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CV Opinión cintillo

Inaugurando incultura

El Teatro Principal de València.

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El lunes presentaron la temporada del Teatro Principal de València. El martes cerraron el recinto. Toda una representación de lo que es la política cultural valenciana. Tenemos las obras, los actores, las fechas y los carteles. Tenemos incluso la rueda de prensa. Lo único que no hay es teatro. El informe que ha provocado el cierre habla de salidas de emergencia bloqueadas, problemas de evacuación, deficiencias en la protección contra incendios, instalaciones obsoletas y riesgo de desprendimientos. No hay peligro de colapso inminente, pero sí problemas suficientemente graves para que la Diputación haya decidido clausurarlo. Cerrar el Principal, conocido eso, es una obligación. La pregunta es cómo hemos llegado hasta aquí. Porque los edificios no se deterioran de repente. El Principal no se acostó el domingo siendo La Scala de Milán, presentó su programación el lunes y amaneció el martes convertido en una ratonera. En 2017 los trabajadores ya denunciaron su deterioro. Después llegaron reparaciones, informes, planes, advertencias y administraciones de distinto color. En mayo de este mismo año, Diputación y Generalitat sabían que estaba en marcha una auditoría cuyo resultado podía condicionar incluso el futuro de la gestión del edificio. Y, aun así, el lunes presentaron la temporada y el martes cerraron el teatro. Hay gestiones que necesitan una comisión de investigación y otras para las que basta un calendario.

Lo sucedido en el Principal sería solamente otro episodio de nuestra tradicional afición a arreglar las cosas cuando ya se han roto, si no coincidiera con un momento especialmente inquietante de la cultura valenciana. El Escalante cerró en 2016 y una década después continúa sin sede definitiva. Los Premios de las Artes Escénicas Valencianas desaparecieron en 2025 y tampoco se celebrarán en 2026, pese a que la propia dirección de Artes Escénicas del IVC explica que el proyecto estaba preparado y que consideran los premios necesarios para difundir las producciones valencianas. La decisión política, sin embargo, sigue sin llegar. También siguen sin recuperarse los Premis Carles Santos de la música y la Conselleria renunció a resolver el Premi de les Lletres de 2025. Un premio puede parecer poca cosa hasta que empiezan a desaparecer todos. Un teatro puede ser un simple problema de mantenimiento hasta que empiezan a cerrarlos. Una lengua se trata como una cuestión secundaria hasta que empieza a desaparecer de los escenarios y pierden sus subvenciones incluso los organismos estatutarios como la AVL. En este punto, es inevitable sospechar que no estamos ante accidentes aislados, sino ante una manera de entender la cultura o la incultura.

Y no es solo cuestión de gastar dinero. El problema es más profundo que una cifra presupuestaria. Es decidir qué cultura merece cuidado, cuál escaparate y qué actuaciones pueden esperar. Porque mientras todo esto sucede, la gran apuesta cultural de la Generalitat tiene nombre propio: Sorolla. Casi dos millones para redactar el proyecto de transformación del Palau de les Comunicacions. Otros 17 millones previstos para rehabilitarlo. Y 1,15 millones de euros cada año a la Hispanic Society por el préstamo de sus obras, además del transporte, los seguros y otros gastos todavía por cuantificar. Sorolla no tiene ninguna culpa. Los artistas ilustres suelen ser magníficos para la política cultural: no protestan, no firman manifiestos, no preguntan por las subvenciones y jamás contradicen a una consellera o alcaldesa. Además, quedan estupendamente en las fotografías. Pocos discuten que València pueda albergar una gran exposición de Sorolla. Lo preocupante es la obscenidad de convertir lo nuevo en prioridad mientras lo que ya existe se deteriora, se suspende o desaparece.

Una política cultural no consiste en inaugurar cultura. Consiste en mantenerla. Mantener un teatro es revisar una cornisa antes de que pueda caer sobre alguien. Sostener una industria cultural es conseguir que las compañías puedan trabajar también cuando no hay gala. También las del audiovisual que siguen contemplando cómo la televisión de todos enriquece a productoras foráneas o a Telemadrid. Defender una lengua es lograr que pueda escucharse con normalidad en los escenarios financiados por todos. Proteger el patrimonio es custodiarlo antes de tener que lamentar su pérdida. En agosto robaron buena parte del Tesoro de Villena. Uno de los conjuntos de orfebrería de la Edad del Bronce más importantes de Europa desapareció en un instante. A veces, en solo cuatro minutos se puede perder el patrimonio. Otras veces hacen falta años de indiferencia. La segunda modalidad tiene una ventaja para los políticos: no hace saltar ninguna alarma.

La cultura valenciana parece haberse convertido en algo que nuestros gobernantes administran con una mezcla de distancia y sospecha. Especialmente cuando esa cultura tiene voz propia, crea incomodidad o habla en valenciano. En los Conciertos de Viveros, gestionados por el Ayuntamiento de la capital, la música en valenciano ha desaparecido de la programación y las entradas vendidas siguen cayendo. Se podría hablar de censura y hay quien la discutiría, pero es innegable algo, al menos, tan cruel: el abandono. Da igual que desaparezca un premio. No importa que un teatro pase diez años sin casa o el principal escenario público de València cierre durante cuatro años. No preocupa que los profesionales protesten. Mientras se les ignora, se planea construir algo nuevo, hacer una exposición, convocar a los fotógrafos. Vieja enfermedad de nuestra política: gobernar para la inauguración.

Una tubería reparada no lleva placa. Una compañía que sobrevive, tampoco. Nadie corta una cinta porque una puerta de emergencia funcione. El mantenimiento carece de épica, y nuestros gobernantes parecen necesitar desesperadamente la grandilocuencia del render, la maqueta y el anuncio. Y, cada vez más, la recreación con IA para añadir árboles o esplendor a los proyectos. Lo verdaderamente preocupante es que esto no empezó con los actuales responsables. El Escalante cerró con unos, el Palau de la Música con otros y el Principal ha terminado cerrando con los de ahora. En cualquier caso, gobernar consiste precisamente en no utilizar los errores anteriores como permiso para cometer los propios, sino para aprender. Los actuales responsables de Cultura ya no pueden refugiarse eternamente en la herencia recibida. Heredaron problemas, sí. Y para resolverlos ocupan los despachos. Y empiezan a acumular su propio legado. Quizás dentro de unos años alguien inaugure solemnemente el Principal rehabilitado. Habrá discursos. Autoridades. Fotografías. Una placa. Dirán que la cultura valenciana recupera uno de sus grandes templos. Y seguramente nadie preguntará por qué procrastinaron hasta que se cerró. Eso es lo extraordinario de nuestra política cultural. Siempre encuentra dinero para inaugurar el futuro. Lo que nunca hay es alguien dispuesto a cuidar el presente.

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