Vimos los reyes que Dios nos puso, mientras amanecía: era un borbotón de rojos que iban a ser amarillos y blancos para un día de paz. También nos puso un sol que sube. Y un mar tan bien pintado que parecía un mar de verdad.
Nos puso luego mil pequeños arqueros, pretorianos y vikingos, pequeños pistoleros. Nos puso también otros mil niños con manos vacías y ojos grandes.
El Día de Reyes, Dios encargó a Melchor, Gaspar y Baltasar que nos trajera un día: ese regalo tan bonito que se llama día.
Éste fue un día hecho con todo cuidado: tenía orillas y aceras, y casas con gente, y una alegre bandera transparente que se llamaba aire, y un muñeco que habla que se llamaba amigo.
-¡Mira, amigo!
Y el aire tremolaba todas las cosas.
-¡Mira, amigo!
Y enseñábamos el día que nos habían traído los Reyes.
Alguien mayor decía:
-¡Cuidado no vayas a romper enseguida...!
Pero nosotros queremos jugar al día, con el día, aunque se rompa.
Y los hombre estaban contentos, cada uno con su día, dándole vueltas y jugando como si el día de cada hombre fuese un aro luminoso, fácil y prometedor.
Luis Cobiella
(‘Regalo de Reyes’, Diario de Avisos, enero, 1968)