La Competición de Verano: cuando todos jugábamos al baloncesto
La Competición de Verano de baloncesto de Santa Cruz de La Palma alcanza este año una nueva edición convertida ya en una de las manifestaciones deportivas más longevas y reconocibles de la capital palmera. Durante más de medio siglo, el torneo ha formado parte de la vida estival de la ciudad, aunque la realidad actual invita a contemplar su trayectoria con una mezcla de satisfacción por su continuidad y reflexión sobre el enorme potencial que llegó a alcanzar.
El baloncesto veraniego contaba con algunos antecedentes en Santa Cruz de La Palma. El más remoto fue la Copa de Verano organizada en 1944 por la Delegación Insular de la Federación Tinerfeña de Baloncesto. Mucho más cercano fue el campeonato social del C. B. La Palma, disputado en 1971 bajo la denominación de Trofeo Diario de Avisos, que sirvió de precedente inmediato de una iniciativa destinada a convertirse en uno de los grandes acontecimientos deportivos y sociales del verano palmero.
La Competición de Verano propiamente dicha nació el 31 de julio de 1972. En aquella primera edición participaron cinco equipos masculinos y seis femeninos, una cifra que ya resultaba notable para una ciudad del tamaño de Santa Cruz de La Palma. Nadie podía imaginar entonces la extraordinaria dimensión que alcanzaría el torneo en las dos décadas siguientes.
La mejor forma de comprender lo que significó la Competición de Verano es observar su evolución. De los once equipos iniciales se pasó a veintiocho en 1976, a cuarenta y tres en 1986 y 1987 y al récord absoluto de cuarenta y ocho en 1992. La demanda fue tan elevada que aquel año hubo que crear incluso una tercera categoría sénior masculina. En apenas veinte años, la participación se había multiplicado por más de cuatro.
Pero aquellas cifras iban mucho más allá de la estadística. Cada equipo reunía a jugadores, entrenadores, delegados y colaboradores; a ellos se sumaban árbitros, anotadores, organizadores, patrocinadores y centenares de espectadores. Durante muchos años fue necesario programar partidos por la mañana y por la tarde, y la competición se prolongaba durante más de un mes. El baloncesto se convertía así en uno de los grandes protagonistas del verano capitalino y la Ciudad Juvenil, primero, y posteriormente las canchas de Santo Domingo y del Instituto Alonso Pérez Díaz, eran un punto de encuentro diario para varias generaciones de jóvenes.
Los enfrentamientos entre Buitres y Ajax marcaron los primeros años y dieron paso a otros equipos que dejaron una profunda huella en la memoria colectiva: Play Boy, Sporting Avenida, Retorno, Diablos Rojos, Instituto La Palma, Friger, Aquí Estoy, Tocuyo, Capri, Juventud, Chelo, Luto o Estudiantes Camán. Detrás de aquellos nombres había grupos de amigos, barrios, comercios y patrocinadores que daban una personalidad propia a cada edición del torneo.
La competición femenina fue igualmente protagonista desde el primer día. Junto al Mamey, primer campeón en 1972, dejaron su impronta equipos como Buitres, Play Boy, Sporting Avenida, Retorno, Pérgola Cantú, Banco di Plaza, Aquí Estoy, Escuela de Baloncesto, Breña Baja o Flash Puenting. Sus rivalidades contribuyeron decisivamente al prestigio del torneo y al desarrollo del baloncesto femenino en la isla.
Uno de los grandes aciertos de la Competición de Verano fue su capacidad para integrar a jugadores de todas las edades y niveles. Junto a las categorías sénior se fueron incorporando las competiciones juvenil-júnior, infantil y minibásquet, favoreciendo la convivencia entre generaciones y ofreciendo a muchos jóvenes la oportunidad de seguir practicando baloncesto una vez finalizada la temporada federada. La ceremonia de la antorcha, el desfile de los equipos y el juramento de los deportistas de la primera época reforzaban, además, el carácter festivo de un torneo que trascendía ampliamente lo puramente deportivo.
A partir de mediados de los años noventa comenzó un paulatino descenso en la participación. La competición sobrevivió en la Avenida Marítima, mérito indiscutible de quienes han continuado organizándola año tras año, pero fue perdiendo categorías, equipos y parte del ambiente que la había convertido en una referencia del verano palmero.
La edición de 2026 reúne ocho equipos —cinco masculinos y tres femeninos—. La comparación con otras épocas resulta inevitable: frente a los once equipos de la edición inaugural o los cuarenta y ocho de 1992, la participación actual refleja una realidad muy diferente. Las circunstancias sociales, deportivas y de ocio han cambiado profundamente, por lo que no sería justo establecer comparaciones simplistas. Sin embargo, la historia de la Competición de Verano demuestra que su mayor fortaleza nunca fue únicamente el nivel de los partidos, sino su extraordinaria capacidad para implicar a toda la sociedad.
Más de medio siglo después de su nacimiento, la Competición de Verano continúa ocupando un lugar privilegiado en la memoria del deporte palmero. Mantener viva esta tradición ya constituye un éxito. Pero su propia historia invita también a mirar hacia adelante y a plantearse cómo recuperar, adaptado a los nuevos tiempos, aquel espíritu participativo que convirtió durante décadas al baloncesto en el gran punto de encuentro del verano en Santa Cruz de La Palma. Porque la historia de la Competición de Verano no se mide solo por el número de ediciones celebradas, sino por la huella que dejó en varias generaciones de palmeros.