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“Ninguna mujer que tenga voz propia, que sea beligerante, es aceptada por la mayoría de las sociedades patriarcales”

La investigadora, escritora y editora Elsa López ha pronunciado este viernes, en el Teatro Chico de Santa Cruz de La Palma, la lección inaugural de la apertura del curso académico 2014-2015 de la Universidad Nacional de Educción a Distancia, en la que ha hecho una defensa combativa de las féminas escritoras, discriminadas a lo largo de la historia.

Elsal López hizo una defensa de la mujer escritora en su intervención. Foto: LUZ RODRÍGUEZ

Elsal López hizo una defensa de la mujer escritora en su intervención. Foto: LUZ RODRÍGUEZ

La investigadora, escritora y editora palmera Elsa López ha pronunciado este viernes, en el Teatro Chico de Santa Cruz de La Palma, la lección inaugural del curso académico 2014-2015 de la Universidad Nacional de Educación a Distancia. En su intervención, la poetisa ha hecho una defensa combativa de las mujeres escritoras, discriminadas a lo largo de la historia. “Ninguna mujer que tenga voz propia, que sea beligerante, es aceptada por la mayoría de las sociedades patriarcales”, ha asegurado. La visibilidad de una mujer, sostuvo, está permitida siempre y cuando responda a los cánones que la sociedad dominante haya creado”. Elsa López se refirió también a las escritoras del Archipiélago, las cuales, en su opinión, “viven una situación de delirio: son canarias, son mujeres y, además, son islas”. Se reafirmó en que “el hogar es trabajado, limpiado, abrillantado y decorado tradicionalmente por las mujeres, lo que no quiere decir que les pertenezca; al contrario: el hogar, en la mayoría de los casos de nuestra sociedad, sigue siendo propiedad de los hombres y ellos, patriarcalmente entendido el hogar como un lugar de reposo del guerrero, se acomodan en él eligiendo los lugares no comunes de ese territorio para continuar ejerciendo, desde allí, el poder”.

En el acto inaugural del curso académico de la Uned estuvieron presentes Juan González Arnáez, secretario del centro; el titular del Cabildo y presidente del Patronato de la Uned, Anselmo Pestana; el teniente de alcalde del Ayuntamiento de Santa Cruz de La Palma, Sergio Matos; el director insular de Educación, Néstor Paz; el director del Centro, Javier Neris, y el vicerrector de Centros Asociados, Tomás Fernández García. En el transcurso del acto se entregaron diplomas a los titulados en el curso 2013-2014.

Javier Neris agradeció a los patronos “la renovación del compromiso con el Centro Asociado de la Uned y con nuestros estudiantes”. Recordó asimismo a estos patronos que “estamos dispuestos a firmar convenios y a recibir las propuestas que quieren que le traslademos a la ciudadanía de La Palma”. “Pretendemos renovar el objetivo de esta misión que tenemos que es el desarrollo de la educación universitaria en la Isla”, afirmó.

En la imagen, acto inaugural del curso académico 2014-2015 de la Uned. Foto: LUZ RODRÍGUEZ

En la imagen, acto inaugural del curso académico 2014-2015 de la Uned. Foto: LUZ RODRÍGUEZ

 

LECCIÓN INAUGURAL DE ELSA LÓPEZ

‘Una habitación sin vistas: escritoras sin territorio propio’

