La cómica y ácida voz interior de Meryem El Mehdati da el salto al teatro con Supersaurio

Los actores representan la obra Supersaurio, de la escritora canaria Meryem El Mehdati, el pasado viernes 1 de mayo en el Teatro Leal de La Laguna. EFE/Alberto Valdés

EFE

2 de mayo de 2026 18:46 h

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En lo que dura el trayecto en guagua desde la turística localidad de Puerto Rico hasta Las Palmas de Gran Canaria, Meryem habla consigo misma, frustrada por tener que pagar tanto tiempo y dinero por un billete de ida y otro de vuelta para hacer una entrevista para un trabajo en prácticas que no quiere, que no tiene nada que ver con lo que estudió y donde odiará a casi todos.

A partir de ese momento, su voz interior comienza a mutar y acaba por convertirse en un monólogo lleno de bromas ácidas y críticas al mercado laboral, el modelo económico y el día a día en las Islas Canarias, uno donde emerge “Supersaurio”, el supermercado que dará a la protagonista la oportunidad laboral de convertirse en todo aquello que detesta.

El Teatro Leal de La Laguna acogió el pasado viernes la obra que da vida a la historia creada por la escritora canaria Meryem El Mehdati (1991), quien escapa de las limitaciones de su propia experiencia y recopila las preocupaciones de sus amigos en la eterna lucha por buscar un futuro en el archipiélago a pesar de haber nacido en una de sus zonas más turísticas.

Durante esta aventura corporativa, que cobra vida gracias a la actuación de la cómica y actriz Delia Santana, la protagonista se ve envuelta en un escenario sencillo, rodeada de estanterías, cajas registradoras y productos de supermercado, donde existe una clara diferencia entre los que trabajan cara al público, casi todos canarios y precarios, y los que lo hacen en la oficina en la planta superior, casi todos peninsulares.

Y es ahí donde comienzan los problemas, con una compañera que le hace la vida imposible y a la que sueña con poder “plantarle la mosca”, mientras se ve arrastrada a salir a tomarse algo con sus compañeros en el “after work”, a pesar de que no bebe ni fuma ni quiere estar ahí porque la última guagua hasta Puerto Rico sale a las nueve de la noche.

Durante los meses que duran las prácticas, Meryem aprende que sus compañeros ya se han comprado varias casas y planean grandes vacaciones, mientras celebran que el recorte de plantilla que hará la empresa no les afecta a ellos, pero sí a los últimos de la cadena de mando, los mismos a los que les duelen las muñecas y las articulaciones después de cada jornada.

Poco a poco la rabia se va apoderando de ella, mientras describe cómo todos son incapaces de aprenderse su nombre o de entender por qué vive tan lejos, cuando podría alquilarse una casa en la capital para la que no gana suficiente dinero.

Una realidad que comienza a cambiar cuando conoce a otro empleado mayor que ella en las oficinas de Supersaurio, del que acaba por enamorarse y con el que comparte sus confidencias, hasta que un día llega su peor pesadilla: la oportunidad de ser contratada y convertirse en una trabajadora más del engranaje que durante meses juró destruir.

Entre debates internos y números musicales, Meryem choca de frente con sus contradicciones y acaba por aceptar el puesto cuando escucha el salario anual que recibirá, uno que le permitirá alquilar un apartamento en Las Palmas y restregarle a su tutora de las prácticas en la empresa su éxito.

Sin embargo, el precio a pagar cada vez es más alto cuando el compañero por el que siente algo abandona su puesto y cambia de trabajo, los días se van solapando entre sí y ya solo tiene tiempo para trabajar, cenar, limpiar y volver a trabajar.

Finalmente, la protagonista ve cómo “el sistema ha ganado”, cómo ella misma ha cambiado y su frustración se torna en “disciplina burguesa”, la que le permite después de tres años en el supermercado inventarse que tiene un catarro para no ir a la cena de empresa y elegir a la que será su becaria en los próximos meses, una chica más joven que ella a la que sabe que no le cae bien desde que la mira por primera vez. 

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