Una puerta al jardín (I)
“¿Por dónde, madre, se entra al jardín?
Niño mío, ya estamos en el jardín“
(Fragmento de un poema inacabado)
La Tierra toda es un jardín en el Universo. Ante la desolación inhóspita de los planetas vecinos, el nuestro es un jardín con sus montañas, sus valles, sus desiertos y sus praderas donde la vida vegetal persiste; incluso, en los océanos, mares, lagos y ríos. Aunque parezca increíble, en las aguas marinas se halla el 85 % de toda la vegetación del planeta. A nivel regional podríamos decir que las islas son un jardín en medio del océano Atlántico. Y por la misma deriva metafórica, el bosque de Los Tilos es un jardín dentro de la isla de La Palma. En nuestro planeta la barrera geográfica de las aguas profundas, la de las cordilleras elevadas y la de los rigores climáticos que imponen el frío o el calor, hacen de límite de un espacio a salvaguarda de otro siempre más confuso o digamos, más inhabitable. Hoy el concepto de jardín ha pasado a ser un lugar abierto donde el límite entre lo natural y lo artificial tiende a desaparecer, pero hasta hace poco era más bien el de un espacio amurallado cuyo interior es frondoso y cuyo exterior es yermo. Como no puede ser de otra forma, también existen jardines míticos como el “Jardín de las Hespérides”. El huerto de la diosa Hera, un maravilloso jardín situado al poniente, cuidado por las ninfas del atardecer y adonde Hércules acudió a robar las manzanas de oro en su undécimo trabajo. Elconcepto hortus conclusus (jardín cerrado) aparece por primera vez en el “Cantar de los Cantares” de la Biblia: “Hortus conclusus soror mea sponsa hortus conclusus fons signatus” / “Huerto cerrado eres, hermana mía, esposa, jardín cerrado, fuente escondida”. Son palabras del amante a la amada, metáforas eróticas que dan en la diana utilizando el jardín como expresión de lo más hermoso. El término fue recogido por los iluminadores en los códices, salterios y manuscritos medievales; este hecho tuvo una gran influencia en la pintura flamenca, en el tránsito del Gótico al Renacimiento. El hortus conclusus pasó de ser un espacio amoroso a ser el lugar donde María sostiene al hijo en su regazo rodeada de un entorno paradisíaco donde abundan las flores.
Pero vayamos yendo al grano con Juan Eduardo Cirlot; en su “Diccionario de símbolos” (Ediciones Siruela, 1997) afirma: “El jardín es el ámbito en que la naturaleza aparece sometida, ordenada, seleccionada, cercada. Por eso constituye un símbolo de la conciencia frente a la selva (inconsciente), como la isla ante el océano.” También apunta Cirlot que lo que contiene un jardín, desde las diversas plantas hasta la valla del cercado, desde el agua y la tierra hasta el jardinero, es de índole simbólica. El jardín representa lo femenino y el hortelano que lo riega y fecunda es lo masculino. La idea del jardín como metáfora y como símbolo, ha sido utilizada a lo largo de la historia por diferentes culturas, tanto en el ámbito público como en el privado. Todos imaginamos un jardín único y particular, aunque sea en sueños, y todos hemos besado a nuestra amada bajo el laurel de un parque público. El jardín siempre es un lugar de encuentro, también de encuentro amoroso, donde la naturaleza y el trabajo esforzado se proyecta hacia un futuro probable; donde lo débil se hace fuerte y fructifica, donde lo pequeño se hace grande y exuberante, donde la belleza del colorido de las plantas y el aroma fragante de las flores, se unen para crear lo que todos nosotros sabemos y todas las culturas entienden como paraíso en La Tierra. Según el Antiguo Testamento, Dios hizo que Adán y Eva se conocieran, precisamente, en el Jardín del Edén; quizá, el jardín más universal e influyente y en el que, por cierto, nunca hemos estado pero que, sin embargo, todos somos capaces de percibir. El espacio idílico creado por Dios. El mismo Dios machista y vengativo que castigó a Eva por la curiosidad científica de querer conocer el fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal. Dios actuó como un niño malo: primero te deja su juguete, y después, celoso y enfadado, te lo quita.
