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En primera persona

Ubaldo: el agricultor de Utiel que no regresó del exilio

Juan Francisco Yuste con las tiendas del campo de concentración detrás, c. 1941.

Jesús Espinós Andrés

5 de noviembre de 2026 22:57 h

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En abril de este año, antes de realizar una estancia de seis meses en la Ciudad de México, me propuse un objetivo: indagar en el exilio español allí, conocer a alguna de estas familias y descubrir de primera mano cómo lo habían vivido.

Como ocurre en las buenas historias, se tuvo que dar una casualidad. Rastreando en la web del Ateneo Español de México –asociación fundada por exiliados republicanos para mantener viva su memoria–, descubrí que hacía apenas un mes se había presentado en su sede un libro llamado Cartas a Utiel. Inmediatamente, pensé que no podía haber otro Utiel que el de la Tierra Bobal, situado a 20 km de mi pueblo, Camporrobles.

Me puse en contacto con la familia que había editado el libro y llegué hasta Julia Yuste –Julieta para la familia–, hija de Juan Francisco Yuste, más conocido en Utiel como Ubaldo. Él es protagonista de esas 700 páginas de cartas que ella se encargó de transcribir y ordenar. Cuando apenas llevaba una semana en México, el 19 de junio, quedé con María Pellicer, nieta de Juan, y me entregó un ejemplar que no tardé en devorar.

Juan Francisco nació en Utiel el 26 de abril de 1911, hijo de Francisco Yuste, agricultor, y Julia Pérez, ama de casa. Agricultor, músico y ayudante químico, se afilió a la UGT en 1932 y, durante la guerra, llegó a ser jefe de la 6.ª sección del Servicio de Investigación Militar (SIM) en Albacete. El 28 de marzo de 1939, con la guerra perdida, embarcó en el 'Stanbrook' huyendo de la represión franquista.

Juan en Bouarfa, junto a un perro que cuidaban en la panadería, c. 1941.

Del 'Stanbrook' a los campos de concentración de Vichy

Tras zarpar de Alicante, llegó a Orán al día siguiente. Allí fue detenido por las autoridades francesas, que lo trasladaron primero al campo de concentración de Relizane (Argelia) y después a la 8.ª compañía de trabajadores forzados de Bouarfa (Marruecos), donde se construía el ferrocarril Mediterráneo-Níger. Por sus cartas sabemos que fue uno de los treinta afortunados que se encargaban del reavituallamiento. Él trabajaba en la panadería, donde también había carniceros, distribuidores y oficinistas. Aquel oficio no le libraba, sin embargo, de las duras condiciones que imponía en los campos de concentración y castigo el régimen de Vichy, colaboracionista con la Alemania nazi.

Las cartas iban dirigidas a sus padres y a sus hermanas, Carmen y Julia, y se recuperaron de una caja donde ellas las iban guardando como oro en paño. La primera que recoge el libro está escrita en Bouarfa el 28 de abril de 1940. En ella ya se aprecia su deterioro anímico, y las fotografías que enviaba dejan ver su extrema delgadez. En una de las cartas llegó a indicar: “Peso 50 kg y mido 166 cm”.

Pese a las condiciones en las que vivía, Juan siempre intentó maquillarlas ante la familia, diciendo que comía bien, se sentía fuerte y se podía mover con libertad. Pero no siempre podía ocultar su abatimiento: “Me daré ánimos a mí mismo. Hay que ser fuertes y luchar contra la tristeza. Quiero estar alegre y aquí o donde sea luchar y luchar, enfrentarme a la vida para sacar lo beneficioso que tenga para los míos”.

Si algo le motivaba y le daba fuerzas para seguir, eran las noticias que le llegaban de su familia sobre sus tierras y la vida en su pueblo, Utiel: “Siempre es muy interesante no olvidarse de los trabajos del campo, y yo, con lo que usted me dice en su carta, ya no lo olvido. Me parece cuando la leo que voy recorriendo algunas de las viñas y que me doy perfecta cuenta de cuál sería el trabajo que a estas habría que hacer. Claro que todo esto es el pensamiento, pues aquí difícilmente puede uno hacerse la ilusión de que ve agricultura. En las proximidades del horno tengo un huerto, pero tan pequeñito, tan pequeñito, que más bien parece un casco de plantar flores”. En esa misma carta le pide a su padre: “Contésteme pronto y dígame cómo lleva la poda y la labranza, así como los demás trabajos”.

La impotencia de no poder ayudar a su padre anciano le atormentaba en la distancia: “¿Cuánta falta le hago? Esto me trae loco, pensar que trabajo y trabajo y que, sin embargo, a él en nada puedo ayudarle”.

En 1942 logró salir de Bouarfa y llegar a Casablanca, aunque las cartas no explican cómo. La ciudad era la puerta de salida para muchos republicanos atrapados en el norte de África. El 22 de septiembre embarcó en el 'Nyassa', un vapor portugués cargado de refugiados. Dieciocho días después, el 10 de octubre, llegó al puerto de Veracruz.

Rumbo al México que los recibió con los brazos abiertos

Después de tres años de campos de concentración y miseria, por fin podría empezar una nueva vida en un país en auge, el México que Lázaro Cárdenas había abierto a los españoles exiliados. Su primer trabajo volvió a ser en una panadería, y poco a poco su situación fue mejorando hasta llegar a encargado de una fábrica de productos de caucho.

