Clases de ratas
Hay varias y ya ustedes han aprendido mucho sobre ellas en estos días. Sabíamos de la rata parda, la negra, el ratón doméstico o de laboratorio, la rata rex y las ratas ciegas shrek que aparecen solo para asustar a los niños en los cuentos de terror, y desde hace unos días, nos llega el nombre de un nuevo roedor portador del hantavirus, una enfermedad que se produce sobre todo por exposición a roedores silvestres como ratones ciervos, ratas de algodón, ratas de arroz y otras variantes. El hantavirus no es un solo virus, sino un grupo de virus que circulan naturalmente entre roedores y que, en ocasiones, pueden transmitirse desde los animales a las personas, pero no entre personas. Sin embargo, existe una variante llamada de los Andes con la particularidad de que una vez en las personas puede transmitirse entre éstas en contacto cercano y prolongado. El hantavirus se contagia principalmente por excrementos de ratas en zonas donde circula el virus y se transmite mediante los fluidos corporales de roedores infectados. El contagio también puede ocurrir al inhalar partículas contaminadas suspendidas en el aire, especialmente en lugares cerrados o poco ventilados.
El virus ha vuelto a captar la atención internacional tras varios casos detectados en un crucero que viajaba desde Ushuaia, en Argentina, hacia el Atlántico Sur y África occidental. Las investigaciones sobre viajes a la subregión del Cono Sur de América sugieren que algunas de esas actividades, en determinados lugares a donde acuden los viajeros para la observación de las aves, pudieran ser el origen de este brote que trae a todo el mundo de cabeza. La prensa, la radio y los distintos canales de televisión han dado lecciones magistrales sobre el tema. Científicos, epidemiólogos, catedráticos de universidad, presidentes autonómicos, líderes de diferentes partidos, ministros y ministras de casi todo han explicado hasta la saciedad lo que tenemos que hacer para no contagiarnos de la enfermedad. Nos han mostrado vertederos de medio planeta llenos de desperdicios y basura interminable; estercoleros repletos de las inmundicias que comemos, vestimos y almacenamos; un verdadero espectáculo para algunos viajeros deseosos de aventuras. Son viajes muy caros. Ya se los pueden imaginar: cruceros de lujo, comodidades, visitas a países y lugares extraordinarios con subida de adrenalina incluida. Nada que objetar. Pienso que allá cada cual lo que haga con su dinero. Lo que no es de recibo es todo lo que sucede luego: barcos en alta mar con pasajeros de distintos países enfermos o muertos, maniobras a nivel internacional, intervención de organismos mundiales y toda la parafernalia necesaria para llevarlos de vuelta a sus países, procurar que no se extienda el virus y llenar de temores a una población que, por desgracia, aún conserva en un rincón de sus armarios un paquete de mascarillas sin estrenar.
He visto las noticias, sí, todos las hemos visto y hasta la saciedad nos han mostrado el barco, su llegada, el transporte de los pasajeros, los aviones, la UME, la policía y los políticos. Planos medios y planos generales. Pero yo había visto, pocas noticias antes y como de paso, una noticia mucho más terrible, mucho más cruel e inhumana: niños en Gaza mordidos por ratas. Un bebé de escasos meses con el rostro acribillado de mordidas como pequeñas cuchilladas; niños sentados en tiendas de campaña llenas de barro y basura rodeados de ratas enormes corriendo por encima de sus cuerpecillos desnutridos. Niños por todas partes, abandonados a su suerte para siempre, sin agua ni comida ni servicios médicos ni protección internacional de ninguna clase. Y ante tal horror yo me he preguntado si es que hay ratas de primera clase y ratas de segunda; si a las primeras se las persigue, mata y aísla para protegernos de sus mordeduras y a éstas se las deja correr por el mundo de los pobres y desamparados de la tierra. Busqué en mi cabeza imágenes parecidas y sí, las recordé, las había visto antes en otros desafortunados momentos de nuestra historia: eran niños desnudos, echados sobre la tierra, sus cuerpos convertidos en un amasijo de huesos, las manitas sobre sus cabezas peladas al rape, y al fondo, unas enormes alambradas. La historia se repite en nuevos escenarios, pero siempre es la misma, y en ella son los niños los que pierden las batallas, da igual cómo se llamen las ratas. Ellos pierden siempre. Ni a los gobiernos ni a las ratas les preocupa.
Elsa López
12 de mayo de 2026