Cuando se plantea cualquier referencia literaria a mujeres o a prototipos de mujeres relacionadas con el mundo de la literatura hay una tendencia generalizada a repetir los arquetipos que durante siglos han proliferado en ese campo. Si citamos al sujeto literario veremos cómo esos arquetipos son universales y se repiten en muchas culturas de una manera casi constante. A lo largo de la historia los ejemplos son cuantiosos. De una manera estructural podemos crear unos determinados cuadros de inserción donde tendrán cabida todas ellas. Desde mi punto de vista ese es un buen trabajo de investigación para especialistas en cualquiera de esos campos. Estoy segura de que van a ofrecerme largas listas donde de la A a la Z van a aparecer mujeres que han representado el honor, la venganza, la justicia y un largo etcétera de principios morales o inmorales que han ido formando parte de nuestra iconografía: la madre, la amante, la heroína, la desvergonzada, la aventurera, la infiel… Desde los libros sagrados más antiguos hasta los comics más actuales, podemos clasificarlas con absoluto rigor. Ahora bien, si de lo que hablamos es de la mujer como agente directo de la literatura, los arquetipos se instauran de forma muy parecida aunque con nombres distintos: desde la escritora mediática hasta la escritora marginal pasando por la escritora objeto y terminando por la escritora que participa por entero en la vida social y literaria del tiempo que le ha tocado vivir, los modelos se construyen y se utilizan según la conveniencia social y cultural del momento. Editores, críticos, libros de texto, antologías y demás soportes que tan bien saben manejar los administradores oficiales de la cultura, están llenos de ejemplos con nombres y apellidos de unas y de otras. Creo que el cuadro de responsabilidad estadística nunca llegará a ser tan grande que no podamos hacerlo viable. Hacer uso de ello en los distintos esquemas culturales que queremos representar dentro de nuestra sociedad es, cuanto menos, una frivolidad si dejamos de hacer un repaso por otros campos de la vida activa literaria compuesta por mujeres.

Creo que no es tarde para denunciar las carencias que en el campo de la literatura activa vienen apareciendo desde tiempo inmemorial y cómo esa denuncia se hace necesaria cada vez más debido a cómo se representa a las mujeres en el campo de la actividad literaria y no sólo de lo que ellas representan dentro de ese campo. Por otra parte, cuando se plantea este tema no puedo dejar de pensar en esas otras que fueron silenciadas por la historia o por los prejuicios de quienes la escribieron. Pienso en las que vieron cómo se borraban sus nombres de la lista o cómo padecieron sobre su propia carne el destino de ser invisibles para una sociedad que las enaltecía como heroínas de sus narraciones y poemas épicos, pero las rechazaba como seres vivos capaces de vivir esas mismas historias e incluso de escribirlas ellas mismas. Porque los problemas de esas mujeres fueron siempre parecidos: desde la invisibilidad hasta la imposibilidad de ejercer un oficio para el que estaban perfectamente dotadas: el de escribir. Y esa posibilidad les fue negada por no tener, entre otras cosas, la libertad de hacerlo o un tiempo y un territorio propios donde hacerlo.

Por una parte son invisibles, transparentes. Están en escena y no se las ve. Presiden instituciones, congresos, departamentos sociales, y no se las ve. Pintan, escriben, componen, dirigen orquestas, crean arte, y no se las ve. Se silencian sus nombres o se las aparta del canon que es lo mismo que no ser. Porque si no se las nombra, no son nada. Nadie duda de que hubo escritoras espléndidas en todas las épocas dignas de ocupar un lugar destacado en las mejores enciclopedias o artistas dignas de tener colgadas sus obras en los mejores museos. Y si nadie lo duda, ¿por qué no están? ¿Quién ha borrado sus nombres de esas páginas? ¿Quién o quiénes han olvidado colocarlas en el sitio que les corresponde? Es necesario pronunciar esos nombres para que existan. Debemos escribir sus nombres para reivindicarlas, para hacerlas visibles, para darles la vida que no tuvieron. Por eso es necesario que las nombren, que las designen por su nombre y por lo que él significa. Hay cosas que es mejor no nombrarlas para no hacerlas evidentes. Esa es la clave para entender el silencio creado alrededor de las mujeres. La visibilidad de una mujer está permitida siempre y cuando responda a los cánones que la sociedad dominante haya creado. Ninguna mujer que tenga voz propia, que sea beligerante o emprendedora, es aceptada por la mayoría de las sociedades patriarcales. Y si una mujer así existe, se procura minimizarla, ridiculizarla, quitarla de en medio. No se cuestiona la autoridad cuando es un hombre quien la ejerce, sea en el campo que sea. Se cuestiona cuando es una mujer.

