De la prensa palmera a ‘Notas perdidas’: los primeros pasos de ‘Lota España’

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Dolores González Pérez, conocida posteriormente como Lota España, nació en Humilladero, Málaga, el 8 de diciembre de 1891 y falleció en la capital malagueña el 17 de junio de 1973. Fue la mayor de siete hermanos y pasó su infancia y juventud en distintas localidades españolas debido a los destinos de su padre, Salvador González Núñez, teniente de la Guardia Civil. Su vocación literaria fue muy temprana. Décadas después recordaría que comenzó a escribir prácticamente al mismo tiempo que aprendió a hacerlo y que, a los diez años, ya publicaba cuentos y poesías en revistas y periódicos locales. También evocó su inclinación a la lectura y cómo convertía las lecciones en versos para memorizarlas. Cuando llegó a Santa Cruz de La Palma, hacia 1912, tenía unos veinte años y una vocación suficientemente arraigada.

La isla no fue, por tanto, el lugar donde nació su inclinación hacia la literatura ni necesariamente aquel en el que aparecieron sus primeros textos. Como sabemos, buena parte de la literatura española de la Restauración se escribió para los periódicos y permaneció durante décadas «enterrada en las hemerotecas». Como han señalado Serrano Alonso y De Juan Bolufer (2009), la literatura de la Edad de Plata no puede entenderse plenamente «sin el análisis de la prensa de la época». El caso de Lolita González Pérez lo confirma: fue en los periódicos palmeros donde su escritura encontró continuidad, lectores y reconocimiento público. Documentar esta etapa contribuye así a completar el conocimiento de Lota España y a explicar cómo una vocación temprana comenzó a transformarse en una trayectoria literaria pública.

La residencia palmera de la familia se prolongó hasta diciembre de 1915 y estuvo motivada por el destino profesional de su padre, que ejerció como jefe de línea de la Guardia Civil. Durante aquellos años, Lolita González Pérez colaboró en cabeceras como Diario de Avisos, Diario de La Palma, El Nudo, Juventud Católica y La Organización. Después de regresar a Málaga continuó remitiendo textos a la isla y su firma apareció también en La Lucha y El Tiempo. A estas publicaciones debe añadirse el mensuario Cuba y Canarias, dirigido por Félix Duarte en Zaza del Medio.González Pérez fue, sobre todo, una escritora y colaboradora literaria que utilizó la prensa como medio de publicación y vía de acceso a la vida pública. En aquellos años los periódicos locales acogían poemas, relatos, discursos, opiniones y crónicas de actos culturales, por lo que proporcionaban a los escritores un espacio de difusión y reconocimiento.

En mayo de 1914, la prensa tinerfeña reprodujo una información procedente de La Palma bajo el título «Notable poetisa». Lolita, residente en Santa Cruz de La Palma, contaba —según la crónica— con las simpatías de la población por su talento y su gracia. Había intervenido en una velada en la que recitó una composición dedicada a la primavera y leyó versos de Gertrudis Segovia. La actuación recibió repetidas ovaciones.En la misma página apareció «¡Tributo de admiración!», poema dedicado al escritor Ángel María Segovia. Pocos días después, el propio Segovia le respondió con otra composición. El intercambio demuestra que Lolita no era únicamente una aficionada que enviaba versos aislados, sino una autora que comenzaba a participar en un diálogo literario y cuyo nombre circulaba ya fuera de la isla.

Las crónicas de la época la presentaron como «inspirada poetisa», «gentil y bella poetisa», «distinguida poetisa» o «notable escritora». Son fórmulas propias del lenguaje elogioso de entonces, pero su reiteración muestra que había alcanzado cierta visibilidad. Además, su actividad no se limitó a la poesía. En mayo de 1915 pronunció en Juventud Católica la conferencia «La mujer cristiana y su Patria», en la que defendió el papel de la mujer en la educación moral y religiosa. Un mes después leyó «Mis dos terruños» y recibió la felicitación del poeta Antonio Zerolo. Aunque el texto no se ha localizado, su título parece aludir a los dos espacios fundamentales de su primera identidad: Andalucía y Canarias.

Los poemas difundidos en la prensa palmera muestran una escritura variada. En ellos aparecen el amor y el desengaño, la maternidad, la religión, el patriotismo, el paisaje, la memoria y las referencias a la cultura canaria. La voz femenina no se limita siempre a esperar o sufrir en silencio: ama, duda, reprocha, perdona y reclama su propia experiencia. La folía, la Virgen de las Nieves, el mar y la montaña incorporan además La Palma a su imaginario literario. Esta producción periodística no fue un conjunto de ejercicios sin continuidad. Algunos poemas pasaron después a su primer libro y otros permanecieron únicamente en las páginas de los periódicos. La prensa constituyó así su primer espacio conocido de experimentación, difusión y reconocimiento público.

En el ambiente cultural palmero tuvo especial importancia Francisco deCosmelli y Sotomayor, poeta, dramaturgo, militar y colaborador de distintas cabeceras. Cosmelli fue el autor del prólogo de Notas perdidas y su firma proporcionó a la escritora un respaldo reconocible. Ambos habían coincidido previamente en veladas y programas culturales, de modo que el poemario surgió dentro de un entorno que ya conocía la actividad pública de Lolita.