Además de leer unos cuantos libros, de consultar otros, de buscar en Google y ver varias entrevistas sobre este tema, he hablado con algunas personas que me he encontrado. Me he dado cuenta de que hay conceptos que tenemos confundidos. La noción de “paraíso” es una de ellas. La mayor parte de nosotros cree que es un concepto que viene de la Biblia, pero no es así. La escritora y crítica inglesa Olivia Laing en su bello libro “El jardín contra el tiempo” (Capitán Swing, 2024), aclara el asunto:
[En un primer momento pensé que era el propio jardín lo que se comparaba con el paraíso, como en el caso del cielo, pero, para mi sorpresa, el concepto es justo al revés. Nuestra palabra “paraíso”, con todas sus fascinantes asociaciones, tiene sus raíces en la lengua avéstica que se hablaba en Persia en el 2000 a. C. Deriva de la palabra avéstica pairidae-za, que significa “jardín amurallado”, donde pairi es “alrededor” y daiz es “construir”. Como explica Thomas Browne en “El Jardín de Ciro (1658), es a estas personas amantes de la botánica ”a quienes les debemos el nombre de Paraíso; por tanto, no lo encontramos en las Escrituras antes de los tiempos de Salomón, y fue concebido originalmente en persa“.
El historiador y jefe militar Jenofonte de Atenas descubrió la palabra cuando luchaba en Persia con mercenarios griegos en el 401 a. C. Apareció por vez primera en la lengua griega en su descripción de cómo Ciro el Grande plantaba jardines de recreo dondequiera que se desplazase: “paradeisos”. Esta palabra es la que se emplea en el Antiguo Testamento para hacer referencia tanto al Jardín del Edén como al propio Cielo, entrelazando de manera irreparable lo celestial con lo terrestre].
Es de agradecer para nuestro venido a menos amor propio, que aquello que es bueno y agradable para todos no tenga que ser otorgado por alguien de origen divino, y, mucho menos, por aquellos que amparados en el poder se apropian de algo que hemos ido creando para ayudar a la supervivencia como especie desde antes que existieran dioses o diosas y reyes o reinas. Un ideal repetido en la historia de la humanidad ha sido el concepto de jardín como lugar cercado, “un espacio fértil, hermoso, cultivado. Me encantaba que lo material precediera a lo sublime, o, dicho de otra manera, que lo sublime surgiera a partir de lo material. Desbarataba el mito de la creación de un modo que me producía un intenso placer.”, afirma la escritora inglesa. Muñoz Molina en “La huerta del Edén” (Ollero & Ramos, Editores, 1996) lo dice de otra forma, lo hace extendiendo la idea de paraíso del jardín a la huerta:
[En un reciente estudio sobre el Génesis, el teólogo portugués Armindo Dos Santos demuestra con todo lujo de erudiciones y de filología lo que muchos veníamos sospechando: que el Paraíso terrenal es una huerta en medio de una vega, una huerta de tierra fértil y de agua abundante en la que el trabajo humano obtiene siempre una recompensa generosa. (…) Lo que significa la expresión judía gan eden es simplemente “huerta en una llanura irrigada.” Dios hizo a Adán hortelano, de modo que el castigo después de la expulsión no fue el trabajo en sí, al que ya se había acostumbrado en la huerta, sino al esfuerzo agotador y sin recompensa, el trabajo esclavo de quien se deja en él la vida sin obtener más fruto que la supervivencia miserable].