Mi posición al respecto es más que una denuncia. Es un llamamiento, un toque de atención, un gesto de rebeldía ante una sociedad que nos da la espalda con determinadas actitudes que debemos aprender a leer entre líneas. Actitudes que van desde un proteccionismo excesivo e innecesario, hasta una clara actitud agresiva de rechazo, pasando por una posición de indiferencia casi absoluta que ha conducido, en muchos casos, a que esa invisibilidad dure siglos. Si se trata de proteccionismo (da igual que sea familiar o gubernamental) las mujeres se verán obligadas a pagar una cuota muy alta. Si se trata de rechazo, la expulsión de cánones, jurados, mesas de debate literario, academias, etc., no serán los problemas mayores a los que tener que enfrentarse. Y si los problemas se derivan de la indiferencia social, no será sólo la invisibilidad el mayor de ellos. Si hablamos de proteccionismo, el más grave seguirá siendo el de la manipulación de género por parte de determinados gobiernos autónomos. Como muy bien explicaba Helena González, catedrática de Filología Gallega y Portuguesa de la Facultad de Filología de la Universidad de Barcelona en un encuentro de escritoras celebrado en Barcelona en el año 2000, las mujeres que escriben y que además pertenecen a una determinada autonomía deben estar preparadas para lo peor.  

Entre las propuestas de esta profesora estaba el reflexionar sobre los fenómenos socio-literarios que han influido e influyen de manera decisiva en la construcción y reconocimiento de la literatura hecha por mujeres desde determinadas autonomías del estado español gobernadas por nacionalistas y, por lo tanto, con una clara política cultural: la de ejercer como mediadores en relación con su proyección exterior. Según González Fernández, el nacionalismo fagocita lenguas, culturas, mitos, y todo lo que se le ponga por delante. Es un paraguas totalizador, (totalizing umbrela) concepto cultural formulado por el crítico cultural indo-americano Radhakrishan: “¿Por qué el advenimiento de las políticas nacionalistas señalan la subordinación si no la derrota de las mujeres? ¿Por qué la política del "uno" normalmente aplasta la política de las "otras"? ¿Por qué no podrían las dos coordinarse dentro de una relación cordial y dialogante de responsabilidad mutua? ¿Por qué el nacionalismo logra comúnmente el efecto ideológico de discurso completo y supuestamente macropolítico, mientras la cuestión de las mujeres —incapaz de conseguir su propia identidad autónoma macropolítica— permanece en un ghetto, dentro de su espacio específico y regional? En otras palabras, ¿por qué imperativo natural o ideológico, o por qué exigencia histórica, la política nacionalista se convierte en un obligatorio y envolvente paraguas que subsume otras y diferentes temporalidades políticas?” (Radhakrishan en Ugalde 1996: 229).

Esta idea tan plástica del paraguas totalizador permite explicar la situación de doble compromiso que marca la escritura de mujeres en sistemas periféricos, compromiso que se acentúa cuando lo hace en una lengua “minorizada”. En estos casos, las escritoras son triplemente subversivas porque no sólo tienen que abordar el conflicto de un lenguaje y un imaginario patriarcales, sino que están obligadas a participar, aunque sea por defecto, en los embates de los discursos nacionales y a utilizar como herramienta una lengua que no siempre está completamente normalizada tal y como ocurre con el gallego, una lengua que la veta, además, para una mayor difusión de su obra. Para la mayoría de las mujeres que escriben en el País Vasco, en Cataluña o en Galicia, un nacionalismo feroz ha colocado sobre ellas una enorme sombrilla protectora que las ha ido devorando poco a poco hasta dejarlas vacías de contenido propio; un paraguas protector capaz de desposeer de mitos a las escritoras antiguas; capaz de crear nuevos lemas en la poesía escrita por mujeres y así despojarlas de identidad propia para darles la identidad re-inventada por ellos; capaz de crear nuevos productos político-culturales que puedan ser exportables.

