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El ejemplo de semana laboral de cuatro días en el que se fija Canarias: "No debería ser un privilegio poder ver a tus hijos"

María Álvarez ya sentía desde el primer confinamiento por coronavirus que algo tenía que cambiar en su rutina. Demasiado tiempo para el trabajo y poco para sus hijos. Demasiadas tensiones entre la vida y el empleo que no se podían solucionar con un pequeño ajuste, sino con un giro radical.

Álvarez y Elena García son las fundadoras de la cadena de restaurantes La Francachela, afincada en Madrid. Ambas son empresarias que provienen del mundo start-up. En medio de la mayor crisis sanitaria en el último siglo, vieron una oportunidad para transformar su jornada laboral.

“Abrimos después del primer estado de alarma con la semana de trabajo de cuatro días. El parón nos dio tiempo para aplicar los cambios y encontrar una solución acorde a nuestra exigencia”, explica Álvarez. Entre las motivaciones estaba equilibrar la balanza entre el trabajo y el resto del tiempo. Pero también las propias preocupaciones sanitarias que rondaban por la cabeza de media España. 

Álvarez no quería que sus trabajadores se infectaran. Y vio en la jornada de cuatro días una opción para establecer grupos burbuja y que no se cruzaran unas con otras. También necesitaba a sus empleados concentrados ante la avalancha de restricciones y nuevas normativas que iban a afectar a la hostelería tras la cuarentena. Algunas semanas se ha visto obligada a bajar la persiana. La mayor parte del tiempo no. Pero siempre ha contado con un equipo “eficaz” con “capacidad de respuesta”. El resultado ha sido un éxito. “Hemos acabado el año con beneficios”.

El caso de La Francachela es el ejemplo de cómo una empresa apuesta por una renovación casi inédita en su forma de entender el trabajo. No ha sido un adelanto innovador a nivel mundial, porque países como Nueva Zelanda, Finlandia y Noruega ya llevan tiempo acomodándose a las jornadas laborales de cuatro días gracias al desarrollo de la industria tecnológica y el teletrabajo. Pero sí en clave nacional, donde apenas un puñado de corporaciones se han atrevido a considerarla.

España ya ha empezado a ojear el mercado en busca de empresas voluntarias que se presenten a evaluar esta iniciativa. El proyecto piloto, impulsado por Más País, plantea un programa de tres años dotado de 50 millones de euros que cubriría los gastos de entre 200 y 400 empresas (100% el primer año, 50% el segundo y 33% el tercero). El líder de Más País, Íñigo Errejón, resaltó en el Congreso de los Diputados tres ventajas al respecto.

Primero, dice, “es una medida democrática” porque “no es libre quien no tiene tiempo”, y “la vida no puede ser solo del trabajo a casa y de casa al trabajo”. Segundo, es “verde” porque reducirá los desplazamientos. “Vidas más tranquilas son vidas menos contaminantes”. Y tercero, es “salud”. “Vivimos en sociedades que están enfermas de estrés, en la que mucha gente toma pastillas para aguantar el ritmo. Hay que ralentizar el ritmo para vivir mejor”.

El debate nace en España porque los indicadores de productividad en el país son muy bajos. Los españoles trabajan una media de 1.686 horas anuales frente a las 1.386 de Alemania, según los datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). Sin embargo, la productividad es menor. España registra una productividad del 98,7% (la media europea está en 100%), y Alemania un 103,%. 4,5 puntos de diferencia (y eso que los germanos dedican menos horas al trabajo).

Las cifras y el empuje de Más País han abonado el terreno y ahora solo falta saber quiénes serán los beneficiarios de este plan. No obstante, al igual que La Francachela, otras empresas ya han abrazado el cambio, como la valenciana Zataca Systems, de ingeniería de software o la start-up Campus y Software DelSol, de Jaén, que comenzó a aplicar la jornada laboral de cuatro días el 1 de enero de 2020.

Empresas pequeñas y dependencia del sector servicios

Aún se desconoce qué sectores quiere tocar el Gobierno, pero de hacerlo en Canarias, se encontrará con un tejido productivo con dos grandes características: el escaso tamaño de las empresas (solo un 4,33% tienen más de 10 trabajadores) y la dependencia del sector servicios (la hostelería reúne a un 17,2% de todos los ocupados).

