Una puerta al jardín (II)
“Pero la Tierra es el Jardín de la Naturaleza y cada terreno fructífero un Paraíso”.
“El jardín de Ciro” (1658) Thomas Browne.
La idea de que el paraíso es un jardín está tan arraigada en la mente del ser humano que no es necesario disponer de jardín o haber pasado la infancia en uno para que ello suceda. En el inconsciente individual y colectivo se produce esa asociación al margen de nuestro deseo o capacidad. Parece que la noción de que el jardín es un espacio ideal viene inscrito en el programa genético de la especie. El jardín es una meta a la que hay que llegar, un lugar donde poder descansar y reflexionar, donde sentirse protegido de una realidad que siempre es amenazante. “El mundo es, primariamente, hostil al individuo”, decía Juan Eduardo Cirlot citando a Ferenczi, y “que la tendencia del hombre a encontrar lo que ama en objetos, formas o aspectos del mundo es la fuente primera, el origen del simbolismo.” Amamos los jardines aunque no seamos jardineros ni propietarios de un jardín. Ocurre que toda alma contiene un jardín y todo jardín posee un alma o más de una. Sabemos que algo profundo representan para nuestro interior. En ese vergel imaginario refrescamos nuestros anhelos más secretos. Si no lo tenemos, lo buscamos y soñamos con él a lo largo de nuestra existencia. Quizá por un sentido de conservación más propio de otras especies animales, nosotros también tendemos a preferir habitar un espacio acotado y confortable en lugar de otro abierto y sin límite. Todo está en nuestro inconsciente que es nueve veces más grande que lo consciente. Igual que un iceberg. La madre protege al hijo o hija en su regazo, el hogar protege a la familia, la comunidad al clan, los gobiernos deberían defender al pueblo y la democracia debería cuidar a los ciudadanos. Como sabemos que esto no siempre es así, no nos queda más remedio que buscar un jardín como alternativa a tanto desengaño. Al margen de que sea una opción ante un mundo con derivas cada vez más inhóspitas, la posibilidad de un jardín siempre va a estar ocupando nuestros sueños. Todos los jardines van por dentro, demostrando con ello, el peso humano de su significado. En ellos depositamos nuestro espíritu que se renueva y nuestros sentidos que se explayan. El jardín permite que el ser se reinicie. Y es, a través de este milagro, la manera en que accedemos a la belleza. El lugar donde pensar el mundo, donde poder amarlo sintiéndonos, por un momento, a salvo de tanta adversidad.
Después de esta introducción, continuemos donde lo habíamos dejado en el anterior artículo: “Una puerta al jardín” (I). Para no extendernos mucho, hay que hacer un resumen severo de la historia de los jardines desde Egipto hasta el presente y así, poder escribir sobre otros aspectos. Nos habíamos quedado en Roma con los bárbaros a las puertas del Imperio. Entre las rebeliones internas y las invasiones externas, muchos jardines han sido destruidos a lo largo de la historia y lo peor es que hoy sigue sucediendo. Pienso, por ejemplo, en Siria, uno de los pueblos más antiguos del mundo con una gran tradición en el manejo de las plantas. Jardines de Damasco, jardines de Alepo, los jardines leídos y amados de “Las mil y una noches”. ¿Qué habrá sido de ellos en la última y terrible guerra que ha asolado este ancestral país desde 2011? Ni aquel mago de la lámpara maravillosa, ha podido con la reciente maldad humana. Pero sigamos con la historia: la caída del Imperio Romano de Occidente en el año 476 d. C., da inicio a la Edad Media y a raíz del cambio, se modifica también el concepto de jardín que los romanos habían dejado algo más abierto. J. García Font en “Historia y mística del jardín”, dice que el jardín medieval se enclaustra: “La bruja no posee jardín. Es mujer de cañada y matorral. Recoge sus hierbas por los campos. El jardín se esconderá tras los muros de una mansión señorial o en el interior de los claustros medievales. Es un hortus conclusus.” Lugar amurallado, incluso fortificado, de planta rectangular, pozo en el centro, austeridad en lugar de frondosidad y cipreses apuntando al cielo. Un espacio donde lo ornamental cede a lo práctico: “hay plantas para la cocina y la botica, árboles con fruta para la mesa.” Los jardines en aquellos años dan idea de refugio y de provecho. En Bizancio donde el Imperio Romano de Oriente se mantuvo mil años más, los jardines seguían principios romanos, con mosaicos, estanques, altares y fuentes. Recibieron influencia de Oriente, patrones islámicos, y también persas con sus colores contrastados. Gran parte de los jardines de lo que antes era Constantinopla y hoy es Estambul, fueron destruidos por los turcos en el siglo XV.