Lejos de la agresividad que parecen desarrollar los mercados culturales que ejercen un poder centralizador y hegemónico (léase Barcelona, Madrid o Valencia, por ejemplo), las creadoras que dependen, cultural o socialmente, de determinadas comunidades autónomas, creen sentirse a salvo de esa terrible maquinaria, devoradora y alienante, que parece consumir a las creadoras que no tienen la suerte de habitar en la periferia. No nos engañemos: el gran paraguas totalizador que las protege en apariencia, es un engaño más terrible aún, pues las envuelve bajo una falsa sombra de protección. El patriarcado nacionalista es mucho más agresivo porque nos hace caer en la trampa de la aparente defensa de intereses cuando realmente lo que hacen es conducirnos a una triple marginación: la marginación política, más la marginación de género, más la marginación de la marginación periférica. Las escritoras canarias, en concreto, viven una situación de delirio: son canarias, son mujeres y, además, son islas. Son, por lotanto, triplemente periféricas y las culturas periféricas son más proclives a dejarse llevar por la hegemonía de esa nueva industria que ahora vende un nuevo producto llamado “mujeres”. Esta es la razón por la que deben luchar todavía con más ahínco para defenderse de ese triple aislamiento geográfico y cultural. Porque una escritora en Canarias es una pequeña isla dentro de otra isla que a su vez es aislada de la cultura continental por razones geográficas y de distancia, y en su propia isla ella es una isla definida por su propio auto aislamiento producido, a su vez, por el agotamiento de su lucha por ser mujer, combativa, isleña, periférica, y que, además, trabaja de forma aislada, subversiva, feminista y no totalizadora. En resumen, poco o nada les queda por hacer excepto la denuncia y una logística de defensa armada de voluntad y raciocinio; lanzarse a la calle intentando no morir en el primer asalto y, desde una independencia económica y una habitación propia, escribir que nuestro propio deseo de conocimiento es más fuerte que cualquier estructura o tradición. Y, finalmente, siguiendo la propuesta de González Fernández, preguntarse, con mayor dureza, si cabe, si desea resguardarse bajo el paraguas totalizador o empaparse bajo la lluvia; salirse del paraguas y entrar en la casa grande de la literatura con los pies embarrados.

Esto por una parte. Por otra, existe el problema del espacio; la ocupación de un espacio físico dentro de los territorios tradicionalmente masculinos; la demarcación de un territorio propio donde poder hacer lo que deseamos hacer: escribir, por ejemplo. Esta es una batalla de la que aún muchas escritoras no han podido salir vencedoras. Pese al tradicional mito de la propiedad del hogar por parte de las mujeres y la idea extendida tradicionalmente de que ese lugar es suyo y, por lo tanto, debe ser regentado exclusivamente por ellas (lo que no deja de ser un tópico totalmente ajeno a la realidad). Lo cierto es que el hogar es trabajado, limpiado, abrillantado y decorado tradicionalmente por las mujeres, lo que no quiere decir que les pertenezca; al contrario: el hogar, en la mayoría de los casos de nuestra sociedad, sigue siendo propiedad de los hombres y ellos, patriarcalmente entendido el hogar como un lugar de reposo del guerrero, se acomodan en él eligiendo los lugares no comunes de ese territorio para continuar ejerciendo, desde allí, el poder.

Las mujeres que escriben en su casa tienen un doble trabajo: aquellos que se consideran naturalmente derivados de su género tales como fregar, cocinar, hacer la compra y atender a los hijos y al marido; y los vinculados a su profesión y que pertenecen a su desarrollo como personas sociales. Unos trabajos solapan a otros llegando a producirse en muchos casos una reacción defensiva que en la mayoría de las ocasiones acaba en la exclusión de los considerados “profesionales”. Equilibrar los dos papeles es una rara conjunción de elementos que en un territorio fundamentalmente patriarcal determina el comportamiento de la mujer y acaba por minar uno de los dos roles. Por desgracia, es el que la hace ser individual, el que la distingue como ser social y la hace ser diferente, el que pierde.

