Santa Cruz de La Palma: ciudad marítima

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Hablar de Santa Cruz de La Palma como ciudad marítima puede parecer una obviedad. La ciudad está junto al mar, su puerto forma parte de su imagen y su historia está llena de navegantes, comerciantes, embarcaciones y relaciones con otros territorios.

Pero precisamente por eso conviene preguntarse qué significa ser una ciudad marítima y si Santa Cruz de La Palma lo es hoy en toda la extensión del término.

No basta con disponer de un puerto ni con mirar hacia el océano. Una ciudad marítima es aquella cuya estructura urbana, economía, paisaje, cultura y vida cotidiana mantienen una relación activa y positiva con el mar. Históricamente, esas condiciones explican buena parte de la razón de ser de Santa Cruz de La Palma.

Parto, por tanto, de una convicción: el futuro de la ciudad no puede plantearse de espaldas a su litoral, sino a partir de él. Para examinar esa relación propongo recorrer tres ámbitos que se complementan: el litoral portuario, el litoral urbano y el litoral norte. Antes de abordar sus posibilidades de futuro, recordaremos brevemente cómo se formó esa relación y cómo ha ido cambiando.

Una ciudad nacida por y para el mar

Santa Cruz de La Palma no nació simplemente al lado del mar: nació por el mar y para el mar. Su emplazamiento respondió a la necesidad de contar con un punto de comunicación de la isla con el exterior. La bahía ofrecía condiciones de abrigo y fondeo, y la posición de La Palma en las rutas atlánticas favoreció su conexión con los circuitos marítimos.

La fundación de la ciudad, el 3 de mayo de 1493, se sitúa en un momento decisivo. En 1492 había concluido la conquista de Granada y Cristóbal Colón había llegado a América. Al final del siglo XV, las transformaciones políticas, económicas y culturales que anunciaban la Edad Moderna abrían también nuevas rutas y horizontes.

Durante siglos, el mar fue la principal vía de comunicación de La Palma. No constituía una frontera, sino un camino. Por él llegaron personas, mercancías, ideas, instituciones y culturas; por él salieron también los productos de la isla. La historia de Santa Cruz de La Palma es, en buena medida, la historia de su relación con el océano.

La ciudad se incorporó así a una red mucho mayor que su territorio insular. De ahí que su dimensión histórica y cultural haya superado con frecuencia lo que cabría esperar de su tamaño. No podemos entenderla exclusivamente desde La Palma: debemos considerar sus conexiones con Canarias, Europa y, de manera muy especial, América. La creación en la ciudad del primer Juzgado de Indias de Canarias constituye una expresión significativa de esa vocación atlántica.

Esta actividad dejó una huella profunda en la ciudad histórica. Muchos de sus edificios y espacios más relevantes están vinculados, directa o indirectamente, al comercio y a las relaciones marítimas. Por eso, el patrimonio de Santa Cruz de La Palma no debe contemplarse solo como un conjunto de monumentos: es también patrimonio marítimo, testimonio material de una ciudad construida gracias a sus conexiones.

La ciudad se desarrolló en la estrecha franja litoral de mejor topografía, formada en parte por los aportes de los barrancos que la atraviesan. Esa configuración condicionó su crecimiento longitudinal y sigue siendo determinante para comprender sus posibilidades urbanas.

El litoral portuario: compatibilizar puerto y ciudad

Llamaré litoral portuario al tramo sur comprendido entre los riscos de La Concepción y de La Luz, una costa de morfología abrupta donde el mar bate al pie de los acantilados. En el extremo sur de la ciudad, junto al risco de La Luz, se situó el puerto, en la zona más abrigada de la bahía.

La primera instalación debió de ser modesta: un espigón de piedras y troncos que facilitaba el embarque y desembarque desde las barcas que comunicaban la costa con los navíos fondeados. A finales del siglo XVI, el ingeniero Leonardo Torriani, enviado por Felipe II a petición del Concejo, proyectó mejoras para aquella infraestructura.

Junto al puerto creció la ciudad hacia el norte, con calles paralelas al litoral. La actividad mercantil dio forma a la plazuela del muelle, mientras que la torre del puerto o de San Miguel atendía funciones de control y vigilancia. En el siglo XVI, Santa Cruz de La Palma era una ciudad próspera, con comerciantes y factores europeos, y su puerto participaba de los intercambios con América. Ciudad y puerto mantenían entonces una relación económica, urbana y paisajística directa: el puerto era parte de la ciudad.

A partir del siglo XVII comenzó un declive de aquella prosperidad y el espigón sufrió el desgaste del oleaje y los temporales. A mediados del siglo XVIII, el ingeniero Antonio Riviere planteó un nuevo muelle para las lanchas, aunque el proyecto no llegó a ejecutarse. Hubo que esperar hasta mediados del siglo XIX para que se iniciaran los estudios de ampliación y, posteriormente, las obras que permitieron disponer, a comienzos del XX, de un dique al que podían atracar embarcaciones menores. Desde entonces, con interrupciones y sucesivas ampliaciones, el puerto ha continuado transformándose.

