Amar sin apropiarse: reflexiones éticas sobre el acogimiento familiar
En el acogimiento familiar hay una idea que resulta tan sencilla en apariencia como profundamente exigente en la práctica: amar sin apropiarse. No es una verdad revelada ni una consigna incuestionable, sino una reflexión que se va construyendo con el tiempo, desde la experiencia y desde las preguntas que inevitablemente surgen cuando se acompaña de cerca la vida de niños y niñas que han atravesado situaciones de desprotección. Es, en cualquier caso, uno de los ejes éticos que, a mi juicio, sostienen con mayor coherencia esta medida de protección.
Lo que comparto aquí no pretende sentar cátedra ni ofrecer respuestas cerradas. Hablo desde un lugar concreto: el de quien ha acompañado procesos de acogimiento desde la práctica profesional y también desde una implicación personal prolongada en el sistema de protección. Esa doble mirada, necesariamente parcial y situada, me ha enseñado sobre todo a desconfiar de las certezas absolutas. Si algo exige la ética es precisamente prudencia, humildad y la conciencia permanente de que siempre hablamos desde límites propios.
Amar a una niña o un niño acogido supone implicarse de verdad. Conlleva cuidar, vincular, responder, estar disponible emocionalmente y ofrecer seguridad. Pero amar sin apropiarse exige, además, una renuncia consciente: la de no ocupar un lugar que no nos corresponde, por legítimo y profundo que sea el afecto construido. En acogimiento familiar, el amor no otorga derechos de pertenencia, y asumirlo es para mí una de las mayores complejidades emocionales y éticas del proceso.
La apropiación no siempre adopta formas explícitas. A veces se cuela en el lenguaje, en los gestos, en la manera de narrar la historia del niño o la niña, en la comparación implícita con su familia de origen. Otras veces aparece en el deseo, comprensible y humano, de “haberlo hecho mejor”, de “haber estado antes”, de “haber sido suficiente”. Pero el acogimiento familiar no va de ser mejores padres o madres que nadie. Va de ser un sostén temporal al servicio del interés superior de esa persona menor de edad.
En ese marco, honrar el origen no es una consigna ideológica ni un posicionamiento teórico abstracto, sino una responsabilidad ética concreta. Toda persona menor de edad susceptible de una medida de protección tiene un origen, y ese origen tiene nombre propio. En la inmensa mayoría de los casos, ese origen es una madre. Una madre que puede haber fallado, que puede haber estado ausente, que puede haber causado daño o que puede no haber podido ejercer el cuidado en un momento determinado. Reconocer esto no implica justificar ni minimizar el sufrimiento vivido por el niño o la niña, implica algo distinto y más complejo: aceptar que esa mujer sigue siendo su madre, y que ocupar simbólicamente su lugar es una forma de violencia, aunque se haga desde el amor.
Honrar a la madre biológica no significa idealizarla ni negar los hechos. Significa no borrarla, no degradarla, no convertirla en un obstáculo narrativo. Significa permitir que el niño o la niña construya su identidad sin tener que romper con su origen para poder vincularse con quienes le cuidan. Porque cuando una persona menor de edad percibe, aunque nadie lo diga explícitamente, que para ser querida debe renegar de su madre, se la coloca ante un conflicto imposible.
Amar sin apropiarse es, en este sentido, un acto profundamente reparador. Permite integrar la historia sin fragmentarla, querer a quienes cuidan sin sentir que se traiciona a la madre, y volver a ella, si ese es el pronóstico y objetivo de la medida, sin culpa ni lealtades divididas. Es una forma de cuidado que no coloniza la identidad del otro y que respeta sus vínculos esenciales.
Desde esta mirada, el acogimiento familiar se revela como una tarea de enorme madurez emocional. Exige revisar el propio ego, las expectativas, las motivaciones y el lugar desde el que se ejerce el cuidado. Exige aceptar que el éxito del acogimiento familiar, en muchos casos, se mide precisamente por la capacidad de hacerse a un lado cuando ya no se es necesario. Y eso no es abandono; es coherencia con el sentido profundo de la medida.
Hablar de ética en este contexto, al menos para mí, implica asumir también una cierta incomodidad. ¿Quién es una para hablar de ética? Probablemente alguien que sigue aprendiendo, equivocándose y revisándose. La ética no se proclama; se practica de manera imperfecta, en decisiones concretas y en dilemas reales. Por eso estas reflexiones no nacen desde una posición de superioridad moral, sino desde la responsabilidad de pensar críticamente aquello que hacemos y el impacto que tiene en la vida de los niños y niñas.
Honrar el origen, y en concreto a la madre biológica, es también una manera de sostener el sistema de protección desde la ética y no desde el juicio moral. El acogimiento familiar no existe para señalar culpables, sino para proteger a la infancia mientras los adultos, todos, hacemos lo que nos corresponde. Cuando una madre puede recuperar a su criatura, ese no es un fracaso del acogimiento familiar, sino su culminación.
Amar sin apropiarse es, probablemente, una de las formas más difíciles y más honestas de amar. Implica aceptar que el vínculo no te pertenece, que ese niño o niña no es tuyo, y que tu función tiene un límite claro y necesario. Pero también es una forma de amor profundamente respetuosa, que no exige renuncias identitarias ni cobra deudas emocionales.
En el acogimiento familiar, amar bien no es amar más, sino amar mejor. Y amar mejor, muchas veces, consiste en cuidar con todo el corazón mientras se protege, sin condiciones ni reservas, el lugar irrenunciable del origen. Solo desde ahí una niña o un niño puede crecer libre, íntegro y en paz con su propia historia.