Notas perdidas apareció en 1915 y fue impreso en la Librería y Tipografía Católica de Santa Cruz de Tenerife, aunque la autora, como decimos, residía en Santa Cruz de La Palma. El volumen incluye un retrato y una dedicatoria a sus padres, en la que presenta la obra como «este primer grito de mi fantasía, este primer hijo de mi cerebro». El índice reúne treinta y ocho composiciones. El cotejo con la prensa permite comprobar que «Aves nocturnas», «¡Te quiero!» y «El nido roto» pasaron al libro, mientras que «Primavera» podría corresponder a la composición recitada en 1914. El poemario ocupa una posición singular en su trayectoria: fue el primero y el único que publicó en vida. Lota España continuó escribiendo poesía durante décadas, pero gran parte de esa producción quedó dispersa en periódicos, revistas y manuscritos y solo ha sido reunida póstumamente. La etapa palmera adquiere así una relevancia especial: allí no solo alcanzó su primera proyección pública, sino que preparó el único volumen poético que llegó a editar personalmente.

La revisión de Notas perdidas muestra una obra más amplia de lo que podría sugerir la imagen de una autora dedicada exclusivamente al amor o a la religiosidad. En sus páginas aparecen la maternidad, el hogar, la infancia, la emigración, el paisaje, las leyendas, el patriotismo, los conflictos políticos y una experiencia amorosa en la que la mujer puede mostrarse unas veces dependiente y otras capaz de dirigir la relación. Su primera poesía se inscribe en un modernismo tardío de fuerte raíz posromántica. Participa del lenguaje difundido por Rubén Darío: musicalidad, cromatismo, exotismo, jardines, perfumes, piedras preciosas y referencias helénicas u orientales. A esa influencia general se suma una especial proximidad al mundo colorista y popular de Salvador Rueda, poeta malagueño al que admiró y con quien mantuvo relación personal y epistolar. Al mismo tiempo, conserva la melancolía, el misterio, el amor frustrado y el dolor íntimo propios de Gustavo Adolfo Bécquer, a quien dedicó una composición.

Otro de los rasgos principales del libro es la convivencia de Andalucía y Canarias. En «¡Benahoare!» y «Noche canaria», La Palma y el archipiélago aparecen como territorios de belleza, historia y leyenda. En «A Málaga», en cambio, domina la nostalgia de la tierra natal, presentada como madre y refugio. La Palma no sustituyó a Andalucía, pero se convirtió en un segundo territorio de pertenencia: el lugar en el que empezó a ser reconocida públicamente como escritora. El poemario refleja también el ambiente católico y monárquico de su primera etapa. Sin embargo, junto a esa orientación aparece una reflexión muy significativa sobre la condición femenina. En «¡Esclava!...», Lolita afirma que, por ser mujer, le falta libertad incluso para crear. El poema no la convierte automáticamente en una autora feminista en sentido militante, pero muestra su conciencia de las limitaciones que pesaban sobre una mujer con vocación literaria.

La familia abandonó La Palma en diciembre de 1915 y regresó a Málaga, pero la relación con Canarias continuó. Lolita siguió enviando composiciones a los periódicos palmeros y escribió en 1920 el texto del carro alegórico de la Bajada de Nuestra Señora de las Nieves. Después adoptó de manera estable el seudónimo de Lota España y desarrolló una producción mucho más extensa y diversa. No escribió solamente poesía: cultivó también la novela, el cuento, el ensayo, la crítica literaria, la reseña y el artículo periodístico. El corpus recuperado por Dolores Vela García supera los tres mil textos, muchos de ellos inéditos o dispersos.

Sus otras obras publicadas en forma de libro fueron principalmente narrativas. Llanto de plomo (1925) es una novela corta aparecida en Melilla dentro de la colección La Novela Africana. La voz del terruño, publicada hacia 1929, es también una novela corta y pertenece al ámbito de la literatura de quiosco. El hecho de que no editara otro poemario no significa que abandonara la poesía, sino que sus versos posteriores circularon sobre todo en publicaciones periódicas y manuscritos.

Su evolución ideológica fue igualmente compleja. La autora católica y monárquica de algunos textos juveniles dejó más tarde escritos cercanos al republicanismo y publicó en 1936 una elegía dedicada al anarquista Buenaventura Durruti. Después de la Guerra Civil vivió durante años en Benamargosa y más tarde regresó a Málaga, donde falleció en 1973.

Durante décadas, su obra permaneció prácticamente olvidada. María Dolores Gutiérrez Navas dio un primer paso en su recuperación en 2004, pero el rescate decisivo se debe a Dolores Vela García, que localizó y estudió buena parte del legado familiar, publicó dos antologías poéticas y dedicó su tesis doctoral a la autora. Lota España no fue una figura central del canon ni perteneció directamente a la Generación del 27. Fue una escritora de la Edad de Plata que desarrolló una obra extensa fuera de los principales espacios de reconocimiento. Su importancia reside en la continuidad y diversidad de su producción, en su prolongada presencia en la prensa y en la voluntad de mantener una voz femenina propia. La documentación de los años vividos en Santa Cruz de La Palma contribuye a completar su estudio. La isla no fue el origen absoluto de su vocación, pero sí el primer espacio conocido en el que aquella vocación alcanzó continuidad pública, lectores, reconocimiento y forma editorial. La poetisa de las veladas palmeras fue el comienzo visible de una escritora que dedicaría toda su vida a la literatura.