Radio Pirenaica

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Aparato de radio y 'Pino interminable'. Carboncillo sobre papel. Óscar Lorenzo.

Al final, padre, he puesto la radio nueva en la esquina del comedor, en el mismo lugar donde tu escuchabas Radio Pirenaica. No sólo las personas vuelven al lugar de origen, al parecer, también los objetos sucumben a un inevitable regreso; el lugar hace la cosa, o hay lugares que existen únicamente para albergar algo destinado a ellos. Dice mi hermano Everto Lorenzo, en su impagable libro de memorias sobre la década de los cincuenta, En la lonja y en el aire (2013):

“Algunas noches mi padre y su amigo Antonio el Grande, después del parte, se quedaban a escuchar Radio Pirenaica, una emisora clandestina que daba noticias en contra del régimen. Mi padre si me veía cerca, ponía el dedo índice de la mano derecha sobre los labios y en voz baja me decía:

-“No se lo digas a nadie”.

Mi madre me contaba que cuando era pequeño, en los años sesenta, muchas veces me acercaba con una pequeña manta hasta el comedor, donde mi padre estaba escuchando la radio, para que me cogiera en brazos; la radio Philips, la luz naranja del dial, dos botones en forma de rueda; uno para el volumen y otro para sintonizar las emisoras; cinco teclas de las que solo se pisaba una, la segunda, pues el resto nos mandaba a radios moras y portuguesas. En tus brazos, padre, por esa rendija de luz y sonido se iba presentando el mundo lejano; la voz del periodista Domingo Acosta Pérez, la voz de José Guardiola, de Rafael, de Antonio Machín; muchos boleros y corridos mexicanos y a finales de los sesenta la nueva voz de Masiel, de Serrat y la frescura alegre de The Beatles; me dice mi hermano por teléfono que en ese entonces, el único folclore canario que se escuchaba en la radio era cuando retransmitían la romería de San Benito, en La Laguna. Para el centralismo de la dictadura no existían las culturas regionales, no había nada de lo que hoy llamamos autonomías. De esa rendija iluminada salieron noticias de la muerte del Che, de Luther King, de Kennedy, de Marilyn Monroe. Por esa rendija llegaban noticias de la perrita Laika, de la astronauta Valentina Tereshkova, de una visita a España de Sofía Loren, de la guerra de Vietnam; “Esta noche en Discos Dedicados, tenemos el gusto de ofrecer a todos los oyentes la canción de Karina,’ Las flechas del amor’, con felicitaciones para María Nieves Martín Pérez, que ha obtenido el título de Corte y Confección, de parte de su tía Isabel”. Por ese altavoz único de la radio salían los partidos de fútbol los domingos por la tarde, la letanía de los discursos de Franco, las misas por la mañana, la hora del Ángelus y en Semana Santa, cuando había un recogimiento y parón general de todo, de un modo infalible sonaba La Pasión según San Mateo, de Juan Sebastián Bach y en versión completa. Así era aquel mundo; el mundo al que ahora algunos insensatos quieren regresar.

Las mujeres de mi infancia nunca echaban la siesta; a esa hora se reunían a bordar y escuchaban la novela radiada del momento; nosotros, los niños, aprovechábamos para hacer perrerías. La radio era el hilo del mundo, el altavoz de una realidad que había que descifrar, un lugar donde la censura marcaba el estilo. Las catástrofes eran silenciadas y las inauguraciones de pantanos eran elevadas a gran acontecimiento nacional. La televisión no llegó a los hogares hasta finales de los sesenta. En ese entonces el silencio era lo más elocuente, apenas llegaban periódicos, hasta que la sociedad Benahoare de Las Lomadas se suscribió al periódico El Día. El Diario de Avisos se publicaba en Santa Cruz de La Palma y el ABC se podía leer en la peluquería de Diego, en un bajo del mirador de la plaza de Los Sauces. Hoy en día no llega ningún periódico de papel a Los Sauces, ni siquiera a la biblioteca y hay más de un culpable en ello, pero todos callan sin importarle lo más mínimo. La cuestión es que desde los cuarenta hasta 1978, toda radio y prensa en España estaba bajo la presión de la censura, menos Radio Pirenaica. Por esto era muy importante, porque era la única voz crítica contra la dictadura.

Manuel Monereo en una entrevista a Sputnik Mundo, afirma: “Su importancia fue enorme. Era el único elemento crítico y masivo contra el régimen. La prensa escrita, con publicaciones como Mundo Obrero, no llegaba a todo el mundo y la única manera de hacer llegar la información era la radio. Escuchar La Pirenaica era hacer oposición al régimen”.

