Tierra labrada
En la tierra labrada
escribir el nombre de tu madre,
escribir el nombre de tu padre,
escribir el nombre de tu hermano,
y, por supuesto,
escribir el nombre de tu amor.
Incluso, si es la condición,
el del amor que no te hizo caso.
A ver si con las lluvias
en este otoño hay más suerte.
En la tierra labrada
escribir el nombre de las plantas,
el nombre de los brotes, el de los retoños.
Escribir el nombre de los árboles y el de las frutas.
Escribir el nombre de los perros, el de los gatos,
el nombre de las cabras y de las cabritas, tan bellas,
con los ojos del mismo tamaño que los nuestros.
Escribir el nombre de la vaca, el del caballo,
y el nombre de las fuentes y los manantiales.
En la tierra labrada
escribir el establo de tu abuelo
y la cocina de leña de tu abuela,
escribir los estanques de barro de los niños
y los altares de flores trenzadas de las niñas.
Escribir el silencio de los caminos,
el de las cuevas y el de las sombras de los árboles.
Escribir la ausencia de aquellos y aquellas
a quienes le brotaron alas y partieron.
Y, por lo tanto, escribir de su presencia heredada.
En la tierra labrada,
si tienes mucha suerte,
escribir el nombre de tus hijos,
esos desconocidos que te visitan
en Reyes o cuando el verano toca la campana.
Esos que ya tienen el número de móvil
de la ecuatoriana o cubana que te va cuidar
cuando no puedas con las escaleras
o cuando no aciertes a cortarte las uñas de los pies.
Unos, no tienen tiempo y sí muchos problemas,
y a otros, las horas los enlazan sin compañía.
En la tierra labrada
escribir el nombre de los héroes,
el de los dioses, el de tus ídolos
y, justo al lado, el de los olvidados,
el de los derrotados, pero nunca vencidos,
que decía el viejo Hemingway,
los que cruzan las fronteras
salvando la patria que llevan dentro
y que no es la humareda que dejan atrás.
En la tierra labrada
escribir el nombre de las abejas,
escribir el nombre de los pájaros,
escribir el nombre de los gusanos,
escribir el nombre de la hierba
que ocupa los espacios vacíos.
Escribir el nombre de las amapolas
que no necesitan ser sembradas
por la voluntad del hombre.
En la tierra labrada
escribir la historia humana,
esa bestia que busca tapar
los despojos de su diabólico apetito.
En la tierra labrada
escribir el nombre de los vientos,
el de la lluvia, el rayo y la tormenta,
el nombre del sol, el de la luna,
y el nombre de los volcanes,
el de los buenos, y, ¡ay! ¡ay!, el de los malos.
Escribir el nombre del mar y la sal
y sus alisios cargados de humedad,
escribir el nombre de la calima
que viene del gran desierto,
escribir el nombre de las estrellas
y el de las playas y los barrancos,
el de las plazas y el de los puentes.
En la tierra labrada
escribir el nombre de las ciudades
y el de los pueblos abandonados,
el nombre de las farolas
y los bancos del parque,
el nombre de los pinos en la ladera
y el de los álamos al borde del río
que tanto adoraban los poetas.
Escribir la niebla de todos los días
y la luz de los astros de todas las noches.
Mientras los barcos se pierden en el mar,
escribir en letras mayúsculas
y a mano, el nombre de tu hogar.
La tierra labrada
es el único lugar donde se encuentra,
agazapado y temblando,
lo que queda del futuro humano.
El resto es maleza.
22-10-2024
0