La dimisión por la culata
Yo soy de los que entre amigos, familia y conocidos ha venido defendiendo que el ministro Oscar Puente no debía dimitir. Mis razones, en parte, se sustentaban en los hechos que, salvo la aparición de otros nuevos o una explicación distinta de los conocidos mínimamente plausible lo sugieran, acreditan que poco o nada se podía hacer por evitar tan terrible accidente. Una caída de los ordenadores que controlan un tramo de la línea de alta velocidad provoca que el sistema de seguridad LZB se desconecte parando los convoyes que se encuentran en ese tramo. Esto que se ha venido calificado como el primer fallo a mí me parece más bien la consecuencia prevista ante una eventualidad: algo que se sabe que puede suceder o no en cualquier momento y por multitud de causas, y frente a la que hay que actuar primando la seguridad, por eso se paran los trenes. A continuación se pone el acento en el segundo supuesto problema técnico: que el sistema de seguridad por balizas ASFA no detiene al AVE que circula a velocidad normal en dirección al Iryo. Aquí la fatalidad ha determinado que uno se encuentre al inicio y otro al final del mismo tramo haciendo inútil el sistema, aunque al producirse la desconexión del LZB este le indica al AVE un “000” y una señal luminosa roja en la vía se cambia a verde al solicitar del Iryo su puesta en marcha, también a velocidad normal, aunque no llega a hacerlo como así lo comunica al centro de control la maquinista.
Se han aducido desgastes en la infraestructura, la obsolescencia del sistema LZB, el aumento de operadores y de la frecuencia; el sindicato de maquinistas SEMAF ha llegado a calificar la red ferroviaria como en ruinas. De nada sirven los datos de aumento de la inversión en mantenimiento o la fiabilidad del sistema LZB, de nada la explicación de que el ERTMS ya está instalado, aunque todavía en pruebas en esa línea; tampoco parece importar el aumento en un 60% de la plantilla en el centro de control de ADIF. Que los datos de abandono de las infraestructuras traen causa en la gran recesión y en la pesadilla del austericidio que nos recetó la derecha europea, y aquí nos aplicó el PP como un aceite de ricino, no son un problema ni para ellos ni para su socio Vox, si acaso una oportunidad más para el cum laude en cinismo. Así pues, no seré yo quien discuta que hace falta invertir más en nuestro sistema ferroviario, en infraestructuras de la vía, en nuevo material rodante, en los sistemas de seguridad, en el aumento de las plantillas, etc. Pero lo que sí creo y considero honesto señalar es que nada de todo esto hubiera evitado el accidente de Urda.
Que estamos ante un error humano es lo que se desprende de los hechos conocidos y referirlo no prejuzga responsabilidad, porque desconocemos las circunstancias que lo provocaron, que no han de ser necesariamente materiales. Que se trate de un trabajador no añade ni quita nada, ni prima sobre la idéntica condición del maquinista y su ayudante fallecidos ni del resto del pasaje. Hay que ver lo woke que se nos vuelven entre otros Abascal cuando se trata de sacar partido: ¡Le echan las culpas a un trabajador! Exclaman escandalizados.
Sin embargo, la razón principal de mi oposición a la dimisión del ministro nada tenía que ver con lo antedicho, obedece a la convicción de que ceder ante la presión de la oposición dimitiendo es regalar una pieza de gran valor a quien en ningún caso lo ha hecho, lo hace ni parece que lo hará porque su electorado no les pasa factura ni aun cuando la catástrofe de que se trate haya sido causada en todo o en parte por acción u omisión: alejar el Prestige de puerto seguro, contratar aviones lowcost para trasladar tropas despreciando después el honor de las víctimas y sus familias, desconectar la seguridad de un tramo de la vía en Angrois para evitar retrasos o no convocar un cecopi hasta las 17h con una alerta roja desde primera hora de la mañana y el máximo responsable político de pantagruélica sobremesa, por poner solo algunos de tantos infaustos ejemplos. Yo defendía que Oscar Puente no debía dimitir acosado injustamente por los que nunca dimiten con causa para ello y jamás pagan peaje por su sostenella y no enmendalla, se aprovechande la laxitud de sus votantes y de la pulcritud de la izquierda a la izquierda del ministro para sacar ventaja y retirarlo del tablero.
Pero ha sido Oscar Puente quien, no con su dimisión sino con su manera de dimitir, me ha liberado de lo que ya empezaba a ser una obcecación. Dar la cara sin esconderse, responder a cuantas preguntas se le han formulado, proponer medidas que refuercen la seguridad, reconocer las dificultades para racionalizar una alta velocidad a la que nadie quiere renunciar, señalar la importancia de lo público, de la democracia y sus instituciones frente a la demagogia del “solo el pueblo salva al pueblo” o la de bajar impuestos del tándem PP-Vox, comparecer a petición propia ante la Diputación Permanente y secuenciar todos estos actos, decisiones y respuestas ha sido una muestra de respeto, rigor y lógica. Sin embargo, lo verdaderamente convincente ha sido la expresión de su dignidad, su pesar por las víctimas, la fe en sus valores, la supeditación del orgullo y vanidad personales al proyecto en el que milita una vida entera y el contraste con quienes oficiaban el acto sacrificial. Era de una elocuencia abrumadora ver al ministro seguro, firme, paciente y sereno desgranar datos y argumentos, mientras los oficiantes repetían las consignas y los insultos con automatismos y simulada emoción. La escena reflejaba la victoria de la verdad contra la insidia, de la valentía frente a la mezquindad. Escuchar a Oscar Puente ha traído a mi memoria la honda impresión que nos relata Antonio Machado le produjo siendo niño oír a Pablo Iglesias un primero de mayo en Madrid: aquel hombre tenía el timbre inconfundible de la verdad humana.
De modo que no hay pieza cobrada ni ventaja obtenida en la trampa, estamos ante la más clamorosa dimisión por la culata.
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