Carmen Estévez González, profesora titular de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC), no cree que este programa se haya pensado para unas pocas compañías. Reconoce el minifundismo empresarial esparcido por las Islas, pero considera que no deben quedarse atrás. “Canarias no puede ni debe permanecer ajena al impulso que se dé a este proyecto”.

Álvarez explica varias ideas que han ingeniado en La Francachela para ajustarse a la nueva jornada. Decidieron eliminar las recetas que conllevaban una carga de tiempo mayor para ser más eficiente. “Teníamos una contabilidad de horas trabajadas. Pero no de producción”. Y comenzaron a atender a los clientes por WhatsApp.

Lo normal en un restaurante es sentarse y esperar a que el camarero se acerque. En La Francachela eso se ha sustituido por un servicio de mensajería para que las personas pidan por WhatsApp desde las propias mesas. “Teníamos a mucha gente atendiendo presencialmente, y hasta que no llegaba el cliente, se perdía mucho tiempo. Ahora el consumidor se sienta y pide. Hemos mejorado el servicio quitando horas. ¿Esto lo puede hacer todo el mundo? Quizá no”.

Dudas en la hostelería

Carmen Grau, profesora de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la ULPGC, tiene claro que las actividades que mejor podrán moldearse a la semana de trabajo de cuatro días son las vinculadas a la consultoría, programación, abogacía, asesoramiento o arquitectura. Las dudas le nacen con respecto a la hostelería.

“Esto no sirve para todos. No sirve porque la actividad de un pequeño local de restauración está condicionada a cuanto más disponibles estemos para la clientela, mejor”. Para Grau es un error pensar que todas las empresas pueden estructurar su organización con el fin de vender un “salario emocional” a sus trabajadores.

“Un oficinista puede pasar de trabajar cinco días con un modelo de 37 horas, a hacerlo cuatro con 32. Pero el planteamiento de un bar, o un hotel pequeño, es el de estar disponible 24 horas los siete días a la semana. Solo hay que ver lo que ha perjudicado al sector hostelero las restricciones de horario durante el confinamiento”, remacha.

En estos casos la solución pasa por incrementar la plantilla de trabajadores. Algo que podría parecer utópico, pero no para Grau. “Requiere de una entrada de inversión pública. El proyecto de Más País está muy bien en ese sentido. Necesitas un incentivo para que los indecisos quieran tirarse a la piscina”.

Eso sí, vuelve a recalcar su idea. Esto no es viable para todos. “Si estamos hablando de un sector que requiere de mucha especialización, es decir, que necesite una bolsa de trabajadores muy concreta, y no la hay, a lo mejor es que no tienes candidatos a los que incorporar para desplegar la jornada de cuatro días”.

La Francachela cuenta con dos restaurantes en Madrid y un tercero que está por abrir. En principio no encuentran dificultades para completar su plantilla de 60 trabajadores, a la que ensalzan porque admiten que los puestos de trabajo en la hostelería “están muy devaluados”. “La temporalidad provoca descontento e infelicidad”.

Tanto Álvarez como su socia, García, no creen que el problema esté en la mano de obra, sino en la sobrecualificación. “La transformación de la productividad se tiene que dar en las empresas”. Para ello proponen encuentros entre las más innovadoras (como la que dirigen) y los locales más tradicionales y familiares. “No puede ser que sigamos montando un bar como hace 70 años”.

De ahí a que valoren la jornada laboral de cuatro días como un comienzo. “Tengo dos empresas y dos hijos y es lo que me permite llegar a todo. O reduces la jornada o dejas de ver a tus hijos. Y esto no debería ser un privilegio”. Entre los empleados también ha tenido muy buena acogida. “Estamos viendo que hay mucha gente que está estudiando, que está teniendo relación con sus hijos… No es que sean más o menos felices, sino que empiezan a surgir cosas”.

María Álvarez ya sentía desde el primer confinamiento por coronavirus que algo tenía que cambiar en su rutina. Demasiado tiempo para el trabajo y poco para sus hijos. Demasiadas tensiones entre la vida y el empleo que no se podían solucionar con un pequeño ajuste, sino con un giro radical.