Los árabes, que conocían bien los rigores del desierto, “aportaron a Occidente su secreto culto por el agua”, continua diciendo Font. En el Corán se promete a los creyentes que “tendrán como recompensa, los jardines del Edén, donde corren ríos. Allí vivirán gozando de la inmortalidad.” El jardín islámico floreció sobre todo en Al-Andalus; en Sevilla, en Granada, en Toledo, en la Córdoba Omeya donde alcanzó un gran esplendor. Los sistemas de irrigación y elevación de aguas, propiciaron la creación de amplios jardines con estudiados lugares de sombra y extensas huertas alrededor. Valencia, Murcia y Mallorca se convirtieron en un paraíso vegetal con una alta producción de frutos y de flores. Las palmeras datileras se fueron extendiendo por la península; indicaban dónde se iban instalando los agricultores musulmanes. Surgieron los huertos hortelanos que fueron bastante apreciados en todo el orbe cristiano y se publicaron manuales de horticultura y de jardinería. “Do pisaron moros crecieron flores y frutos. Arroz, caña de azúcar, granado, algodón, espinacas, espárragos, plátanos, cerezos, naranjos, limoneros, melocotoneros, higueras, fresales, albaricoqueros y cultivaron la viña y aportaron también especiales procedimientos para confitar frutas y lograr suculentas jaleas.” Hay que sumar las ciruelas de Siria, la rosa blanca de Damasco, la alcachofa de Palestina, las necesarias cucurbitáceas: calabazas, pepinos, melones, sandías, y lechuga, perejil, remolacha, hinojo o apio. Nos quitan, hoy en día, algo de lo que trajeron los moros y nos sentiríamos perdidos en este país. El jardín islámico tiende a hacerse alcazaba para protegerse del exterior, pero no solo es un lugar de reposo y negación del mundo como en los conventos cristianos, sino una exaltación de la belleza y los placeres de la vida y del amor. El jardín árabe debe reflejar el cielo en la tierra. Quizá surge, al igual que el egipcio, del concepto de oasis, pues ambos pueblos proceden del desierto. Los jardines del Generalife y de la Alhambra, los del Alcázar de Sevilla, que lleva ahí mil años y cuya conducción de agua abasteció a la ciudad hispalense hasta 1948, los jardines de la Alcazaba de Almería y el de estudios botánicos de Dilmún de Toledo, no tenían comparación en cuanto a hermosura. En la película “Lawrence de Arabia” (1962), de David Lean, en una escena de diálogo en la tienda beduina del príncipe Faysal (Alec Guinness), éste le dice al teniente Lawrence (Peter O´Toole): “Nosotros los árabes no amamos el desierto, amamos los árboles verdes y el agua”; un momento después muestra una lejana nostalgia: “Suspiro por los jardines de Córdoba”.
La lengua franca nágua o náhualt, fue como el latín para diversas ramas étnicas de la altiplanicie mexicana y parte de América central. Un sabio náhualt de este grupo del que formaban parte los aztecas, se propuso “hallar lo verdadero sobre la Tierra. Después de mucho meditar, ofreció una respuesta breve y algo misteriosa: Son las flores y los cantos.” Para los aztecas, igual que los egipcios, las flores tenían carácter divino o celestial. En Xochimilco, en un lago al sur de la capital mexicana, se construyeron balsas rectangulares a base de cañas, ramas y lodo ancladas al fondo mediante palos y sauces de rápido crecimiento plantados en el agua. Se fueron creando islas de setos, muy fértiles, que no necesitaban riego (chinampas), separadas entre sí por canales. Esta técnica comenzó en la época de los toltecas y se popularizó en 1519 ocupando casi todo el lago Xochimilko, después se extendieron a otros lagos. Nos recuerda Font que Humboldt consideró que eran “jardines flotantes.” Hoy en día estos jardines siguen cubriendo gran parte de la demanda de flores y frutos de la ciudad de México. Un prodigio que sobrecogió a Bernal Díaz del Castillo, en su descripción al llegar con la expedición de Cortés a Tenochtitlan: “No olvidemos la huerta de flores y árboles olorosos y de muchos géneros que dellos tenía...y sus albercas, estanques de agua dulce...y qué de yerbas medicinales y de provecho...muchos hortelanos, y todo labrado de cantería...cenaderos donde bailaban y cantaban é había tanto que mirar que en esto de los huertos como en todo lo demás que nos nos hartábamos de ver su gran poder.” En la conocida Casa Azul de Coyoacán, en México D.F., la pintora Frida Khalo, creó y cultivó un jardín a lo largo de toda su vida. Contemplaba el jardín y se preocupaba de los cactus y plantas que luego llevaba a sus pinturas: no solo eso, sino que estudiaba libros de botánica y cultivaba albaricoqueros, naranjos y granados, bordeados por viejos cactus, magueyes, nopales, calas y biznagas.
