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El coronavirus paraliza la celebración del centenario de la muerte de Galdós, que vivió dos epidemias de cólera

Benito Pérez Galdós.

Plácido Checa

Las Palmas de Gran Canaria —

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La declaración del estado de alarma y la cuarentena han recordado el confinamiento durante la epidemia de cólera en 1851 en Gran Canaria que vivió el escritor Benito Pérez Galdós. La crisis del coronavirus ha tenido una desgraciada incidencia en la celebración del primer centenario de la muerte del novelista, ocurrida el 4 de enero de 1920. La pandemia ha paralizado la intensa actividad que la comisión Canarias, la Tierra de Galdós venía desarrollando con especial incidencia en Las Palmas de Gran Canaria, la ciudad de nacimiento de Galdós.

Acababa de cumplir los ocho años cuando en el domicilio del subdelegado de Medicina, Antonio Roig, se reunió el Protomedicato de la isla y el corregidor José María Delgado para declarar oficialmente la epidemia de cólera en Gran Canaria.

El obispo Codina, uno de los héroes de aquella epidemia, junto con Domingo J. Navarro, único médico superviviente en la ciudad, dejó escrita una Breve noticia de la invasión del Cólera en La Ciudad de Las Palmas en la que comenta que, aunque ya en febrero y marzo se habían producido varias muertes extrañas en las casas principales “que hicieron sospechar a algunas personas de la Península, que por experiencia sabían los síntomas del cólera, que podría ser la tal rara enfermedad […] los facultativos no tuvieron o no manifestaron esta sospecha […] a pesar de que a fines de mayo los casos fueron más frecuentes y fulminantes”.

Sobre la introducción de la epidemia en la isla existen dos versiones: los que citan como primer caso a una lavandera, llamada María Luz de Guzmán, que se contagió al lavar la ropa entregada por la marinería del bergantín Trueno, procedente de La Habana, y los que citan a Francisco Ortega, un roncote que se había contagiado faenando en el banco pesquero africano. Ambas personas vivían en el risco de San José.

Declarada la epidemia, cundió la alarma y la gente acomodada fue la primera en huir de la ciudad a sus propiedades en los campos, como fue el caso de los Pérez Galdós, que se instalaron en la finca de Los Lirios del Monte lentiscal, a orillas de la Caldera de Bandama, en el vecino municipio de Santa Brígida.

Al margen de la epidemia, de la que el pequeño de la familia tuvo información diaria durante el confinamiento por los comentarios y lamentos de los mayores, Benitín, como era cariñosamente conocido, que ya había dado muestras de su capacidad creativa en la casa familiar de la calle del Cano con sus pinturas y recortables, tuvo tiempo de sobra para construir la maqueta artística de un pueblo o una ciudad medieval a base de cartón, madera, piedras, cristales, y otros materiales reciclados para el caso, demostrando con esta construcción sus dotes arquitectónicas, que luego desarrollaría en diferentes proyectos, entre ellos la construcción de su casa en Santander, además de los dibujos contenidos en su álbum arquitectónico. La colorida maqueta quedó depositada dónde fue construida durante el verano y parte del otoño del 51 en la casa del Monte.

Pero no sería esta la única vez que Galdós vivió un confinamiento por causa de una epidemia. En el verano de 1865, siendo estudiante de Derecho y colaborador del diario progresista La Nación, fue la primera ocasión en la que decidió no venir a pasar las vacaciones a Gran Canaria. No fueron los estudios los que impidieron su venida (nunca demostró vocación alguna por el Derecho y apenas asistía a clase) sino el temor de perder su puesto en el periódico: “Mientras la Universidad le echaba, la literatura le atraía y llamaba con irresistible fuerza”, dice Pérez Vidal.

No contaba Benito con que, por segunda vez en su vida, tendría que sufrir un confinamiento por el mismo motivo: el cólera. También en esta ocasión la epidemia entró por mar al puerto de Valencia, traída desde el norte de África. El primer caso mortal en Madrid de produjo el 15 de agosto y rápidamente se extendió la epidemia con un saldo de más de tres mil muertes en poco más de dos meses.

Tampoco se libró la capital grancanaria aquel año de una nueva epidemia de cólera. Prueba de ello fue que en El Ómnibus de 23 de agosto de 1865 en el que se publicó la segunda parte del análisis crítico que Galdós hizo al libro Las Auroras, de Rafael Fernández Neda, se da amplia información sobre la extensión de la epidemia en la ciudad y se publican las normas municipales “con las medidas que deberán adoptarse en el caso desgraciado de presentarse algunos casos de cólera en esta ciudad, con el fin de evitar su desarrollo y propagación… extinguiéndolo en su nacimiento”.

¿Qué huella dejó el cólera en la producción literaria de Galdós? Los dos terribles acontecimientos vividos por Galdós, de oídas el del 51 en Las Palmas de Gran Canaria, y los vividos en Madrid en el año 65, en las que ambas ciudades se moría del cólera, de horror, de hambre y miseria, de necesidad y desesperación, cuando los muertos se hacinaban amontonados en las calles sin dar tiempo a enterrarlos. (“Saquen los mueltos” era el grito desesperado de los chinos que por motivos políticos habían sido deportados desde La Habana a Las Palmas), pasado el tiempo tuvieron fiel reflejo en, al menos, tres obras suyas: los Episodios Nacionales, Zaragoza (1879), Un faccioso más y algunos frailes menos (1879), y el cuento titulado Una industria que vive de la muerte (publicado en La Nación, Madrid 2 y 6 de diciembre de 1865), donde describe los hechos recientes acaecidos en la epidemia madrileña, que celebró su final con un Te Deum celebrado en la iglesia de Santa María de la Almudena el 19 de noviembre de 1865.

Hoy, en el trascurso del tiempo, podemos estar seguros de que los que vivió Galdós en Madrid, siendo un joven estudiante de Derecho con 22 años de edad, y los anteriormente vividos en Las Palmas, siendo un niño de tan solo ocho años, pero con una increíble capacidad de observación de la realidad circundante, se mezclaron en este cuento y los dos Episodios Nacionales, como una recreación literario-histórica que acompañó a gran parte de su producción literaria.

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