Álvarez y Elena García son las fundadoras de la cadena de restaurantes La Francachela, afincada en Madrid. Ambas son empresarias que provienen del mundo start-up. En medio de la mayor crisis sanitaria en el último siglo, vieron una oportunidad para transformar su jornada laboral.

“Abrimos después del primer estado de alarma con la semana de trabajo de cuatro días. El parón nos dio tiempo para aplicar los cambios y encontrar una solución acorde a nuestra exigencia”, explica Álvarez. Entre las motivaciones estaba equilibrar la balanza entre el trabajo y el resto del tiempo. Pero también las propias preocupaciones sanitarias que rondaban por la cabeza de media España. 

Álvarez no quería que sus trabajadores se infectaran. Y vio en la jornada de cuatro días una opción para establecer grupos burbuja y que no se cruzaran unas con otras. También necesitaba a sus empleados concentrados ante la avalancha de restricciones y nuevas normativas que iban a afectar a la hostelería tras la cuarentena. Algunas semanas se ha visto obligada a bajar la persiana. La mayor parte del tiempo no. Pero siempre ha contado con un equipo “eficaz” con “capacidad de respuesta”. El resultado ha sido un éxito. “Hemos acabado el año con beneficios”.

El caso de La Francachela es el ejemplo de cómo una empresa apuesta por una renovación casi inédita en su forma de entender el trabajo. No ha sido un adelanto innovador a nivel mundial, porque países como Nueva Zelanda, Finlandia y Noruega ya llevan tiempo acomodándose a las jornadas laborales de cuatro días gracias al desarrollo de la industria tecnológica y el teletrabajo. Pero sí en clave nacional, donde apenas un puñado de corporaciones se han atrevido a considerarla.

España ya ha empezado a ojear el mercado en busca de empresas voluntarias que se presenten a evaluar esta iniciativa. El proyecto piloto, impulsado por Más País, plantea un programa de tres años dotado de 50 millones de euros que cubriría los gastos de entre 200 y 400 empresas (100% el primer año, 50% el segundo y 33% el tercero). El líder de Más País, Íñigo Errejón, resaltó en el Congreso de los Diputados tres ventajas al respecto.

Primero, dice, “es una medida democrática” porque “no es libre quien no tiene tiempo”, y “la vida no puede ser solo del trabajo a casa y de casa al trabajo”. Segundo, es “verde” porque reducirá los desplazamientos. “Vidas más tranquilas son vidas menos contaminantes”. Y tercero, es “salud”. “Vivimos en sociedades que están enfermas de estrés, en la que mucha gente toma pastillas para aguantar el ritmo. Hay que ralentizar el ritmo para vivir mejor”.

El debate nace en España porque los indicadores de productividad en el país son muy bajos. Los españoles trabajan una media de 1.686 horas anuales frente a las 1.386 de Alemania, según los datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). Sin embargo, la productividad es menor. España registra una productividad del 98,7% (la media europea está en 100%), y Alemania un 103,%. 4,5 puntos de diferencia (y eso que los germanos dedican menos horas al trabajo).

Las cifras y el empuje de Más País han abonado el terreno y ahora solo falta saber quiénes serán los beneficiarios de este plan. No obstante, al igual que La Francachela, otras empresas ya han abrazado el cambio, como la valenciana Zataca Systems, de ingeniería de software o la start-up Campus y Software DelSol, de Jaén, que comenzó a aplicar la jornada laboral de cuatro días el 1 de enero de 2020.

Empresas pequeñas y dependencia del sector servicios

Aún se desconoce qué sectores quiere tocar el Gobierno, pero de hacerlo en Canarias, se encontrará con un tejido productivo con dos grandes características: el escaso tamaño de las empresas (solo un 4,33% tienen más de 10 trabajadores) y la dependencia del sector servicios (la hostelería reúne a un 17,2% de todos los ocupados).

Carmen Estévez González, profesora titular de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC), no cree que este programa se haya pensado para unas pocas compañías. Reconoce el minifundismo empresarial esparcido por las Islas, pero considera que no deben quedarse atrás. “Canarias no puede ni debe permanecer ajena al impulso que se dé a este proyecto”.

