El virus del 'malismo'
Definido por Mauro Entrialgo en un reciente libro del mismo título, editado por Capitán Swing, como “la ostentación del mal como propaganda”, el neologismo hace referencia a la práctica creciente, en entornos políticos, mediáticos y civiles, del uso desacomplejado de la maldad, el insulto, la deshumanización cruel del adversario y el desprecio clasista de los débiles, a la búsqueda de réditos comunicativos, electorales e, incluso, personales.
Estamos, pues, ante una aberrante inversión de la ética social que convierte en cool el discurso faltón y ensalza a los malotes de la clase, haciendo que expresiones y actitudes consideradas hasta hace poco como incorrectas y hasta execrables, no sean ahora ampliamente condenadas sino que susciten incluso el aplauso y la adhesión de una parte del público, alentado por plataformas mediáticas que estigmatizan de buenista la empatía y califican a quienes la ejercen de pobres/progres cómplices de oscuros poderes globalistas.
No se trata de simples y puntuales exabruptos marginales sino de la expresión última de una elaborada estrategia de malismo, promovida por la extrema derecha que ha acabado contagiando a la derecha extrema.
Se trata de un fantasma que recorre el mundo, desde el brutal you’re fired (¡…estas despedido!) del reality que hizo famoso a Trump al exhibicionismo genocida de Netanyahu en Gaza y de los matones del ICE en Estados Unidos, pasando por la motosierra locoide de Milei y la obsesión frutera de la Ayuso más chulapa.
Entre nosotros, ¡la primera expresión pública de ese tipo fue el “…que se jodan!”, dirigido displicentemente a los parados por una diputada castellonense del PP en junio de 2012, en pleno debate parlamentario sobre los recortes sociales impuestos por el gobierno de Rajoy. Desde entonces hemos asistido a una escalada creciente de malismo tanto en intensidad (¡…a ver quién la dice más gorda!) como en extensión, saltando desde trolls y haters agazapados en el anonimato de las redes a representantes partidistas e institucionales.
La degradación de la conversación cívica parece no tener límites, desde el “…que te vote Txapote” de la campaña electoral de 2023 hasta convertir en canción del pasado verano el insulto descarnado al presidente del Gobierno, en un proceso de polarización ciertamente asimétrica, como parece deducirse de las palabras del más aseado de los portavoces de la derecha, según el cual el mal rollo se acabará cuando gobiernen ellos.
Pero con ser grave no es ésta la peor expresión del malismo que estaría contaminando ya buena parte de los valores y prácticas sociales de la población con relatos despectivos y falsarios sobre las “paguitas” que reciben colectivos vulnerables, la “invasión” migratoria y el peligro de los “menas”, los excesos feministas y la opresión de la dictadura sanchista, etc.
Episodios recientes como el caso Maricarmen y la crisis migratoria de Ceuta, han elevado hasta el paroxismo la espiral de odio e insultos contra una mujer de 87 años fallecida tras ser desahuciada de su casa y los miles de jóvenes, mujeres e incluso niños socialmente vulnerables, al tiempo que una coalición de todas las derechas bloqueaba las propuestas gubernamentales que intentaban solucionarlos.
Es hora, pues, de frenar el paso a toda esa “mala gente que camina y va apestando la tierra” (Antonio Machado) y hacerlo desde la serena reivindicación de los valores humanistas y la práctica de la solidaridad que, como decía otra gran escritora hispana (Gioconda Belli) es “la ternura de los pueblos”.
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