenido, las estaciones siguen siendo cuatro y siguen viniendo determinadas por las posiciones de la órbita terrestre en su giro alrededor del Sol. Y por los ingleses. En España lo sabemos bien. Vaya que sí. Que digan lo que quieran, pero según la sabiduría popular, el verano no comienza hasta que no empiezan a caer turistas de los balcones.

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Las ciudades sin árboles

Ya sé, ya sé, hoy tocaba hablar de Hoolligans, de la deficiencia mental de un tal Fran Rivera, del peligro de la masa digital y de otras cosas de políticos, famosos y banqueros. Pero la línea editorial que me he inventado me exige rechazar los ecos de la actualidad mediática y escribir sobre lo que permanece, sobre lo que me toca la vida de cerca.

Hoy, de camino hacia algún sitio, eché un buen rato buscando fuentes públicas en las que sumergir la cabeza y olvidar por unos segundos que me voy a derretir. Esto es para mí la única verdadera y posible actualidad. Es actualidad este año, fue actualidad hace cuatro años y seguirá siendo actualidad dentro de no sé cuánto, cuando el mundo sea un horno pirolítico y tengamos que mudarnos a vivir a una bañera, una piscina, un charquito en el jardín. 

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Calimocho y elecciones

Este fin de semana han sido las fiestas del pueblito desde el que escribo esta columna. Después de un sábado de desenfreno y calimocho llega, inevitable, el domingo de Ibuprofeno y resurrección. Hoy toca atarse bien la resaca a la cabeza y continuar con la fiesta de la Democracia.

Los vecinos del pueblo Casi-vacío donde me encuentro, se han ido organizando durante toda la semana en cuadrillas para acudir este domingo a votar. Hay cuatro coches, alguien que no vota dice que presta el suyo, otro alguien se ofrece para dar un par de viajes, y así. Conductores, copilotos, viejos, jóvenes, madrugadores y aún-borrachos se organizan para acudir al fiestón de la democracia local (y la europea).

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Dejadnos repoblar la España vacía

Esta columna la escribo desde el monte, sin cobertura, wifi, ni bibliotecas. Con la incertidumbre de cómo hacer para enviar mi columna semanal, y con un termo lleno hasta arriba de café.

Esto de escribir sin internet se me atraganta en el cerebelo. A ratos necesito saber qué habrá pasado en el mundo exterior, qué miedos andarán rentabilizando los periódicos, qué pactos habrán hilado los políticos, qué suceso insignificante habrá sustituido a Estepona y su súper tobogán. Necesito conocer todas esas cosas que no me importan un carajo para ubicarme, para saber dónde se supone que estoy.

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