Tierra labrada
En la tierra labrada
escribir el nombre de tu madre,
escribir el nombre de tu padre,
escribir el de tu hermano, el de tu hermana,
y, por supuesto,
escribir el nombre de tu amor.
Incluso, si es la condición,
el del amor que no te hizo caso.
A ver si con las lluvias
de este otoño hay más suerte.
En la tierra labrada
escribir el nombre de los vecinos y el de las vecinas,
el de los amigos y el de las amigas,
tan importantes unos como otras, sobre todo,
porque ahora solamente se tiene un hijo
y se diluye así la familia que antes era numerosa.
En la tierra labrada
escribir el nombre de los perros, el de los gatos,
el nombre de las cabras y el de las cabritas, tan bellas,
con los ojos del mismo tamaño que los nuestros.
Escribir el nombre de la vaca, el del caballo,
el del gallo y la gallina, el de los polluelos,
el del cochino en el chiquero, el del ratón que pasa,
y el de los conejos en su madriguera.
Escribir el croar de las ranas y la letanía de los grillos,
escribir el nombre de los pájaros y el del cernícalo,
el de las grajas de pico rojo y el del aguililla,
el de las palomas y el de la lechuza que
con su canto en junio inaugura el verano.
Y yéndonos al monte y su espesura,
en la tierra labrada y antes de la tormenta,
escribir el nombre de las fuentes y el de los manantiales,
el nombre de los senderos y el del monteverde.
Escribir el nombre de los pinos en la ladera
y el de la laurisilva ancestral que no figura
en el Diccionario de la Real Academia Española,
y también, el de los gacios del valle, que tampoco.
Con lo queda fuera del diccionario yo podría vivir,
pero sigamos escribiendo nombres:
Escribir el nombre de las raíces y el de los retoños.
Escribir el nombre de todos los árboles y su cobijo.
Escribir el nombre sonoro de las frutas y su dulzor.
Escribir el nombre de la sed y el nombre del hambre
que es un dron que sobrevuela, que se aproxima
por mandato del cielo que nos llama.
En la tierra labrada
escribir el establo de tu abuelo
y la cocina de leña de tu abuela,
escribir los estanques de barro de los niños
y los altares de flores trenzadas de las niñas.
Escribir el nombre del aceite y el del vinagre,
el del mojo rojo, el mojo verde y el de cilantro,
el del agua manzanilla y el del pan mojado en vino,
Escribir el nombre de los juegos y,
después de merendar, a brincar por los campos
hasta que la voz de la madre ponía fin a la tarde.
Escribir el nombre del café y del te de todos los días,
el del vino tinto de todas las noches
y el del ron de caña de las celebraciones.
Escribir el nombre del queso de cabra y el del gofio,
el del potaje, el de las papas y el de los boniatos.
Escribir el nombre de los higos secos, las pasas y las almendras,
el nombre de las caballas, las cabrillas y las morenas.
Y también, para espanto de beatos y beatas,
escribir el nombre de la marihuana y el del hachís,
el de la aspirina y el de los santos remedios,
que no arreglan nada, pero entretienen mientras tanto.
Escribir el silencio de la resaca y el de los caminos,
el de las cuevas y el de la sombra fresca de los árboles.
Escribir la voz engarzada de los ausentes,
la de los que partieron y, por lo tanto,
escribir el canto de su presencia heredada.
En la tierra labrada,
si tienes mucha suerte,
escribir el nombre de tus hijos,
esos desconocidos que te visitan
en Reyes o cuando el verano toca la campana.
Esos que ya tienen el número de móvil
de la ecuatoriana o cubana que te va cuidar
cuando no puedas con las escaleras
o cuando no aciertes a cortarte las uñas de los pies.
Unos, no tienen tiempo y sí, muchos problemas,
y otros, muchas horas inertes en muy poca compañía.
En la tierra labrada
escribir el coro de voces de la sabiduría,
el de la Ciencia y el de la Filosofía,
escribir el nombre de los pintores y el de las pintoras,
el de los escultores y el de las escultoras,
escribir el nombre de los poetas y el de las poetas,
el de las escritoras y el de los escritores,
el de las y los cineastas, actores, actrices y guionistas
que tantas horas de gozo nos han dado.
Escribir el nombre de los héroes, el de las heroínas,
el de los dioses y el de las diosas, el de tus ídolos
y, justo al lado, el de los olvidados,
el de los derrotados, pero nunca vencidos,
que decía el viejo Hemingway,
los que cruzan las fronteras
salvando la patria que llevan dentro
y que no es la humareda que dejan atrás.
En la tierra labrada
escribir el nombre de las abejas,
escribir el nombre de las mariposas,
escribir el nombre las arañas teresianas,
el nombre de los gusanos y el de las hormigas.
Escribir el nombre de la hierba
que ocupa los espacios vacíos.
Escribir el nombre de las amapolas
que no necesitan ser sembradas
por la voluntad del hombre.
En la tierra labrada
escribir el no descifrado libro del olvido.
Escribir el velado libro del deseo,
el de los ojos que descubren el mundo,
el del corazón que se despide de él.
Escribir la increíble historia humana,
esa bestia que busca tapar
los despojos de su diabólico apetito.
En la tierra labrada
escribir el nombre de los vientos y el de las nubes,
el de la lluvia, el rayo y la tormenta,
el nombre del sol, el de la luna,
el nombre de la niebla y el del los volcanes,
el de los buenos, y, ¡ay! ¡ay!, el de los malos.
Escribir el nombre del mar
y el de la sal que lo condimenta,
el de los alisios del Noreste
y el de la calima que viene del Sáhara,
escribir el nombre de las estrellas,
el de los planetas, el de las galaxias
y el nombre aterrador de la soledad yacente del Cosmos.
Escribir el nombre de las playas,
el de los callaos y el de los barrancos,
el de las plazas y el de los puentes.
En la tierra labrada
escribir el nombre de las ciudades
que sin querer ya van quedando lejos,
el de las ciudades visibles y el de las invisibles,
el de los bellos pueblos abandonados,
el de las piedras vacías, el de las ruinas
y el de las chimeneas sin lumbre.
Escribir el nombre de las farolas
y el los bancos del parque,
el de los cines y el de los bares,
el de las calles y el de las ramblas,
el de las afueras y el de los páramos,
el nombre de los trenes y el de los barcos,
el de los Volkswagen y el de los Land Rover
que mordían el polvo de las carreteras.
Escribir el olor a leña de brezo en un día de lluvia,
escribir la bruma de todos los días
y la luz de los astros de todas las noches.
Mientras los barcos se pierden en el mar,
escribir en letras mayúsculas
y a mano, el nombre de tu hogar.
La tierra labrada,
ante la que un día caeré rendido,
es el único lugar donde se encuentra,
agazapado y temblando,
lo que queda del futuro humano.
El resto es maleza.
ÓSCAR LORENZO
San Andrés y Sauces
06-05-2026
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