En el Renacimiento, siglo XV y XVI, se produjo una reivindicación de la cultura clásica griega y romana. Los clásicos no concebían la cultura sin diálogo, ni el diálogo sin cultura. Como sabemos por Platón, los personajes de sus “Diálogos” paseaban charlando a la sombra de grandes árboles y al arrullo del agua. Una nueva concepción del hombre y del mundo a través del humanismo, produjo una renovación en las artes y en las ciencias. Se expulsó a Dios del centro del mundo y se colocó al ser humano como medida de todas las cosas. El arte de pintura, de la escultura y de la arquitectura pasó a ser muy importante. La idea de proporción y una contemplación más libre de la naturaleza se plasmó también en los jardines. Se admiraban las avenidas flanqueadas por estatuas, fuentes, grutas y si disponían de laberinto, mejor. Siguen siendo muy famosos los jardines de Bomarzo, en Viterbo, que se iniciaron en 1550. Un lugar poblado de desmesuradas esculturas, personajes míticos y seres fantásticos. El jardín italiano del siglo XV se adapta a los accidentes del terreno con la residencia en lo alto o a media altura y se accede a través de escalinatas con terrazas cultivadas. De alguna manera se huía de la ostentación, de las grandes extensiones. Dice Font: “El hombre medieval vivía en una floresta de símbolos: todo conducía a una visión religiosa; el renacentista cultiva el jardín de la simbología posiblemente como recurso para alcanzar el sentido de los distintos elementos que recibe de la Antigüedad clásica.” Idea de proporción, un canon donde la belleza tiene también una medida. El manejo de las plantas en este periodo continuó la herencia musulmana de apreciarlas como fuente de conocimiento. La necesidad de estudiar las plantas hizo que sugieran los jardines botánicos. El más antiguo es el de Pisa en 1544, creado por Luca Ghini con apoyo financiero de los Médici. El botánico de Padua es de 1545. En ese mismo año se establecieron los de Florencia y Venecia. En 1555, Felipe II establece en Aranjuez un jardín botánico muy importante. El más antiguo entre los franceses es de 1579, creado por un farmacéutico de París, Nicolas Houël. A lo largo del siglo XVII continuaron extendiéndose por el mundo. En 1635 el Jardín des Plantes en Francia, se convirtió en modelo a seguir en cuanto al desarrollo de la botánica. El Real Jardín Botánico de Kew (siglo XVIII), en el suroeste de Londres, con sus grandes invernaderos de hierro y cristal que ocupan 120 hectáreas de superficie y el Real Jardín Botánico de Madrid (1755) junto con el Jardín de Aclimatación de La Orotava (1788) en Tenerife, se convirtieron en centros de investigación para todo lo relacionado con los recientes descubrimientos y las nuevas especies que aportaban las exploraciones científicas de ultramar.
En la segunda mitad del siglo XVII, después de la geometría analítica de Descartes (1596-1650), que había puesto al descubierto nuevos espacios, relaciones e intersecciones entre las figuras geométricas, en Francia gobernaba el absolutismo. El rey que quería equipararse al sol, Luis XIV, que gobernó desde 1643 hasta 1715, aplicó en los jardines de Versalles las leyes de la simetría donde el propio monarca soñaba en convertirse en el centro del mundo. La yema del huevo. De los pantanos originarios el ego y la vanidad de un rey hizo surgir la luz. Su diseño es gigantesco pero de una exactitud a prueba de milímetros, hecho a regla y compás, con césped muy cuidado, parterres y esculturas repartidas por todo el jardín, donde las fuentes son más grandes e importantes que nunca. Es un espacio para recorrer, como hace el astro solar en el cielo. El diseño de Versalles tuvo influencia posterior en muchos de los jardines del resto del mundo, sobre todo en los que tenían carácter oficial o eran posesiones de grandes hacendados; se trataba de presumir demostrando capacidad de poder. Sobre la obsesión de Luis XIV con su construcción, J. García Font en “Historia y mística del jardín” (MRA, 1995) nos ofrece este párrafo impagable: “Lo triste del caso es que todo aquello lo estaban pagando campesinos y artesanos con los pesados impuestos de los que estaban exentos nobles y eclesiásticos, los únicos a fin de cuentas que podían admirarse, en verdad, de lo que el rey gastaba para acrecentamiento de su gloria y de quienes le rodeaban. Alguien ha insinuado que por las avenidas de Versalles pudo avanzar el fantasma de la Revolución…”.