Adán y Eva cavaban, y nosotros cuando nos vemos apurados también. Siempre tengo presente para darme fuerza, una extraordinaria cita del escritor Ray Bradbury que dice: “Un hombre que cruza un jardín con un cesto de estiércol, es un héroe, un Atlas que sostiene el mundo sobre su espalda.” Si tienes jardín o huerta y los cultivas no permitiendo que se los coma la maleza, además, no tendrás que ir ni al psicólogo ni al gimnasio, pues “el trabajo aleja de nosotros tres grandes males: el tedio, el vicio y la necesidad”, como le decía el campesino turco a “Cándido” en la novela del mismo nombre de Voltaire. Y con lo ahorrado en las dos facturas, puedes escanciar vino bajo la parra, como el romano Horacio en las montañas Sabinas o brindar a la luna llena, como el persa Omar Khayyan en un oasis en el desierto. Cuenta Olivia Laing que durante la pandemia de 2020 tres millones de personas en Gran Bretaña se volcaron a la horticultura. El deseo de transformar el espacio de confinamiento hizo que en los centros de jardinería se agotaran las semillas, el abono y las propias plantas. Lo mismo ocurrió en el resto del planeta. En Estados Unidos 18´3 millones de personas, muchas de ellas millennials, se iniciaron en la jardinería. En 144 años de historia las empresas de semillas nunca habían vendido tanto. Pero no solo en el continente americano, la empresa minorista rusa Ozon, aumentó las ventas de semillas un 30%. “Era como si, durante aquella temporada estancada y aterradora, las plantas hubieran emergido a la visibilidad colectiva, convertidas en una fuente de socorro y apoyo”, termina diciendo con mucha razón la escritora inglesa. En España la mayor parte de la población reside en pisos, en Europa predominan las casas. Un 65% vive en pisos y un 35% en casas. Irlanda se halla a la cabeza en cuanto a vivienda unifamiliar, con un 90%. En España el valor que se da a la vida social fuera de casa hace que la gente de más importancia a la terraza de la placita de siempre, con tus amistades, que al patio de tu jardín. Recuerdo cuando la pandemia el dato que apuntaba que el 82% de los pisos no tenían balcón. Con estos números me gustaría saber qué porcentaje del 35% que viven en casas unifamiliares, disponen de jardín. Sé que el 39% de los españoles cuida personalmente su jardín, sobre todo los mayores de 55 años; en Alemania es el 51% y en Inglaterra el 46%. Hay una tendencia creciente a intentar dejar atrás la conejera en que muchos viven y ahora un 51% de ciudadanos busca casa con jardín y un 50% con terraza. Se sabe que un espacio exterior cercano y doméstico es muy recomendable para la salud y el bienestar. Pero no es fácil hoy en día, con los precios de la vivienda desorbitados por influencia del turismo masivo y la especulación inmobiliaria. Si tener una casa es complicado, encontrar una asequible con jardín es más difícil todavía. Esto nos lleva a otra de las ideas generalizadas con respecto al concepto de jardín: el pensar que tener jardín es cosa de ricos.
Muchos de los jardines de las grandes mansiones que hoy se pueden contemplar, sobre todo en Inglaterra y Francia, fueron construidos en el siglo XVIII y XIX con los beneficios que proporcionaba las plantaciones americanas de azúcar, café y tabaco explotadas a través del esclavismo puro y duro. En Inglaterra fue también determinante, entre 1760 y 1845, el “cercamiento parlamentario”, un proceso legal (pero injusto) para que las tierras comunales, los campos abiertos y las tierras baldías que venían de la Edad Media, pasaran a manos privadas, es decir, a la aristocracia. Olivia Laing en su libro cuenta que las personas negras tienen cuatro veces más probabilidades de no tener jardín que la gente blanca. Aquellos que no desempeñan trabajos cualificados, los trabajadores ocasionales y los desempleados tienen tres veces más probabilidades de no disponer jardín que los que ocupan puestos profesionales o directivos. En Estados Unidos las personas blancas tienen casi el doble de probabilidades de tener acceso a un jardín que los ciudadanos afroamericanos o asiáticos. Los jardines no pueden existir fuera de la historia o la política. “Un jardín es una cápsula de tiempo, además de un portal fuera del tiempo.” Sin embargo, a lo largo de mi vida he visto muchos jardines que no eran de gente adinerada. Los jardines de los ricos suelen tener mucho césped bajo grandes palmeras y plantas sin flores como las que se encuentran en las oficinas; entre murallas y altos setos suelen ser demasiado ordenados y disponen de riego automático; les falta una chispa de azar y belleza, es como