La guerra se desarrolla en un frente generalmente considerado inofensivo: la propia casa. Es en ella donde se libran las batallas más duras y suele ser, casi siempre, por la conquista de un territorio propio: un lugar físico concreto, una demarcación exacta donde situarse y desarrollarse. En el caso de la literatura nos encontramos con que el no tener ese territorio donde ejercer la profesión de escribir, es una de las múltiples razones por las que muchas mujeres han dejado de serlo o no lo han intentado siquiera aún siendo esa su vocación fundamental; y, lo más grave, que acaben rindiéndose a plazo muy corto o a largo plazo. Muchas ni lo intentan.

En la historia de la literatura la mayoría de los nombres de mujeres que han ido constituyendo el canon son, además de mujeres escritoras, unas extraordinarias guerrilleras sociales y familiares. Escritoras contemporáneas con quienes he compartido muchas horas acaban confesando esa derrota diaria, ese cansancio, esa lucha cotidiana de tener que escribir bajo mínimos de comodidades materiales. Las conozco que han escrito con el hijo en un brazo y la pluma en la otra, levantándose sin parar para dar el biberón, lavar unos pañales, tender la ropa, vigilar la comida, parar la lavadora, etc., etc. Y cuando el poema está en un momento especial de construcción, cuando el capítulo de la novela llega a su punto álgido y parece que encuentra la frase perfecta para cerrarlo; cuando ese artículo parece encontrar el camino para obtener un final especial; cuando el problema planteado en un ensayo sobre moral, sobre política, o sobre filosofía parece que ha llegado al momento clave donde las tesis parecen dar paso a nuevas conclusiones, zás, la puerta se abre y las voces de la casa comienzan a dar su tono más alto: “mamá la ropa, mamá las trenzas, mamá los deberes, cariño la corbata, cariño que no llego a la reunión.” O lo que es peor: ese “cariño la puerta que estoy ocupado, que estoy leyendo o que estoy viendo un documental especial sobre leopardos.” Es el fin. La sensación de derrota, de fracaso, de no ser nada las envuelve por unos instantes. Y dejan de escribir. Dejan de mirar en su interior para encontrarse con la realidad: una habitación cerrada, sin aire, sin posibilidad alguna de abrirse a otros mundos que no sean los que marca la cultura en la que viven y que es quien decide, al fin y al cabo, lo que pueden o no pueden hacer. Porque ya no son los hijos o el marido o los padres o los amigos los que interrumpen o cierran las puertas y ventanas por donde entrar y salir de su interior, es la cultura misma −creada e impuesta por la sociedad patriarcal− la que impone las normas o los criterios que conducen a quienes las rodean a comportarse de esa manera.

En general, cuando el varón tiene alguna afición o profesión que desarrollar en su domicilio, ocupará un lugar especialmente diseñado para la ocasión, llámese despacho, llámese cuarto de bricolaje, llámese habitación especial destinada a desconectarse del agobio diario. El panorama, en cualquiera de los casos citados, siempre es parecido: un territorio designado para trabajar, para relajarse, para llevar a cabo sus aficiones o para realizarse, sencillamente. La propiedad de ese lugar le da patente de corso y nadie puede traspasar esos límites de trabajo o de afición: “silencio que él trabaja, que él recibe un cliente, que él juega al ajedrez, que escucha su concierto de piano favorito, que debate sobre los cambios profundos del universo...”

Es evidente que no es así en el caso de las mujeres excepto en raras, muy raras, ocasiones. Ellas desarrollan su tarea en cualquier parte: pintan, componen o escriben, en la mesa de la cocina, en el sofá del salón-comedor mientras custodian el sueño del hijo más pequeño, mientras vigilan el hervor de las albóndigas y acechan cómo el viento les tumba los geranios. El hecho cultural de que socialmente se reconozca el hogar como territorio de la mujer (ama de casa = dueña de la casa) lleva implícito el que nadie se cuestione qué lugar ocupará en él. “Ella se desarrolla en toda la casa y no necesita un lugar propio porque ella lo envuelve, ocupa o ilumina todo con su presencia”, lenguaje perfectamente concebido para alienar definitivamente su verdadera condición dentro del hogar y que no es otra que la de llevar a cabo los trabajos que tradicionalmente se le han impuesto y que están relacionados directamente con el espacio que se les designa: en la cocina hará la comida para el grupo; en el lavadero limpiará la ropa que previamente ha ensuciado el grupo; en el dormitorio se entregará a la ceremonia sexual previamente determinada por el líder del grupo, y así, sucesivamente. Y si alguna vez, en un extraño suceso que conmociona el orden establecido, la madre, la esposa o la hija, deciden establecer su lugar de trabajo en el hogar familiar, la cuestión se complica de manera extraordinaria.

