Ego o estupidez humana
Hay días en los que uno observa determinadas actitudes dentro del sector cultural y no sabe muy bien dónde termina el ego y dónde empieza, sencillamente, la estupidez humana.
Vivimos en una isla. Una isla pequeña en la que, además, no somos tantas las personas que dedicamos una parte importante de nuestra vida a crear, producir, escribir, dirigir, organizar eventos, levantar festivales, programar actividades o, simplemente, intentar que la cultura tenga un espacio digno dentro de nuestra sociedad. Precisamente por eso resulta difícil comprender que, en lugar de sumar, todavía haya quienes se empeñan en rivalizar.
¿Rivalizar con qué? ¿Y, sobre todo, rivalizar con quién?
Un buen proyecto no rivaliza con nada ni con nadie. Un proyecto con personalidad, identidad, recorrido y objetivos claros no necesita mirar permanentemente hacia los lados para comprobar qué está haciendo el vecino. Tampoco necesita apropiarse de espacios, desacreditar otras iniciativas ni interpretar como una amenaza que otra persona tenga una idea, consiga un logro o encuentre su propio camino.
Porque la cultura no debería ser una carrera para ver quién llega primero.
Y yo me pregunto: ¿Es el ego un síntoma de inseguridad? ¿por qué parece manifestarse con tanta facilidad en determinados ámbitos culturales?
Quizá, muchas veces aquello que llamamos ego no sea más que una inseguridad disfrazada de superioridad. La necesidad constante de reconocimiento, de protagonismo, de demostrar quién lleva más años, quién tuvo primero una idea, quién conoce a más gente, quién consigue una subvención, quién aparece más en los medios o quién ocupa determinado espacio.
Cuando una persona está verdaderamente segura de su trabajo, pocas veces necesita entrar en ese juego.
Y para adquirir esa seguridad también hay que salir. Hay que viajar más. Conocer otros lugares. Entrar en teatros, museos, festivales, librerías, centros culturales y espacios creativos fuera de nuestra isla. Hay que hablar con profesionales de otros lugares y descubrir cómo conviven proyectos que incluso trabajan disciplinas similares.
Viajar no solo sirve para ampliar conocimientos, también coloca el ego en su sitio.
Nos permite comprender lo inmenso que es el mundo y lo pequeños que somos dentro de él. Nos enseña que prácticamente ninguna idea nace completamente aislada, que existen miles de proyectos trabajando sobre conceptos semejantes y que eso no significa que unos tengan que destruir a los otros. Al contrario. La madurez cultural comienza precisamente cuando dejamos de sentirnos amenazados por la creatividad ajena.
Es que, ¿acaso todas las ideas son iguales?
Dos festivales no tienen por qué ser iguales porque ambos proyecten cine. Igual que tampoco dos escritores no escriben el mismo libro porque hablen de un volcán.
Dos músicos no hacen la misma música porque compartan escenario ni dos exposiciones no son idénticas porque trabajen sobre una misma temática. Por este motivo y por muchísimos más que darían para escribir un libro, dos proyectos culturales pueden incluso partir de un tema semejante y terminar construyendo experiencias completamente diferentes.
Entonces, ¿por qué ese empeño en marcar el territorio como si fuéramos animalitos levantando la pata? La creatividad no funciona como una propiedad inmobiliaria. Las ideas evolucionan, dialogan, se impregnan, se reinterpretan y adquieren una personalidad diferente dependiendo de quién las desarrolla. Ahí reside precisamente la riqueza de la cultura.
Lo verdaderamente preocupante sería una isla donde existiera un único festival, una única exposición, una única compañía, una única voz, un único escritor, una única asociación y una única manera de entender la creación. Eso no sería riqueza cultural. Sería pobreza.
La Palma es una isla demasiado pequeña para tantos egos. Lo que deberíamos preguntarnos seriamente es qué modelo cultural queremos construir.
Desde mi punto de vista creo que ya resulta lo suficientemente complicado sacar adelante cualquier iniciativa. Quienes alguna vez hemos organizado un proyecto cultural sabemos las horas que existen detrás de aquello que el público finalmente contempla durante unas horas o unos días: burocracia, presupuestos, llamadas, correos, búsqueda de financiación, producción, montaje, comunicación, imprevistos y meses de trabajo que casi nunca se ven entre otras muchas cosas.
Y en un territorio donde quienes hacen cultura tampoco son tantos, resulta todavía más lamentable desperdiciar energía compitiendo entre nosotros. Mientras discutimos parcelas imaginarias, la cultura continúa teniendo que pelear por ocupar el lugar que merece. Por eso deberíamos entender de una vez que cuando un proyecto cultural de La Palma crece, no necesariamente pierde otro. Cuando un artista consigue reconocimiento, no se lo está quitando al compañero. Cuando aparece una nueva iniciativa, no significa automáticamente que venga a sustituir a la anterior. Puede significar algo muchísimo más sencillo y positivo: que nuestra isla tiene más cultura. Y eso debería alegrarnos.
Quienes me conocen saben que mi frase preferida es: La cultura la hacemos entre todos.
No existe una cultura de unos y una cultura de otros. Existe la cultura y punto.
Somos muchos los que la construimos. Todos formamos parte del mismo ecosistema.
Podremos tener maneras diferentes de trabajar. Podremos equivocarnos. Podremos incluso discrepar profundamente. Pero una cosa es la discrepancia profesional y otra muy distinta convertir el ámbito cultural en una sucesión de pequeñas guerras territoriales.
La cultura necesita crítica, por supuesto. Necesita debate. Necesita exigencia y profesionalidad pero no necesita trincheras.
Quizá haya llegado el momento de ser un poco más generosos con el trabajo ajeno. De felicitarnos más. De colaborar cuando sea posible y respetarnos cuando nuestros caminos sean diferentes. Y, sobre todo, de entender que nadie es propietario de la cultura de una isla. Porque La Palma necesita más proyectos, no menos. Igual necesita más artistas de todas las disciplinas, más eventos, más festivales, más pensamiento. Todos esos espacios donde encontrarnos y también donde discrepar y sumar sinergias.
Lo que necesita una isla como La Palma es una sociedad culturalmente viva, no ser un lugar que esté dividido en pequeños reinos donde cada cual protege su parcela por miedo a que alguien se acerque demasiado.
Tal vez algún día seremos capaces de entenderlo. Hasta entonces, cuando veo algunas rivalidades, algunos comportamientos y determinadas obsesiones por competir donde debería existir convivencia, sigo haciéndome exactamente la misma pregunta:
¿Es ego o es, simplemente, estupidez humana?
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