Durante buena parte de su historia, la ciudad mantuvo un contacto directo con el puerto. Sin embargo, el crecimiento de las infraestructuras, las exigencias del tráfico moderno, las nuevas vías y la separación progresiva de funciones modificaron esa relación. El puerto siguió activo, pero el litoral dejó de ser, en parte, un espacio cotidiano de contacto entre la población y el mar. Es un proceso que han vivido muchas ciudades portuarias.

La expansión portuaria ocupó áreas del litoral que antes servían a la ciudad, y se fueron perdiendo playas, miradores, lugares de pesca y espacios para actividades náuticas y recreativas. Pero sería injusto presentar esta transformación únicamente como una pérdida. Las obras portuarias también hicieron posibles nuevas conexiones y accesos. En Santa Cruz de La Palma, la extracción de la masa rocosa del risco del Calafate para obtener escollera permitió abrir el acceso sur por el litoral, allí donde antes la comunicación hacia la playa de las Norias de Bajamar o playa del túnel exigía rodeos por San Telmo y la Caldereta. Del mismo modo, las obras del muelle de ribera y de la dársena pesquera hicieron posible la vía exterior frente al risco de La Concepción.

El reto actual no consiste en recuperar literalmente el puerto histórico. El puerto del siglo XXI no puede funcionar como el de los siglos XVI, XVII o XVIII. La cuestión es cómo recuperar una relación urbana, paisajística, cultural y económica entre la ciudad y el litoral sin impedir el funcionamiento eficaz de las instalaciones portuarias.

El puerto debe seguir siendo una infraestructura económica fundamental. No se trata de sustituirlo por un espacio exclusivamente recreativo o turístico. Necesitamos actividad comercial, pesquera, náutica y de servicios, así como superficies, accesos, seguridad y capacidad para responder a las necesidades futuras. Pero la funcionalidad portuaria y la relación urbana con el puerto no son incompatibles. No todo el espacio portuario tiene que convertirse en ciudad, pero tampoco toda la fachada marítima debe actuar como una barrera frente a ella.

Por eso, las futuras actuaciones de ordenación y ampliación no deberían valorarse únicamente desde la ingeniería. Cada explanación, cada nuevo muelle, cada modificación de accesos y cada intervención sobre la lámina de agua tienen consecuencias para la ciudad. Las decisiones portuarias deben preguntarse qué significan para Santa Cruz de La Palma; y las decisiones urbanísticas, qué implican para el funcionamiento futuro del puerto. La planificación de ambos ámbitos debe avanzar de forma coordinada: el puerto necesita a la ciudad tanto como la ciudad necesita al puerto.

El plan de infraestructuras portuarias contempla, con horizonte en 2037, la explanación este; la ampliación de la superficie terrestre destinada a las operaciones de embarque y desembarque de los ferris; la prolongación del dique este en 125 metros para permitir el atraque de cruceros de mayor envergadura; y la ampliación del muelle de ribera sobre la dársena pesquera, con el traslado de esta hacia el sur de la playa.

Conviene mirar también más allá de ese horizonte. Si las instalaciones continúan creciendo hacia la punta de los Guinchos, debemos preguntarnos qué alternativas existirán cuando el espacio disponible se agote. No se trata de anticipar una decisión, sino de preservar, mediante el planeamiento terrestre, los suelos que pudieran resultar adecuados para futuras necesidades portuarias. En ese análisis merece considerarse el litoral situado al norte del barranco de Las Nieves, si los estudios concluyeran que reúne las condiciones necesarias, pues las posibilidades territoriales de la ciudad son limitadas.

En el litoral sur se encuentra asimismo la urbanización Balcón de La Palma, junto a la rotonda y la vía exterior, donde se ha previsto el intercambiador de transportes o estación de guaguas. Han transcurrido más de veinticinco años y la actuación continúa sin materializarse. La situación invita a reflexionar sobre la capacidad de gestión y ejecución del planeamiento. También se ha anunciado la cesión de un solar al Gobierno de Canarias para construir los nuevos juzgados; sería conveniente conocer qué consecuencias tendrá esa decisión para la ordenación del sector.

A mi juicio, el ámbito de Balcón de La Palma, junto con Las Norias y La Caldereta, constituye un suelo estratégico para la ciudad. El tiempo transcurrido y los cambios previstos aconsejan revisar algunos aspectos de su ordenación. La posible extensión a la avenida de los Indianos de criterios aplicados en la Avenida Marítima y la prolongación de la vía exterior mediante un túnel bajo el risco de La Concepción son factores nuevos que deben ponderarse conjuntamente.