La desmesura y la injusticia de alguno produce el cambio y la revolución de otros; ya sea los jardines de Versalles o la construcción de San Petersburgo en un pantano o la gigantesca fiesta que en 1971 dio en medio del desierto, Reza Pahlaví, el sha de Irán: un salón de banquetes del tamaño de un campo de futbol rodeado de cipreses y aves, todo importado. Los excesos del absolutismo acaban despertando al pueblo que siempre tiene un límite en cuanto a su sometimiento. Lo que es increíble es que los jardines tengan algo que decir en estos cataclismos históricos. Pero no todos los jardines de Francia seguían las reglas estrictas del Rey Sol; los que no eran jardines oficiales, los jardines privados y los jardines de los agricultores, eran muy diferentes. De las “Memorias de ultratumba” de Chateaubriand, que tengo la suerte de estar leyendo este verano, les traigo a colación un párrafo donde describe de un modo admirable, este tipo de jardines que en 1788 se encontraban en Saint-Malo, su bella tierra natal en la Bretaña francesa. Es de destacar que el escritor romántico francés señala una de las características innatas de todo jardín: la de ser una huella de la vida que llevaron sus propietarios, de sus viajes y de sus encuentros en otras latitudes: “A veces los jardines descienden en pendiente hasta la orilla tras las arcadas de un pórtico de tilos, a través de una columnata de pinos, en el extremo de un cuadro de césped; por encima de los tulipanes de un parterre, el mar presenta sus navíos, su calma y sus tempestades.
Cada campesino, marinero y labrador es propietario de una pequeña quinta blanca con jardín; entre las hortalizas, los groselleros, los rosales, los lirios, las caléndulas de este jardín hay un plantío de té de Cayena, un pie de planta de tabaco de Virginia, y una flor de la China, en fin, algún recuerdo de otra ribera y de otro sol: es el itinerario y el mapa del propietario del lugar“.
En la India de la civilización Harappa (2500-2000 a. C.) a los árboles, por su importancia se les ofreció protección religiosa. El rey Ashoka (270-250 a. C.) dio órdenes reales de plantar árboles y desarrollar jardines. Buddha nació en un parque. En el recomendable y profesional blog sobre jardines de Elías Bonells, se cuenta que en el siglo X y XI d. C. los grandes templos del sur de la India disponían de tanques de agua para los jardines que los rodeaban. La ruta comercial de las caravanas extendió la influencia de jardines bien planificados a Persia, Grecia y Roma. A su vez la India recibió influencias islámicas, no solo en la arquitectura sino también en cuanto a la composición de las zonas verdes. Hubo un intercambio amistoso, largo y fructífero de ideas. Bonells nos dice lo que contenían los jardines hindúes: frutales como naranjos, limoneros, mandarinos y granados eran muy comunes; igual que rosas, jazmines, hibiscus y nerium. Entre las plantas de temporada eran muy habituales las malvas, los claveles, el narciso, el polianto y las caléndulas. Aunque no hayamos estado, por infinidad de imágenes que hemos visto desde la infancia en la envoltura de los caramelos, todos nos hacemos una idea de los cipreses alineados bordeando el estanque del jardín que conduce a la entrada del Taj Mahal, en Agra.