si no dejaran entrar a la naturaleza, sólo a una parte muy seleccionada de ella. Clasismo vegetal para estar a tono, podríamos decir. Pero hay otros jardines sin césped, jardines que, en lugar de una fuente de terracota seriada, tienen una pileta de lavar única, hecha a mano por un maestro albañil. Entre las plantas destacaban la galaxia temblorosa de una begonia blanca, un heliotropo salvando la sombra de una parra y una costillera encaramada en la frescura del fondo. Me refiero a los jardines que rodean las casas de los agricultores en las medianías y costas de las islas; aunque sería mejor decir, las casas habitadas o deshabitadas hoy por los hijos e hijas de aquellos agricultores que fueron, primero, sus abuelos y abuelas, y después, sus padres y madres. Todas las casas que recuerdo de la infancia tenían jardín; ya sea en maceteros, en parterres o en pequeños huertos hechos de piedra o de arena y cemento. Los jardines que he conocido desde siempre y que siguen refrescando los recuerdos: jardines donde el límite entre lo silvestre y lo cultivado no estaba tan claro; jardines que si los dejabas avanzaban hasta la huerta, estrechaban el camino, ocupaban las regueras o se arremolinaban hacia la carretera. Cuidados con mucho mimo por las mujeres, solían ser jardines un tanto anárquicos, mezclados, donde confluían una cierta variedad de plantas, pero que encontraban un justo equilibrio en el que ellas mismas se iban acomodando. Cada jardín que vi en aquellos tiempos era una comunidad vegetal, tenían en el fondo un secreto orden, también un sello particular. Y eso era la mano que lo cuidaba. Con ciertos límites para las especies demasiado acaparadoras como las helechas o los geranios, se dejaba que cada jardín fuera haciéndose un poco a sí mismo, pues las plantas iban diciendo dónde mejor querían florecer. Los rosales al sol, los anturios más a la sombra y las begonias y los mimos, a media luz. Un mundo de mujeres y hombres que se movían entre las flores; las mujeres eran diosas que conocían los secretos de la jardinería y los hombres eran los héroes a los que se refería Ray Bradbury; por eso la cita del escritor inglés me llega al alma. Mañanas y tardes en el jardín, los juegos de la luz y de la sombra; y las estrellas diurnas que los niños y las niñas disolvíamos, una y otra vez, en los charcos de los patios. Cada patio de aquellos a los que acudía con mi madre, con mi padre o solo con mi perro, en mi memoria de sesenta y cuatro años, sigue siendo una imagen del paraíso terrenal.
Todos los jardines públicos o privados, urbanos o rurales, de Oriente o de Occidente, del Norte más lluvioso o del Sur más árido, todos cuentan la historia de qué cultura los ha cultivado. Los jardines acaban reflejando la mentalidad de cada época. Pero para comenzar la historia de los jardines, vamos a irnos hasta el Neolítico: en el ensayo “El amanecer de todo” (Ariel, 2022), del antropólogo David Graever y del arqueólogo David Wengrow, en el capítulo donde hablan de por qué la agricultura del Neolítico tardó tanto en evolucionar y no incluyó (como suponía Rousseau) el vallado de campos fijos, se dice que los tres milenios entre el 10000 a. C. al 7000 a. C., es un tiempo demasiado largo para considerarlo un periodo de transición en la ruta hacia la agricultura, mucho menos para una Revolución Agrícola. Continúan hablando del papel relevante de la mujer como científica en esos tiempos remotos, a raíz de las recientes pruebas arqueológicas que sugieren una fuerte asociación entre la mujer y el conocimiento vegetal. En este pasaje se cuenta sin querer lo que parecen ser los inicios de la botánica y la horticultura, es decir, las primeras pequeñas huertas o jardines provisionales que fueron, en realidad, creados por las mujeres:
“¿Y si desplazáramos el énfasis de la agricultura y la domesticación a, digamos, la botánica o, incluso, la horticultura? De inmediato nos encontraríamos más cerca de las realidades de la ecología del Neolítico, a las que parece preocuparles poco domar la naturaleza salvaje o arrancar la máxima cantidad posible de calorías de un puñado de gramíneas. De lo que sí parece tratar es de crear parcelas de huerto - hábitats artificiales, a menudo temporales – en los que la balanza ecológica se inclinaba a favor de las especies preferidas. Esas especies incluían plantas que los modernos separan en clases (en competencia) de malas hierbas, drogas, hierbas y cultivos alimentarios, pero que los botánicos del Neolítico (formados mediante años de experiencia, no con libros de texto) preferían cultivar junto a las otras”.