El litoral urbano: recuperar el contacto cotidiano con el mar

El litoral urbano comprende el frente marítimo de la ciudad, que desde el siglo XVI se extendía desde el muelle hasta el barranco de Las Nieves, antiguamente llamado barranco de Santa Catalina.

El crecimiento de Santa Cruz de La Palma fue rápido y, a mediados del siglo XVI, la ciudad disfrutaba de una notable prosperidad gracias a sus actividades marítimas. Esa riqueza también la convirtió en objetivo de sus enemigos. En 1553, el corsario hugonote François Le Clerc desembarcó y ocupó la ciudad durante nueve días. Las crónicas relatan saqueos, incendios y la pérdida de ornamentos religiosos, viviendas, edificios públicos, escribanías y documentos.

El episodio mostró que el mar no solo era una fuente de oportunidades: también podía facilitar la llegada de quienes pretendían destruir la ciudad. Tras el ataque, la población solicitó ayuda a la Corona y emprendió la reconstrucción y la defensa del litoral. Se levantaron fortificaciones y murallas, y un viajero dejó constancia de la rapidez con que la ciudad se había recuperado: en una década, según su testimonio, había sido reedificada con edificios y templos más ricos y hermosos.

La ciudad se formó en contacto con la ribera. La calle de La Marina discurría junto al mar, mientras las fachadas principales de las casas se orientaban hacia la calle Trasera en el primer tramo y hacia la calle Real en el segundo. Así se produjo una paradoja frecuente en las ciudades marítimas insulares: la calle principal seguía el litoral, pero la vida doméstica y comercial parecía dar la espalda al mar, que quedaba al otro lado de las casas.

Con el tiempo, La Marina acogió tareas artesanales, el lavado de ropa del hospital y vertidos de basuras e inmundicias. En la segunda mitad del siglo XIX, la prensa denunció reiteradamente sus deficientes condiciones higiénicas, llegando a describirla como basurero y letrina de la ciudad.

A mediados del siglo XX, la Avenida Marítima sustituyó a La Marina y asumió parte del tráfico que ya congestionaba la calle Real. La nueva plataforma ofreció a la población un espacio peatonal amplio y una visión directa del mar. Sin embargo, esa oportunidad se deterioró en las décadas siguientes, cuando el vertido de escombros, iniciado junto al espaldón del dique portuario, se extendió hacia el barranco de Dolores. El espacio terminó utilizándose como aparcamiento masivo de vehículos, con una transformación del litoral que considero especialmente lamentable.

Ya en el siglo XXI se corrigió aquella situación mediante la rehabilitación del frente marítimo y la construcción de la playa de arena, de unos 1.200 metros de longitud y 50 de anchura, inaugurada en 2017. Santa Cruz de La Palma recuperó así un espacio de ocio y recreo marítimo que pocas décadas antes parecía difícil de imaginar. La construcción de la vía exterior abrió, además, la posibilidad de remodelar la Avenida Marítima como vía urbana, al asumir aquella parte del tráfico interurbano.

Esta nueva situación representa, a mi entender, una de las grandes oportunidades urbanas de Santa Cruz de La Palma. Podemos concebir como un sistema continuo el casco histórico, la Avenida Marítima y la playa, reforzando la dimensión atlántica de la ciudad y recuperando su condición de lugar abierto al océano.

No se trata únicamente de acercar físicamente la ciudad al agua. Se trata de que el mar vuelva a formar parte de la vida urbana: mediante recorridos peatonales accesibles, espacios públicos de calidad, actividades culturales, deporte y ocio, restauración, actividades náuticas, lugares de contemplación y acontecimientos ciudadanos. También se trata de vincular mejor el patrimonio histórico con el litoral, para que la visita a la ciudad no termine en sus calles tradicionales, sino que encuentre continuidad hasta el mar.

Ese litoral debe ser bueno para quienes viven aquí y atractivo para quienes nos visitan. Para conseguirlo hace falta un proyecto ciudadano, no partidista; coordinación entre las distintas administraciones; y continuidad en el tiempo. Los espacios públicos y las relaciones urbanas no se construyen con actuaciones aisladas, sino con una visión compartida que sobreviva a los cambios políticos.

La meta debería ser superar la idea de la costa como una línea que separa sistemas independientes. La Avenida Marítima, la playa y el casco histórico deben funcionar como partes de una misma ciudad: un espacio de encuentro entre residentes y visitantes, entre actividad económica y ocio, entre patrimonio y creación contemporánea, entre memoria y futuro.