Álvarez explica varias ideas que han ingeniado en La Francachela para ajustarse a la nueva jornada. Decidieron eliminar las recetas que conllevaban una carga de tiempo mayor para ser más eficiente. “Teníamos una contabilidad de horas trabajadas. Pero no de producción”. Y comenzaron a atender a los clientes por WhatsApp.

Lo normal en un restaurante es sentarse y esperar a que el camarero se acerque. En La Francachela eso se ha sustituido por un servicio de mensajería para que las personas pidan por WhatsApp desde las propias mesas. “Teníamos a mucha gente atendiendo presencialmente, y hasta que no llegaba el cliente, se perdía mucho tiempo. Ahora el consumidor se sienta y pide. Hemos mejorado el servicio quitando horas. ¿Esto lo puede hacer todo el mundo? Quizá no”.

Dudas en la hostelería

Carmen Grau, profesora de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la ULPGC, tiene claro que las actividades que mejor podrán moldearse a la semana de trabajo de cuatro días son las vinculadas a la consultoría, programación, abogacía, asesoramiento o arquitectura. Las dudas le nacen con respecto a la hostelería.

“Esto no sirve para todos. No sirve porque la actividad de un pequeño local de restauración está condicionada a cuanto más disponibles estemos para la clientela, mejor”. Para Grau es un error pensar que todas las empresas pueden estructurar su organización con el fin de vender un “salario emocional” a sus trabajadores.

“Un oficinista puede pasar de trabajar cinco días con un modelo de 37 horas, a hacerlo cuatro con 32. Pero el planteamiento de un bar, o un hotel pequeño, es el de estar disponible 24 horas los siete días a la semana. Solo hay que ver lo que ha perjudicado al sector hostelero las restricciones de horario durante el confinamiento”, remacha.

En estos casos la solución pasa por incrementar la plantilla de trabajadores. Algo que podría parecer utópico, pero no para Grau. “Requiere de una entrada de inversión pública. El proyecto de Más País está muy bien en ese sentido. Necesitas un incentivo para que los indecisos quieran tirarse a la piscina”.

Eso sí, vuelve a recalcar su idea. Esto no es viable para todos. “Si estamos hablando de un sector que requiere de mucha especialización, es decir, que necesite una bolsa de trabajadores muy concreta, y no la hay, a lo mejor es que no tienes candidatos a los que incorporar para desplegar la jornada de cuatro días”.

La Francachela cuenta con dos restaurantes en Madrid y un tercero que está por abrir. En principio no encuentran dificultades para completar su plantilla de 60 trabajadores, a la que ensalzan porque admiten que los puestos de trabajo en la hostelería “están muy devaluados”. “La temporalidad provoca descontento e infelicidad”.

Tanto Álvarez como su socia, García, no creen que el problema esté en la mano de obra, sino en la sobrecualificación. “La transformación de la productividad se tiene que dar en las empresas”. Para ello proponen encuentros entre las más innovadoras (como la que dirigen) y los locales más tradicionales y familiares. “No puede ser que sigamos montando un bar como hace 70 años”.

De ahí a que valoren la jornada laboral de cuatro días como un comienzo. “Tengo dos empresas y dos hijos y es lo que me permite llegar a todo. O reduces la jornada o dejas de ver a tus hijos. Y esto no debería ser un privilegio”. Entre los empleados también ha tenido muy buena acogida. “Estamos viendo que hay mucha gente que está estudiando, que está teniendo relación con sus hijos… No es que sean más o menos felices, sino que empiezan a surgir cosas”.

María Álvarez ya sentía desde el primer confinamiento por coronavirus que algo tenía que cambiar en su rutina. Demasiado tiempo para el trabajo y poco para sus hijos. Demasiadas tensiones entre la vida y el empleo que no se podían solucionar con un pequeño ajuste, sino con un giro radical.

Álvarez y Elena García son las fundadoras de la cadena de restaurantes La Francachela, afincada en Madrid. Ambas son empresarias que provienen del mundo start-up. En medio de la mayor crisis sanitaria en el último siglo, vieron una oportunidad para transformar su jornada laboral.

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