En estas “parcelas de huerto”, entornos creados y provisionales en la planicie de Konya en Turquía central, en Catalhöyük, la ciudad más antigua del mundo que albergó hasta 10.000 habitantes, desde el 7400 a. C. y durante 1500 años más, en una sociedad sin jerarquías ni templos según demuestran las excavaciones, en transitorios terrenos fluviales de aluvión y en las azoteas que servían de puerta de entrada a las casas de adobe y madera que eran todas iguales, se dieron los primeros pasos en la historia de la horticultura y de la jardinería; esto también sucedió en otros lugares del Bajo y Alto Creciente Fértil en Oriente Medio. Milenios después el jardín se iba a desarrollar por el pueblo que más amaba las flores: el Egipto de los faraones, donde los jardineros adquirían rango de nobleza y se erigían tumbas en su honor. Es a partir de 2800 a. C. cuando podemos hablar formalmente de la existencia de jardines. Se extendieron más allá de los palacios; las clases más pudientes construían sus mansiones cerca de la orilla del Nilo. El curso de las aguas se repetía en los estanques coronados de lotos y nenúfares; tamarindos, viñas, sicomoros, palmeras datileras y granados se combinaban con cipreses que señalaban las avenidas. Se inspiraban en los oasis de los desiertos que rodean Egipto. Jardines con la idea de vida, elevación y renovación. En “Historia y mística del jardín” (MRA, 1995), J. García Font nos ofrece el dato de cuántos jardines disponía un faraón: “Un papiro de la época de Ramsés III nos indica que Amón tenía a su servicio 81.322 personas, que poseía 65 ciudades, fincas que se extendían sobre 2.393 kilómetros cuadrados de superficie, 83 embarcaciones, 46 talleres de construcción y 433 jardines”. En Mesopotamia, una tierra entre ríos, la ingeniería hidráulica de los hortelanos logró crear canales de riego a base de lecho de arcilla cocida, siempre sujetos, claro está, a las imprevisibles inundaciones y sequías de aquellos tiempos. Las casas de los mercaderes de Ur tenían pequeños jardines. Assurnipal, rey de Asiria (884-859 a. C.), que extendió su imperio desde el río Tigris al mar Mediterráneo, refieren las crónicas que “lavó finalmente las armas” para poder asegurar el agua para sus jardines y así, en lugar de gastar el presupuesto en la guerra, lo destinó a la construcción de un gran canal de regadío. El antiguo culto a Adonis (Osiris, Tammuz, Attis...), el dios que muere y renace generando el mundo vegetal, se había extendido más allá de Mesopotamia por todas las riberas del Mediterráneo oriental. Se conoce como “jardines de Adonis” a unos recipientes de paja o de arcilla llenos de tierra en los que se sembraba cebada, hinojo, lechuga y diferentes flores y que al cuidado siempre de las mujeres, germinaban pronto; cuando marchitaban se depositaban en el mar o se hundían en un manantial junto con una estatua de la divinidad.