El litoral norte: crecer sin borrar la memoria

En el siglo XVI, el núcleo urbano terminaba por el norte en el barranco de Las Nieves, aunque el litoral de Santa Cruz de La Palma se prolongaba más allá, hasta el barranco Seco. Entre los barrancos de Las Nieves y del Carmen se encontraba la playa de Maldonado o del Cabo. Fue por ese sector por donde desembarcó el corsario francés en 1553, sorprendiendo a los defensores que aguardaban el ataque en el puerto.

Tras aquella experiencia se construyeron la torre del Cabo y una muralla destinada a cerrar el paso hacia el sur y proteger la ciudad. La fortificación constituye hoy una parte viva de la memoria histórica y urbana de Santa Cruz de La Palma, y está sujeta a protección patrimonial.

En la actualidad, la ciudad aspira a crecer hacia el barranco del Carmen, en una franja litoral de topografía relativamente favorable. Entre las necesidades planteadas se encuentra la de disponer de un recinto multiuso que pueda acoger actividades propias de las fiestas lustrales. Sin embargo, la fortificación y la muralla, precisamente por su valor histórico y por la función defensiva para la que fueron construidas, condicionan esa expansión.

Ante las dificultades que presenta la orografía hacia el interior, se ha considerado la posibilidad de trazar un canal de acceso por la ribera del mar, como prolongación de la Avenida Marítima. Pero esa solución tropieza con la línea de deslinde del dominio público marítimo-terrestre, con una franja que en este tramo se sitúa, según la referencia manejada, en torno a los veinte metros. Además, el planeamiento insular destina este sector a puerto deportivo o marina y a otras actividades náuticas.

Aquí aparece un problema de fondo: una intervención que requiere tratar de forma conjunta el litoral y la avenida, para alcanzar una finalidad de utilidad pública, se encuentra con competencias y categorías de planeamiento que tienden a considerar ambos espacios como sistemas separados. La coordinación entre ordenación urbanística, protección del litoral, patrimonio y planificación insular resulta imprescindible. La suspensión de la aprobación del Plan General en esta zona evidencia la necesidad de encontrar una solución compatible con todos esos intereses.

No se trata de ignorar las limitaciones legales ni de restar valor a la fortificación. Se trata de estudiar alternativas que permitan atender necesidades colectivas sin sacrificar el patrimonio ni desaprovechar las posibilidades del frente marítimo. El litoral norte exige, por tanto, una mirada de conjunto y un diálogo efectivo entre las administraciones competentes.

Una ciudad que vuelva a reconocerse en el mar

El recorrido por los tres litorales confirma que la relación entre Santa Cruz de La Palma y el mar nunca ha sido estática. El océano hizo posible la fundación y el desarrollo de la ciudad; el puerto fue durante siglos una pieza inseparable de su vida económica y urbana; las transformaciones técnicas y las nuevas infraestructuras modificaron después esa relación; y la recuperación del frente marítimo abre hoy nuevas posibilidades.

El litoral portuario plantea el reto de coordinar la actividad económica y las necesidades futuras del puerto con la calidad urbana y paisajística. El litoral urbano ofrece la oportunidad de unir el casco histórico, la Avenida Marítima y la playa en un espacio público continuo, vivo y accesible. El litoral norte exige compatibilizar las necesidades de crecimiento con la protección patrimonial, el dominio público marítimo-terrestre y la planificación insular.

Son cuestiones distintas, pero comparten una misma exigencia: pensar el litoral como un sistema y no como una suma de parcelas, infraestructuras y competencias administrativas. La ciudad, el puerto, la costa y el patrimonio están relacionados. Las decisiones sobre cualquiera de ellos repercuten en los demás.

Por eso, propongo tres criterios generales. Primero, planificación a largo plazo, capaz de anticipar las necesidades de la ciudad y del puerto más allá de los proyectos actualmente previstos. Segundo, coordinación institucional real, para que las administraciones no actúen de forma aislada ni trasladen al futuro problemas que ya conocemos. Y tercera, prioridad a la calidad de vida ciudadana: el litoral debe ser funcional y económicamente viable, pero también accesible, habitable y compartido.

Santa Cruz de La Palma no necesita renunciar a su puerto para recuperar su condición marítima, ni convertir toda su costa en un espacio turístico. Necesita reconciliar funciones, reconocer el valor de su patrimonio y aprovechar las oportunidades que ofrecen la playa, la Avenida Marítima y los espacios portuarios y norteños. La meta no es volver al pasado, sino proyectar hacia el futuro aquello que ha definido históricamente a la ciudad.

Ser una ciudad marítima no consiste solamente en tener el mar delante. Consiste en integrarlo en la forma urbana, en la actividad económica, en el paisaje y en la vida cotidiana. En definitiva, consiste en que el mar deje de ser un límite y vuelva a ser una parte esencial de la ciudad. Ese es, a mi juicio, el desafío y la oportunidad de Santa Cruz de La Palma en el siglo XXI.