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Del voto útil a la izquierda inútil

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Durante muchos meses, Gabriel Rufián ha defendido, en todos los foros donde ha tenido oportunidad, la necesidad de entendimiento, colaboración y unidad de la izquierda para formar candidaturas conjuntas en todas las circunscripciones como la única forma de conseguir que todos los votos de izquierda fuesen útiles.

La movilización de los jóvenes en las últimas semanas, hartos de ver truncados sus proyectos de vida por la imposibilidad de acceso a la vivienda, y el espectáculo indecente del desahucio de una anciana de 88 años, nos convencieron de que el momento había llegado. Y nació en nosotros la esperanza de que era posible lograr la unidad demandada por Rufián. Llegado el momento de la verdad, el acuerdo no ha sido posible y la esperanza que había crecido en buena parte de la ciudadanía ha sido, de nuevo, defraudada. El recuento electoral y la aplicación de la ley de D'Hondt volverán a convertir muchísimos votos de izquierda en restos inútiles.

Vemos cómo las derechas, en las comunidades donde gobiernan, privatizan la sanidad y la educación; eliminan las políticas de igualdad y de memoria democrática; hacen recortes en las ayudas a la dependencia y en las políticas de protección social; bajan los impuestos a los ricos al tiempo que piden más recursos al estado; se mofan del derecho a una vivienda digna. Y oímos lo que ofrecen si llegan al gobierno: sacrificios, desmantelamiento del sistema de pensiones, dejar las bajas médicas en manos de las mutuas, o sea, de las empresas y las viviendas en manos de la avaricia del mercado. Y eso es solo lo que se atreven a decir abiertamente. Sin olvidar que tienen como ejemplo a gobernantes xenófobos, negacionistas del cambio climático, que restringen derechos y libertades en sus países, que hacen recortes salvajes en las políticas sociales y en el estado de bienestar, que inician guerras ilegales o que llevan a cabo genocidios.

De modo que sí, el entendimiento y la unidad que demandaba Gabriel Rufián son más necesarios que nunca para frenar el avance de la derecha en España. La derecha más retrógrada, más desacomplejada y más agresiva que hemos visto en décadas. Pero el entendimiento no se puede lograr si no hay altura de miras y generosidad. La ciudadanía lo demandaba, lo necesitaba y lo esperaba. Sin embargo, no ha sido posible. El fracaso es colectivo, pero el grado de responsabilidad no es igual en todos.

En la legislatura que acaba, hemos visto a algunos políticos de izquierda poner más empeño en debilitar al gobierno de coalición que en mejorar la vida de las personas. Y los hemos visto tumbar iniciativas buenas para la gente porque no recogían el cien por cien de sus demandas. Los hemos visto rechazar lo bueno porque no podían alcanzar lo mejor, negarse a dar un paso porque no podían dar un salto, frustrando cualquier posibilidad de avance. Y, en este momento, cuando la esperanza de la gente está puesta en la unidad de la izquierda, los vemos responder a esta demanda ofreciendo pactos a unos, pero no a otros; en unos territorios, pero no en otros. Son políticos que se sienten guardianes de las esencias de la izquierda. Son los dirigentes que anteponen sus egos al interés de la ciudadanía. Son, en definitiva, la izquierda inútil.

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