Los arqueólogos aún no se han puesto de acuerdo si los jardines colgantes de Babilonia descritos por Estrabón o Diodoro Sículo, existieron o fueron producto de un sueño; Herodoto no habla de ellos; sí se sabe que los jardines dispuestos en terrazas eran muy habituales en las ciudades. Entre los árboles que poblaban los jardines de esa época, 600 años a. C, se encontraban: olivos, membrillos, perales, higueras, viñas, palmeras datileras y otros importados como cedro, ciprés, ébano, granado, ciruelo, palisandro, roble, fresno, abeto, mirra, nogal y sauce. En Persia los jardines eran grandes espacios amurallados donde los soberanos podían cazar, por eso disponían de torres o atalayas para ver las piezas. Los jardines persas seguían un patrón geométrico, eran simétricos con un estanque central y una fuente. La regularidad en la estructura ejerció influencia en Egipto y todo el Mediterráneo. Ciro el grande diseñaba los jardines, los distribuía y el mismo plantaba los árboles. Jenofonte en “Económico” (IV, 20-25) describe los jardines de Ciro como “lugares llenos de todas las cosas bellas y buenas que puede ofrecer la tierra”. En Grecia los gimnasios eran muy importantes y estos siempre estaban rodeados de jardines donde acudían los sofistas a practicar el arte de la conversación. Homero nombra en “La Odisea” la frondosidad del jardín de Alcinoo, rey de los feacios, que acoge a Ulises en la isla de Esqueria. Un jardín que nadaba en abundantes frutos: peras, manzanas, aceitunas, higos y racimos de viña. Platón se refería a los jardines como espacios sagrados y con carácter claramente mítico. Lúculo llevó a Roma la afición por los jardines de Ptolomeo, que en Alejandría habían adquirido un gran esplendor. El pueblo de agricultores, por sus orígenes, que fue el romano, tenía por ideal el huerto-jardín; el primero por la abundancia y el segundo por el carácter sagrado de los signos que contiene. En Grecia los jardines siempre se encontraban cerca de edificios públicos; en Roma se tendía más a la sensación de bosque, a vislumbrar algo de desorden, a dar un margen a la naturaleza. Los romanos más acaudalados construyeron en sus villas inmensos jardines con fuentes, setos y rocallas como se puede comprobar en los maravillosos frescos de Pompeya y Herculano. Placer y estatus ofrecían los jardines romanos. Aunque dispusieran de casa en la ciudad, se puso de moda tener villas con jardín y alejadas de los centros urbanos, para ofrecer a los amigos o para disponer de ellas en alguna ocasión. Horacio decía que cualquier patricio con alguna ambición y que se aprecie algo a sí mismo, deberá contar con una de esas villas adornadas con jardines. Para Cicerón el jardín es el ambiente ideal del otium creador; un lugar para el ocio, el retiro o el descanso; decía que es el lugar propicio para el pensamiento. Cicerón aconsejaba en su tercer libro “Sobre los deberes”, que cuando la vida en la ciudad se hiciera frustrante, lo mejor era irse al campo, por placer. Conocida por todos es la cita clásica del romano:
“Si dispones de jardín y biblioteca, tienes de todo”.
Tengo la suerte de poder llevar a la práctica el camino que propone la cita: de la biblioteca al jardín y del jardín a la biblioteca; y lo recorro todos los días. Se puede afirmar que en la actualidad hay un número creciente de habitantes urbanos que se están pensando seriamente la recomendación de Cicerón de abandonar el estrés ciudadano y regresar al jardín del campo.
Aquí concluyo la primera entrega de dos artículos sobre el concepto de jardín. Quedaría escribir de Bizancio, los árabes en España, los jardines flotantes de los aztecas, el Renacimiento, India, China y Japón, Versalles y los jardines del siglo XIX en Inglaterra. También de los jardines en Canarias con la importancia de La Orotava como centro de aclimatación de especies de ultramar. Queda mucho que decir sobre mi experiencia personal y otros asuntos relativos a la literatura, el arte, la ecología y la alarma climática y otros aspectos sobre la influencia de los jardines en el mundo actual. Y hay algunas preguntas que responder, por ejemplo: ¿Qué entiende por jardín un habitante de la Amazonia? ¿Y qué significa el concepto de jardín para un inuit o esquimal que viva en Groenlandia?
ÓSCAR LORENZO
San Andrés y Sauces
28-08-2026