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CV Opinión cintillo

Habitación con derecho a cocina

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Esa era la opción mayoritaria de acceso a la vivienda entre las clases trabajadoras españolas en los años 50 y principios de los 60 del siglo pasado. Ya saben, “cuando se vivía mejor”. Por eso no es de extrañar que aquellos que tanto anhelan esos tiempos –PP y Vox- se opongan a cuantas medidas eviten reincidir en esa fórmula habitacional. Digo yo que lo harán por eso. 

Sin embargo, cuán distinto es el contexto: un país aislado que practicaba la autarquía como modelo económico fracasaba sometiendo a su población a una interminable posguerra, la escasez de vivienda castigaba especialmente a la emigración interior procedente del medio rural que se desplazaba hacia las grandes ciudades en busca de oportunidades, –¡hay que ver los emigrantes, siempre creando problemas!- los propietarios no lo eran de varias viviendas, sino que lo que alquilaban eran las habitaciones disponibles del propio hogar familiar perdiendo intimidad al compartir, además de cocina, baño. No se trataba de rentismo, más bien de supervivencia. 

Hoy la economía española crece casi el triple que la media de la Unión Europea, los españoles con al menos una vivienda en propiedad están por encima del 73%, -en el año 2007, antes del estallido de la burbuja inmobiliaria y financiera estaba por encima del 80%- hay 3,8 millones de viviendas vacías en España, aunque la mayoría se sitúan en poblaciones con menos de 10.000 habitantes, la emigración lo es de extranjeros llegando casi al 15% de la población total y quienes ponen en alquiler pisos y habitaciones son grandes fondos de inversión y multiarrendadores que poseen varias viviendas, pero también una buena parte de los que llegaron a las ciudades a mediados del siglo pasado –o sus descendientes- y se alojaron en habitaciones con derecho a cocina. 

No sabe uno muy bien si atribuir esa disminución en el porcentaje de propietarios al estallido de la burbuja o a los cantos de sirena de quienes machaconamente proclamaban las bondades de vivir de alquiler frente a la compra de la vivienda y su rémora la hipoteca, pero si el acceso a la propiedad se ha ido complicando el intentar crear un hogar estable desde el alquiler es casi una quimera. Como un sarcasmo suenan los argumentos de aquella mascarada: parecernos más a Europa, pero eso sí, sin su parque público de viviendas; ganar libertad y movilidad para poder acceder a empleos en otros lugares sin estar atado a una hipoteca porque los empleos para toda la vida son cosa del siglo pasado, pero lo cierto es que estamos asistiendo a lo que parecía imposible, renunciar a una plaza de funcionario -para toda la vida- por no poder asumir el precio del alquiler en el lugar de destino. Además de las proclamas llegaron las decisiones políticas con el cambio de regulación fiscal de las SOCIMIS (sociedades cotizadas de inversión en el mercado inmobiliario) a las que el Gobierno de Rajoy les eximió del impuesto de sociedades a cambio de que invirtieran en inmuebles urbanos y los destinaran al alquiler, y a las que se les facilitó la adquisición de esos inmuebles a precio de saldo. 

En fin, que el estallido de la burbuja fue la oportunidad, la necesidad o la excusa para las proclamas y las decisiones políticas que hacen hoy que la compra de una vivienda exija un volumen de ahorro previo, para lograr que te concedan una hipoteca, que está fuera del alcance de la mayoría y que el cada vez más elevado precio de los alquileres hace imposible la capacidad de ahorro de los inquilinos, convirtiendo el de la vivienda en el primer problema social. 

Pero resulta que sin llegar a donde nos proponíamos, ser europeos en las soluciones, hemos conseguido parecernos más a ellos en los problemas: uno de cada diez incurre en morosidad a la hora de pagar la hipoteca o el alquiler y la vivienda es también la mayor preocupación, especialmente entre su juventud que ve con dificultad emanciparse. Y es que todo parece indicar que de nuevo el ladrillo, y más que nunca, se ha convertido en el mejor vehículo de inversión especulativa para la obtención de dividendos sin fronteras. 

Al Gobierno de coalición progresista se le imputa desde la oposición la falta de atención a este grave problema en sus más de ocho años de ejercicio a pesar de haber sacado adelante una ley de vivienda, a pesar de los intentos reiterados de regular el precio del alquiler mediante los oportunos decretos que esa misma oposición ha venido rechazando, a pesar de la relevancia casi absoluta que sobre esta materia tienen las comunidades autónomas y a pesar de los vetos cruzados entre los grupos políticos que conformaron la mayoría de investidura que han determinado el fin anticipado de la legislatura y la convocatoria de elecciones generales. 

Y en esas estamos, ante unas elecciones que debieran servir para confrontar propuestas en la solución de los problemas que decimos en cada encuesta que más nos preocupan: vivienda, pero también inmigración, partidos políticos, precariedad económica y laboral, sanidad o educación (seguramente hoy también responderíamos que pensiones, porque algunos demuestran más capacidad en generar problemas donde no existen que en solucionarlos); sin embargo, asistimos al espectáculo de la fallida unidad de la izquierda en un momento que ellos mismos califican como trascendental ante el auge de la extremaderecha que representa un posible futuro Gobierno PP-Vox. Y que por tanto la hacía más necesaria que nunca. 

Más allá de lamentarlo, habría que recordarles que yendo unidos en el proyecto Sumar se quedaron sin representación en más de 25 provincias en las elecciones generales de 2023; que por mucho que pretendan diferenciarse del PSOE buena parte de ellos presentan una misma hoja de servicios: la del Gobierno de coalición; que su propuesta para la presidencia del país no es ni Ada Colau ni Emilio Delgado ni Gabriel Rufián, sino Pedro Sánchez, puesto que de lo que se trata es de reeditar ese Gobierno de coalición. Rogarle a Gabriel Rufián que además de reconocer el fracaso, el espectáculo nefasto y de pedir perdón al electorado debería pedirles a sus socios a la izquierda de la izquierda que no se presenten donde no tienen posibilidades de obtener diputados ni unidos ni separados, como parece que irán; o, en todo caso, pedirle a su electorado que en todas esas provincias voten al único partido político de la coalición del futuro Gobierno progresista que puede disputarle los restos al PP-Vox, vamos que más que hacer campaña por Irene Montero sería más coherente con la contrición que proclama que la hiciera por Pedro Sánchez. 

Pero parece que algunos prefieren cocinar solos en su habitación. 

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