No quiero decir con esto que no suceda lo mismo con los hombres. También en ocasiones, aunque no es éste el caso de la mayoría, el varón sufre una gran falta de consideración cuando trabaja en casa: ruidos, interrupciones puntuales (“cariño, ¿me cuelgas este cuadro?...sácame la basura, pasea el perro, al niño, a la abuela...”). Pero la diferencia es sólo cuestión de grados. Cuando es la mujer la que intenta organizar su propio espacio dentro del territorio grupal, crear en él un recinto privado de creación individual e intransferible, estas interrupciones se multiplican. El poeta José Hierro trabajaba en un bar. En más de una ocasión hemos hablado del tema y de las dificultades de escribir en una habitación donde los ruidos son familiares, cotidianos, irreverentes... En el bar los ruidos son ajenos a uno, no son agresivos ni te machacan directamente. Puedo entenderlo. Desde que yo era joven he hecho tres cuartos de lo mismo. Estudiar, escribir e incluso leer, lo he hecho en la calle, en la guagua camino de alguna parte, en los bares, en los bancos de un parque, dentro de un coche, en un atasco diario, o esperando a alguien. O, simplemente, me acostumbré a la noche cuando todos dormían y nadie podía interrumpir mis pensamientos.

La operación “escapar de la vida cotidiana”, se complica más aún si trabajas fuera de casa, porque entonces la jornada laboral se multiplica: primero, el trabajo fuera de casa; segundo, la casa y sus accidentes y, por último, tu labor creadora relegada al último lugar de la lista de necesidades familiares. Crear en casa, pese al respeto que los miembros del grupo familiar han aprendido a tener por tu trabajo a base de un largo aprendizaje y de cursos intensivos de portazos, lágrimas y cansancio, sigue siendo poco gratificante. Cuando cocinas o friegas o haces punto, nadie te interrumpe; a nadie se le ocurre decirte que dejes el aceite hirviendo y la croqueta en el aire para ir a hacer otra cosa. Pero si estás escribiendo y tienes el verso en la punta de los dedos en el momento preciso de tomar cuerpo, sí que se creen con derecho a interrumpir. No valoran esa circunstancia tan difícil, tan especial para el creador, que es el segundo en que la imagen te asalta como si tú fueras su presa favorita. Ese llamamiento al orden cotidiano de la casa y sus asuntos (“mamá me planchas la camiseta, querida ¿damos una vuelta? ¿Has visto el periódico?”), interrumpe tu creación para los restos. No es un punto que se escapa, no es una tortilla que se quema; es el instante fugaz de una frase, de una nota, de un color, que se te van para siempre.

La clave para solucionar este conflicto, uno más a añadir a los ya citados de la invisibilidad y de la manipulación de género, está en cómo hacer un nuevo uso del territorio que tradicionalmente le ha pertenecido y que ha utilizado para un determinado tipo de menesteres que no han sido, precisamente, los de la creación; territorio que ahora ella necesita convertir en lugar de trabajo y de un trabajo concreto. Esa es una de las batallas a desarrollar. La otra consiste en dar a conocer a la sociedad la necesidad de ese territorio propio donde la mujer pueda poner en marcha la actividad creadora que quiera; la necesidad de un cuarto donde poder encerrarse a crear, donde poder desarrollar esa faceta de “nuestro quehacer voluntario creativo”, como decía Virginia Woolf. Tan simple como eso.

 

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