El barco, el ratón y la próxima comisión parlamentaria

Vista general del crucero holandés MV Hondius, anclado frente a la costa de la ciudad de Praia, en la isla de Santiago (Cabo Verde), el pasado 4 de mayo. EFE/Elton Monteiro

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Hay un barco en Cabo Verde con casos sospechosos de hantavirus. Va en dirección a Canarias. Y aunque esto no es el argumento de una película de catástrofes, al menos de momento, sí es una buena excusa para hablar de algo que la ciencia lleva años intentando explicar y que muy poca gente quiere escuchar: los virus no se comportan como nosotros esperamos que se comporten.

No avanzan en fila india. No avisan. Y, sobre todo, no respetan tus deseos.

Lo que dijo el estudio que nadie leyó.

En 2019, The New England Journal of Medicine publicó el análisis de un brote de hantavirus Andes en Argentina. Treinta y cuatro contagios confirmados. Once muertos. Cifras que, en otro contexto, habrían ocupado portadas. Lo llamativo, sin embargo, no fue la magnitud del brote, sino su geometría.

La mayor parte de los infectados prácticamente no transmitieron el virus. Poca gente, poco contagio, historia conocida. Pero tres personas, solo tres, generaron la mayor parte del desastre. Y lo hicieron, ojo, acudiendo enfermas a reuniones sociales. Uno de los primeros eventos de transmisión masiva ocurrió en un encuentro con más de cien asistentes.

Traducción para uso doméstico: no hace falta una invasión. A veces basta una reunión de vecinos, una boda, un cumpleaños con buffet libre y alguien que “seguro que no es nada, que tengo un poco de fiebre”.

El supercontagiador, ese viejo conocido

El estudio describió algo que, pocos años después, millones de personas aprenderían con la COVID: el fenómeno del supercontagiador. Pacientes con alta carga viral, con síntomas iniciales perfectamente normales, o que se podían confundir con una gripe de temporada, capaces de transmitir el virus de forma masiva antes de que nadie, incluidos ellos mismos, supiera lo que estaba pasando.

Este mecanismo tiene un nombre técnico: transmisión sobredispersa. No todos los individuos infectados tienen la misma capacidad de contagio. En muchos brotes, una minoría de casos explica la mayoría de las transmisiones. Es el principio de Pareto aplicado a la epidemiología, y tiene consecuencias prácticas muy concretas: los protocolos de rastreo, aislamiento y control sanitario no son burocracia. Son exactamente la diferencia entre un brote contenido y uno que se va de las manos.

Canarias no es el apocalipsis. Pero tampoco es un territorio exento

Que haya un barco con casos sospechosos en la ruta hacia las islas no significa que vayamos a vivir ningún escenario catastrófico. El hantavirus Andes, además, no se transmite igual que el hantavirus clásico: este sí tiene transmisión persona a persona, lo que lo hace especialmente relevante desde el punto de vista epidemiológico, pero eso también significa que los mecanismos de control son conocidos y aplicables.

Lo que sí significa es que la vigilancia sanitaria, el seguimiento de contactos y la transparencia informativa son instrumentos que deben estar listos antes de que se necesiten. No mientras se necesitan. No después.

Porque los virus tienen una costumbre irritante: aparecen justo cuando alguien acaba de decir “bah, si eso está muy exagerado”.

El problema no es el ratón. Es la decisión

El hantavirus lo transmiten los roedores. Pero los brotes los construyen las personas, con sus reuniones, sus viajes, sus subestimaciones y, a veces, sus protocolos mal ejecutados. La historia reciente de las pandemias, desde el SARS hasta la COVID, pasando por el Ébola, podría contarse con una secuencia bastante repetida: un animal, un salto de especie, una ventana de tiempo en la que alguien miró para otro lado, y después una investigación parlamentaria preguntando qué falló.

No hay que ser alarmista. Hay que ser metódico.

Que es, casualmente, lo más difícil de vender en tiempos en que todo compite por la atención y lo urgente siempre le gana la partida a lo importante.

El barco está en Cabo Verde. Las islas están mirando. Esperemos que las autoridades sanitarias también.

Este artículo toma como base el estudio ‘Person-to-Person Transmission of Andes Virus in Hantavirus Pulmonary Syndrome’ publicado en The New England Journal of Medicine (2020).

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