Al irnos a China todos podríamos afirmar que la jardinería, seguramente, es una tradición milenaria; como todo lo demás si a los chinos se refiere. El arranque de la Wikipedia no puede ser más hermoso para mí: “El arte de la jardinería tiene, para los chinos, la misma consideración sagrada que la escritura o la poesía.” El jardín en China alude, a la vez, a varios significados: es parte del hogar, lugar de recreo, lugar mágico y microcosmos de una naturaleza ideal donde el todo se refleja en una parte. García Font nos recuerda que el arte chino de la jardinería procura hacer memoria sobre todo de la soledad de la montaña. Es en una gran montaña de una isla lejana en medio del mar, donde las leyendas antiguas sitúan el paraíso. Por ello, la montaña, el mar y las islas se ven reflejados a nivel simbólico en los jardines chinos. No se practica la simetría, como en Europa, sino que se prefiere reflejar un entorno natural sin querer dominarlo. Los jardines privados alcanzaron su apogeo a partir del siglo XV, en el periodo Ming, sobre todo al sur del río Amarillo. El arte de la jardinería fue evolucionando a nivel imperial, a nivel burgués y a nivel religioso hasta el siglo XVIII, cuando la influencia de los misioneros y colonizadores introdujo características occidentales. En los jardines chinos sobresalen sauces llorones, bambú, flores de loto, árboles como ginkgo y lichi, la flor del ciruelo que florece el pleno invierno, las peonías que son la flor nacional, orquídeas, camelias, magnolias, azaleas, narcisos, rododendros y granadas, todo siempre acompañado de la presencia cercana del agua y de la importancia de sugerentes rocas. Paisaje de alta montaña, jardín y pintura se hallan muy relacionados. El jardín chino parece practicar una especie de sabiduría de la serenidad. “Si quieres ser feliz toda la vida, planta un jardín.” dice un proverbio chino.
En Japón, como en China, hay una jardinería milenaria y también es importante el culto a la montaña y a las aguas. El jardín japonés está presente en el hogar privado, en los parques de las ciudades, en los templos budistas y sintoistas y en los viejos castillos. Hay una tendencia hacia la asimetría, hacia un sentido purificado del entorno. De los jardines de colinas se pasó a los austeros jardines de piedras. Se establece una idea de síntesis, un reflejo del todo. Nos cuenta García Font en su ensayo que en la época Muromachi (1392-1573) existía un jardín enigmático y maravilloso: el Jardín de Ryoan-ji, en Kioto: “Nos hallamos ante un jardín sin flores, sin árboles, sin estanques...casi, podría hablarse de un jardín vacío. Una tapia con techado lo aísla del exterior y convierte una superficie de arena blanca, sobre la que destacan piedras de distinto tamaño, en un ambiente extrañamente misterioso, apacible y recogido”.
En Japón existen varios tipos de jardines: los de paseo para verlos desde el sendero, los de aposento para contemplarlos desde un lugar, los de té para caminar hasta la cabaña de paja y los jardines de contemplación en un paisaje de montaña y agua. Los monjes zen llevaron los jardines a sus templos para facilitar la meditación. La visión sintoista del cosmos hace ver el jardín como un gran vacío (mar) que se llena de objetos (islas); corresponde también a una lectura topográfica del paisaje japonés y a su condición geográfica insular. Desde siempre los grandes parques de las ciudades han sido muy importantes para los japoneses, son lugares que siguen teniendo mucha afluencia por una cuestión de costumbre y, tal vez, de necesidad espiritual. Por lo que recuerda mi memoria, en ciertas películas de Mizoguchi y de Kurosawa, se vislumbra algún jardín privado y muy antiguo. En las películas de Ozu, se puede ver algún parque público de mediados de siglo XX.