En sus escritos, describía con asombro la modernidad de la capital mexicana: “Yo creo que en esta capital el 90% de las mujeres dan a luz en los Sanatorios, porque están bien preparados para ello y la atención médica es mucho mejor”. También relataba con humor su vida social y sus citas románticas en los toros, el cine o sus trayectos en autobús a las afueras, los cuales comparaba –por la distancia– con “hacer un viaje a Camporrobles”.

A finales de 1944, conoció a la mexicana María López, la que sería su esposa: “No sé si me casaré o no. Tiene 26 años y es bastante guapa. El último año terminó la carrera de Química y trabaja en un laboratorio. Creo que cada día me quiere más y yo también a ella”. Se casaron el 12 de mayo de 1946. Al que debió de ser uno de los días más felices de su vida no pudo asistir ningún miembro de su familia. Pero lo que de verdad le hizo derramar lágrimas fue no recibir el abrazo de su madre.

Juan Francisco y María paseando por las calles de la Ciudad de México, en 1945.

Él nunca dejó de hacer planes para cuando pudiera regresar, aunque con su pasado en el SIM volver a la España de Franco suponía la cárcel o perder la vida. Tampoco cejó en el empeño de llevar a su familia a México, pero aquello resultó imposible. Juan no volvería a abrazar a sus padres ni a escuchar su voz, ni a pisar Utiel. Aunque en México encontró el amor y creó su propia familia, la dolorosa certeza del no retorno a España siempre le acompañó.

En febrero de 1958, cuando ya tenían tres hijos –Quico, de 11 años; Julieta, de ocho, y Carmela, de seis–, María escribió a las hermanas de Juan para contarles que le habían encontrado una mancha en el pulmón. En marzo lo operaron, pero el tumor invadía órganos vitales y no se pudo extirpar. La radioterapia le dio una tregua durante la primavera, hasta que en agosto apareció un segundo tumor. En sus últimos meses, consciente de su destino, le dijo a su esposa María: “¡Ay, mamá, todo lo que te queda por sufrir!”. A sus hijos les dejó un último mandato: que cuidaran de ella y se mantuvieran siempre unidos.

El 2 de octubre de 1958, con solo 47 años, Juan falleció lejos, a 9.000 kilómetros de su Utiel natal. Un escueto telegrama enviado por María hizo llegar la noticia a España: “Juan falleció hoy 01:15 h”. A partir de ese momento, María asumió en solitario la inmensa tarea de sacar adelante a sus tres pequeños.

Para proteger a sus ancianos padres, que ya habían sufrido demasiado con la distancia, Carmen y Julia decidieron que nunca supieran que Juan había muerto, y le pidieron a María que guardara el secreto. Los nietos mexicanos siguieron escribiendo con frecuencia; sin embargo, Julia, la madre de Juan, se quejó en una de las cartas de no recibir noticias directas de él desde hacía tiempo. Por eso, María se armó de valor y, entre lágrimas, redactó en agosto de 1959 la primera carta simulada haciéndose pasar por su marido: “Queridos padres y hermanas: (…) les diré para su tranquilidad por acá todos nos encontramos bien, ya que tanto los niños como María y yo, estamos bien. Quiero rogarles disculpen mi tardanza en escribir pero ya os he dicho en cartas anteriores que el exceso de trabajo me impide hacerlo. Espero sepan comprenderlo, sobre todo la madre quiero que perdone la ausencia de mis cartas, sé que está intranquila por mi causa pero he de decirle que María y los niños os escriben con más frecuencia”.

Tres años después, Francisco y Julia fallecieron sin conocer la terrible verdad, pero las cartas siguieron cruzando el Atlántico.

El reencuentro familiar y el legado del exilio

El puente roto por la postguerra y el franquismo comenzó a reconstruirse en 1969. Julieta fue la primera de la familia mexicana en visitar Utiel. La recibieron sus tías Carmen y Julia, que por fin pudieron abrazar a aquella joven, sangre de su sangre, a la que habían visto crecer en fotografías y cartas.

A diferencia de lo que ocurrió en España durante la dictadura, el exilio en México floreció en absoluta libertad. Esto permitió a los republicanos y a sus descendientes hablar abiertamente de su historia y de lo ocurrido. De esa forma, la memoria y el legado de la España republicana siguen vivos. Claros ejemplos de ello son el Ateneo Español de México o los colegios Madrid y Luis Vives, nacidos del exilio y sostenidos hoy por sus hijos y nietos, donde se reivindican constantemente las aspiraciones de aquella República. Una herencia que se resiste a desaparecer. Algunos incluso tienen la sensación de ser herederos de un país que ya no existe.

En el caso de los Yuste, el constante contacto con Utiel les ha permitido no sentirse huérfanos de raíces. La vida les ha devuelto un poco de todo lo que el franquismo le robó a Juan y su historia ha saldado una parte de la deuda con la memoria de 'Ubaldo'. Al final, aquel boleto de regreso que él nunca pudo comprar, lo han comprado en infinidad de ocasiones su hija Julieta, su yerno Carlos y sus nietos Carlos y María. Volver a Utiel es, para ellos, volver a casa.

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