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CV Opinión cintillo

Los constitucionalistas

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Yo no sabría contar por innumerables las veces que el Presidente del PP se ha definido a sí mismo y a su partido como constitucionalistas. Lo ha venido haciendo y proclamando como una acusación implícita hacia sus oponentes de no serlo: si algunos somos constitucionalistas y la defendemos es porque los otros no lo son. Pero lo que de manera explícita sustenta esa estrategia de apropiación de lo que es de todos es la contraposición del art.2 de la Constitución, en especial la parte que habla de la indisoluble unidad de la nación española, a la declaración unilateral de independencia en Cataluña y a la posterior ley de amnistía que pretendía resolver el conflicto social, político y judicial provocado. A esto hay que sumar que el apoyo a la investidura de Pedro Sánchez en el 2023 requirió el voto favorable, no solo de los diputados independentistas catalanes, sino también el de los vascos. Y que la izquierda a la izquierda del PSOE, heredera de la indignación del 15M, calificó la Transición desde la dictadura franquista a la democracia y la propia Constitución nacida de aquella como “Régimen del 78”, sumando a la estrategia del PP por el constitucionalismo a conspicuos protagonistas de aquella época como al tándem Felipe- Guerra. 

Todo lo anterior viene a cuento de las intenciones declaradas por PP y Vox en esta precampaña electoral de intentar conseguir mayorías suficientes en ambas cámaras para poder modificar el texto constitucional. Algo legal, sin duda, y no quiero entrar en disquisiciones sobre si también legítimo, pero creo que choca frontalmente con el espíritu de la Transición tantas veces invocado por los “constitucionalistas”. La Constitución del 78 es, en palabras de Alfonso Guerra recogidas en sus memorias, la superación de “un repetido error histórico que ha condenado a España a ser un país sin futuro” Un error que consistía en “imponer constituciones de media España contra la otra media” “Nunca se había hecho el intento de elaborar una Constitución para todos los españoles”

No creo que alcancen las mayorías que anhelan, ni tan siquiera que las necesarias para la última oportunidad de Feijóo estén garantizadas, pero conviene detenerse en ese afán porque en él se pone de manifiesto el engaño de un ropaje de constitucionalismo, de espíritu de consenso y de reconciliación que esconde la voluntad de romper con esa necesidad de consenso, de acuerdo entre conservadores y progresistas que hicieron posible la Constitución del 78 y sus casi cincuenta años de democracia para sustituir la alternancia política por la imposición de los vencedores que, al parecer, tanto añoran. Con ese argumento, el del citado espíritu arrimado a su sardina, han pactado y defendido leyes de “concordia” en las comunidades autónomas que gobiernan con apelaciones a la reconciliación, pero en el fondo con el único propósito revanchista de torpedear la ley de memoria democrática. 

En el mismo sentido autoritario de imposición que les evite la necesidad de buscar el pacto van los bloqueos a la renovación del Tribunal Constitucional, confiando en que la ola reaccionaria les aúpe a esas mayorías en el senado que les permitan nombrar a los suyos pactando con Vox. Si podemos hacer nuestra propia Constitución, mejor. Y si no, al menos que la interpreten a nuestro gusto e interés. Es como cuando desde las tribunas políticas y periodísticas se reprocha la injerencia del poder ejecutivo sobre el judicial por cuestionar desde el Gobierno determinadas decisiones judiciales de claro contenido político, pero nada hacen por cumplir con sus obligaciones de renovar los miembros del Consejo General del Poder Judicial ni nada dicen sus medios afines sobre el sistemático bloqueo que practican para no perder el control del órgano de gobierno de los jueces. Jueces que vemos abrir causas por acusaciones sustentadas con recortes de periódicos y que ante la falta de indicios continúan con prospecciones casi biográficas para encontrar algo, mientras otros archivan sin investigar; jueces que exigen el volcado de información contenida en dispositivos móviles y electrónicos, desde muchos años atrás, y otros que se niegan a hacerlo con el argumento de la intromisión a la intimidad que ello supondría, siempre dependiendo del paño. En fin. ¡Y luego, esos mismos, son los que niegan el mínimo asomo de lawfare  y nos piden confianza en la imparcialidad de la Justicia!

No me resisto, cambiando el tercio, a opinar sobre lo escandalizado que ante Aimar Bretos se mostró el candidato del PP a la Presidencia del Gobierno al hablar sobre una ley de interrupción del embarazo que no exige a las “niñas” de 16 o 17 años contar con el consentimiento de sus padres para abortar. Lo contraponía al necesario consentimiento para hacerse un tatuaje, pero nada decía sobre lo que para él debería ser lo verdaderamente escandaloso: que esas “niñas” estuvieran embarazadas. O que la madre naturaleza, por no meterme en sagrado, permita que en algunos casos desde los 10 años se pueda quedar una embarazada, con o sin consentimiento paterno. 

Siguiendo con perlas de esa entrevista, será seguramente la frase de la que más orgulloso se sienta -si es que no estaba en el guión, sino que le salió improvisada-  aquella de “antes de llegar a la muerte digna tenemos que garantizar una vida digna” Como si de él dependiese que uno deje de padecer una enfermedad grave e incurable o un padecimiento grave, crónico e imposibilitante, causas que justifican la petición de la ayuda a morir. Sí dependerían de él, en buena medida, las condiciones económicas de los pensionistas, el salario mínimo interprofesional de los trabajadores, el ingreso mínimo vital, las prestaciones y subsidios por desempleo, el derecho a la incapacidad temporal o baja médica, el acceso a la vivienda en propiedad o alquiler, los permisos retribuidos, la igualdad efectiva entre mujeres y hombres, los derechos LGTBI, la posición de España ante el derecho internacional…  En definitiva, todo aquello a lo que se opone el de la motosierra o los del Bulldozer con los que tanto intima y que hace la vida digna.  

¡Constitucionalistas defensores de la libertad por un tubo! por su extremo ancho, para los demás estrecho.

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