El jardín inglés adquirió, por una especie de esquizogénesis, su propio estilo en el siglo XVIII para diferenciarse, sobre todo, del jardín francés. Es un jardín que no impone normas, sino que dialoga con el entorno sin querer llamar la atención. Para ello se rechazó la formalidad, la geometría y lo artificioso; se introdujo una idea irregular, más cercana a lo natural sin tener que someter la vegetación a ningún capricho, sino que ésta se dejaba a su libre albedrío acercándola así a lo silvestre. Para los paisajistas ingleses las laderas, las colinas, los árboles y arbustos adoptan sus propias formas sin rendir tributo a una regla geométrica. Se retiraban los obstáculos, los muros y se procuraba adaptarse al terreno. Para distanciarse del jardín francés, en el jardín inglés los elementos románticos siempre están presentes: un estanque con puente que lo cruza, un lago con una marquesina adosada, hexagonal o de inspiración romana, pérgolas, bancos para descansar y contemplar, además de senderos sinuosos, grutas y restos de ruinas donde se encarama una rosaleda. La liberación de la simetría francesa fue como un regalo que había traído el cambio propiciado por Revolución. Dejando atrás los restos del barroco y el rococó, el jardín inglés se soltó el pelo, se deshizo de la trenza francesa del absolutismo y propuso, a cambio, un concepto de libertad y de frescura que aportaba el Romanticismo que en Inglaterra tuvo mucho eco. El jardín ingles influyó en el resto del mundo, incluso, la literatura del XIX, sobre todo la novela inglesa, ayudó mucho a esta difusión. En el siglo XX lo hizo el cine. En la actualidad mantiene su estética romántica, pero de una manera más práctica y sostenible. En los jardines ingleses ha sido habitual disponer de una gran variedad de rosas, no agrupadas sino dispersas y mezcladas con el resto de plantas; hay claveles, lavanda, rododendros, crisantemos y hortensias; el aroma intenso de las lilas, los jazmines, los lirios y el más suave de las peonías y el aliso dulce. Se combina lo perenne con lo caduco. Boj, tejo y acebo para los bordes y robles, hayas y magnolios para dar sombra. En la actualidad mantiene su estética romántica, pero de una manera más práctica y sostenible. Menos variedad de plantas, pero incorporando la vegetación nativa que resiste mejor el clima. Se trata de transmitir algo de paz y respeto por el entorno. En Inglaterra es donde más allá se ha llevado el asunto de los jardines. Desde Milton en “El paraíso perdido” (1667), que en más de diez mil versos convirtió el Eden bíblico en una naturaleza silvestre, en una “mansión campestre y encantadora, de rico y variado aspecto,” que anticipó en cien años los lagos y bosques de aspecto asilvestrado, promoviendo un naturalismo que llegaría a ser la cima de la moda georgiana. William Morris, creía, igual que Ruskin, que la belleza no era un lujo, y que todas las personas tenían derecho a vivir en un entorno bonito, puro y no contaminado; por ello defendió un Edén comunitario. Los “cavadores”, desde 1649 en la colina de San Jorge, reclamaron los terrenos comunales que más tarde fueron injustamente otorgados a la aristocracia con los “cercamientos parlamentarios”, de los cuales les hablé en el anterior artículo. Mucho después, a finales del siglo XX, Derek Jarman diseñó una utopía queer en la playa de Dungeness, al lado de una central nuclear. Antes, Edward Carpenter también había establecido un Edén vegetal interclasista en Derbyshire. Cuenta la escritora inglesa Olivia Laing, en su ensayo “El jardín contra el tiempo” (Capitán Swing, 2024), que William Blake y su mujer jugaban a Adán y Eva en su jardín de Lambeth. Todos éstos, además de Walt Whitman, Eric Hill, John Berger echaron la vista atrás para buscar un paraíso en la tierra. Sabían que “el horticultor era el afortunado que había encontrado la llave de la eternidad”; sabían que existía un lugar “donde las horas no están programadas sino que gotean como la miel de una cuchara”.
Bueno, en un artículo, digamos, más técnico, hemos llegado hasta finales del siglo XIX con algunos apuntes contemporáneos, a falta del siglo XX y la actualidad, nos podemos hacer una idea de la historia de los jardines. Es muy importante tener una perspectiva cronológica para saber justo dónde nos encontramos en el presente, si es que esa indeterminación se puede descifrar. La historia de los jardines no es otra que la misma historia del ser humano, la de su cultura y su memoria, la de su resistencia y su capacidad ancestral de querer acercarse al misterio de la belleza. Queda mucho por decir de los jardines, así que iremos a un tercer artículo y, tal vez, a un cuarto. Ya que nos quedamos, más o menos, en el siglo XIX, esta vez me despido con un perla que encontré (hace mucho tiempo y que nunca he olvidado), en “El libro de los sucesos” (Ediciones Maeva, 1987), de Isaac Asimov. Se trata de un jardín que se fue haciendo a sí mismo sin que nadie le ayudara. Lo increíble y asombroso, es que el lugar escogido fue, ni más ni menos, que el Coliseo de Roma, que en esa época, a mitad de siglo XIX, llevaba ya muchos años en estado de abandono: [En 1855, Richard Deakin (un médico inglés) publicó “Flora del Coliseo”, un catálogo copiosamente ilustrado que registraba 420 variedades de plantas que crecían en el anfiteatro romano en ruinas. Entre las plantas que allí crecían, había romero, tomillo, salvia, ciclamen, margaritas, jacintos, violetas, fresas, caléndulas y espuelas de caballero. En majestuosas cornisas florecían árboles como higueras, cerezos, perales y olmos].
ÓSCAR LORENZO
San Andrés y Sauces
07-09-2026
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