Había que tener mucho cuidado a la hora de oír Radio Pirenaica, ya que estaba prohibido y una simple denuncia era motivo de cárcel. Radio España Independiente retransmitió por primera vez desde la Unión Soviética el 22 de julio de 1941. Dolores Ibárruri, la legendaria dirigente del PCE en el exilio, creo la que sería la principal emisora clandestina del país: Radio España Independiente, más conocida como La Pirenaica. En los archivos del PCE y en los de la propia emisora se dispone de numerosos documentos que dan fe de la importancia que tuvo en aquellos tiempos de represión y de miseria. Entre ellos se encuentran las 108.000 emisiones que cubren, sin interrupción, todos los días que van del 22 de julio de 1941 al 14 de julio de 1977. Además es de destacar la correspondencia que enviaban los españoles y las españolas desde dentro del país o desde el extranjero. Desde finales de 1959 hasta 1977, se recibieron alrededor de 15.000 cartas que procedían de 33 países y de diversos ámbitos sociales: campesinos, obreros que contaban las reivindicaciones en las fábricas, los emigrantes, los intelectuales, las amas de casa y hasta los niños. Estas cartas llegaban por dos caminos diferentes: a través del periódico L´Humanitè, del Partido Comunista Francés y a través de La Unitá, el periódico del Partido Comunista Italiano. En 1955 la emisora se traslada de un modo definitivo de Moscú a Bucarest, en Rumanía. La emisora clandestina se había convertido en leyenda; unos decían que transmitía desde Andorra, otros decían que desde Praga, desde Toulouse o desde Albania. El 14 de julio de 1977 se emitió el último programa desde Madrid. Era la primera sesión de las Cortes que había de elaborar la Constitución de 1978.

Cuando era joven, mientras pintaba sin descanso, escuchaba Radio Tres y ponía mucha música por mi cuenta; primero discos, después casetes y más tarde CD. Ahora, después que cumplí sesenta años, escucho más la radio y visualizo muy poco la tele, donde sólo veo algún partido de fútbol, las noticias o un documental interesante y nada más. Nunca he visto La Revuelta ni tampoco Master Chef, ni ninguna serie de Netflix, cansado de familias ricas con problemas de herencia y de envidia, de delirios y traumas adolescentes, de reyes con espaldas de gimnasio o de reinas vengativas en bikini, guiones aburridos que siempre son repetitivos y previsibles. Con respecto a la radio, cada vez me agrada más y me he acostumbrado mucho a ella en mi solitaria existencia, además, con el paso del tiempo he cambiado de emisora. Ahora pongo Radio Clásica y oigo las noticias y las entrevistas de La Ser y también, Radio Nacional alguna vez, sólo si gobierna la izquierda. Muchas cosas han cambiado pero los enemigos de la democracia siguen siendo los mismos. Con mucha razón mi amigo Ricardo García Luis, me decía que al enemigo hay que leerlo y escucharlo, pero confieso que hay algunas murgas, algunas emisoras con las que nunca entro en sintonía.

Bajo una tarde de verano, bajo un cielo estrellado, en el patio o en el jardín, en el comedor o en la cocina, las voces de la radio me acompañan, me mantienen despierto e incluso, me pueden hacer soñar. Escuchar a Micaela Vergara o a María del Ser presentando Noches con alma o El jardín de Voltaire, escuchar Atriles entre los árboles, todos ellos programas de Radio Clásica que comparten música, literatura e historias, escucharlos mientras preparo algo de cenar, mientras abro una botella de vino, se ha convertido en uno de mis placeres cotidianos. Me he acostumbrado a esas voces de mujer que llenan el vacío y que, al igual que las dos gatas que tengo, ya forman parte de mi hogar. Un mundo que sin esas voces carecería de ciertos estímulos cotidianos. Sin la compañía de la radio la soledad aumentaría de tamaño. Si escuchar La Pirenaica era una forma de luchar contra la dictadura, escuchar la radio, hoy en día, es una manera de luchar contra los bulos y las mentiras de las redes y de ciertos medios, contra el aburrimiento de la televisión y el de las plataformas digitales y, en definitiva, contra la amnesia general estandarizada, pues la radio nos deja hacer y nos obliga a pensar.

Supongo, padre, que en el cielo también escucharás la radio; pero me da que allá arriba todas las emisoras son de derechas, pues como cantaba Atahualpa, Dios come en casa del rico, aunque San Pedro, con su bandera roja, sea de izquierdas; yo sé que en algún rincón del cielo encontrarás algunos disidentes y a escondidas oirás todas las noches Radio Pirenaica. No te preocupes: yo no se lo digo a nadie.

ÓSCAR LORENZO

San Andrés y Sauces

08-11-2026

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