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A la memoria de Cipriano Marín Cabrera

Cipriano Marín Cabrera.

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Ha dejado una huella tan profunda, que seguirá estando cuándo nos hallamos ido.

Es muy difícil resumir en una breve biografía la enorme cantidad de vivencias que atesoró Cipriano a lo largo de su vida. En los temas más dispares, en las geografías más lejanas y en los momentos más inesperados aparece la figura de Cipriano con nombre propio. Pocas personas he conocido que abarcaran tantas ideas, proyectos, iniciativas, y que lo hicieran con una enorme vocación de servicio por el bienestar de esta tierra y del planeta. Pero lo más singular de él, lo que lo diferenciaba del común de los mortales, era su capacidad de convertir las ideas en realidad.

Esa amplia vertiente de temáticas y sitios explica la enorme cantidad de amistades de Cipriano. Era como un cruce de caminos, por donde pasaba la gente más variopinta, desde responsables políticos, hasta artesanos, desde personajes de la alta sociedad santacrucera hasta campesinos, desde investigadores internacionales hasta el vecino de al lado. 

Supe de Cipriano, por primera vez, en aquellos años del final del franquismo e inicio de una convulsa y tímida democracia. Muchos de nosotros, jóvenes recién llegados a La Laguna, de barrios obreros, tomábamos conciencia y nos enrolábamos en algunos colectivos, cristianos, comunistas, anarquistas. Cipri, como le llamábamos, era un espíritu autónomo, un libertario, al que veía en las luchas universitarias. Tuvo un comprometido andar fuera de las islas. Donde quiera que pasaba, iba dejando la huella de iniciativas que salían adelante, por empeño y convicción. Fue un precursor de los movimientos verdes, dando charlas sobre energías alternativas en las Universidades de Madrid y Barcelona, desde el colectivo TARA, o colaborando con aquella revista contracultural de la transición, Ajoblanco, entre críticas satíricas, ideas innovadoras expuestas a cierres, multas y detenciones. En Madrid, me llevó a un viejo bar al que iba Buenaventura Durruti.

Una experiencia y unas convicciones que le marcaron para el resto de su vida. Más allá del tema que tocara, del proyecto en el que estuviera implicado, sobresalía su integridad y sus firmes convicciones. Otra gran virtud de Cipriano era que lo que conseguía, lo hacía con honestidad, poniendo la palabra, el diálogo y la tolerancia por delante.

Con la experiencia del expediente de Risco Caído, o de la Menorca Talayótica, me daba cuenta de su capacidad para revisar las ideas, para imaginar distintas opciones, para llegar al objetivo desde diferentes caminos. Tenía un sentido mágico de la oportunidad. Propuso iniciativas claves para que Risco Caído llegara a Patrimonio Mundial, como el encuentro que organizó con los mejores arqueoastrónomos del planeta, aquí en Gran Canaria, o el encuentro internacional de la cultura amazige en la Casa de Colón, o las jornadas científicas de Risco Caído, por donde pasaron investigadores de numerosos países.

Sabía qué era lo bueno para la andadura de un expediente, qué era capaz de fascinar a la gente, a las instituciones y a los organismos científicos. Pero siempre desde la integridad y la autenticidad, ideas que tanto se empeñó en transmitirnos. La propuesta inicial para que Risco Caído fuera Patrimonio Mundial era la cueva, por su extraordinario valor, pero Cipriano sabía que era difícil entrar por algunas categorías. Fue capaz de conseguir nuestra declaración enriqueciendo la perspectiva del bien, ampliando su contexto, redescubriendo unos valores más amplios, ocultos o que, viéndolos, no éramos capaces de reconocer. Fue el momento oportuno para pasar de monumento a paisaje cultural. 

Fue el responsable de armar el expediente, uno de los más rápidos en conseguirse de los más de mil que hoy existen y que fue considerado un ejemplo para futuros expedientes en el Consejo Nacional de Patrimonio Cultural. Fue el coordinador del libro sobre Risco Caído con una labor paciente y rigurosa, como lo saben bien los distintos autores. 

Cipriano sabía cómo funcionaban la UNESCO y el ICOMOS. Fue miembro del Consejo Internacional de Monumentos y Sitios, de la Comisión Española de Patrimonio Mundial de la UNESCO, cofundador del Instituto de Turismo Responsable y secretario general adjunto de ÍNSULA, el principal órgano científico internacional dedicado al estudio y desarrollo de las islas. Sabía sortear las dificultades. Recuerdo cuando lo acompañé a Menorca para reorientar el expediente de Patrimonio Mundial que había sido rechazado. Él, que ya había sido artífice de la declaración de Reserva de la Biosfera para la isla, tuvo la lucidez de enfocar el valor de las taulas, talaiots y navetas desde su contexto, desde cómo la estructura de la propiedad organizaba el espacio. Poco después, Cipriano logró el Patrimonio Mundial para Menorca. Un ejemplo de su integridad fue su reciente dimisión del Consejo Asesor por discrepancias por una obra en el ámbito del bien.

Esa profunda convicción sobre la necesidad de ser íntegro en las decisiones la vivimos muy cerca en nuestra experiencia de gestión en Risco Caído. La oposición a un glamping en la Cumbre, a un radiotelescopio en una de las montañas sagradas o a la creación de un supuesto camino de Santiago por medio del paisaje de Risco Caído, no eran decisiones fáciles. Cipriano aportaba argumentos técnicos irrefutables, consensuando decisiones con los máximos organismos de la UNESCO, siempre poniendo por delante la defensa de unos valores excepcionales que nos dieron tan alto reconocimiento. Él nos decía que ya el patrimonio mundial no pertenecía a una isla o a un archipiélago, sino al mundo entero.

Es difícil sustituir a Cipriano en ese oficio de defender la cultura y la diversidad de los pueblos, la cultura de las islas, el desarrollo sostenible, la crisis climática o los valores democráticos. Y es más importante su pérdida hoy, cuando el fanatismo y el autoritarismo están dando al traste con muchos valores que la humanidad ha hecho suyos y que han costado décadas construir colectivamente. Un momento donde la intolerancia crece a escala mundial. Vemos cómo EEUU o Israel, además de atentar contra la vida, la integridad y la dignidad de muchos pueblos, se han dado de baja de esas instituciones internacionales que nos han dado algo de cobijo, seguridad y compañía en momentos difíciles. Cipriano era un firme defensor de esos valores universales hoy en peligro.  

Hace treinta años fue el secretario general de un documento pionero a escala internacional, la primera Carta Internacional sobre Turismo Sostenible, promovida por la UNESCO y la OMT, y presentada en Lanzarote. Un importante documento que, lamentablemente, en la propia isla donde se presentó, se ha hecho todo lo contrario a lo que proponía. Pero lo más significativo es que Cipriano, junto a Luis Gortázar, treinta años después, volvió a advertir de los peligros del turismo masificado con un importante documento encargado por el Cabildo, hace apenas tres años, Estudio sobre la capacidad de carga turística en Lanzarote. Nuevamente, las instituciones insulares vuelven a darle la espalda.

Cipriano fue artífice e impulsor de otros muchos proyectos en favor del patrimonio natural y cultural, asesoró a varias reservas de la biosfera, como la de La Palma o Fuerteventura, impulsó el reconocimiento del cielo como un patrimonio que debe ser protegido, a través del proyecto Starlight, incluyendo a Gran Canaria. Fue autor, junto a Alberto Luengo, de un maravilloso libro sobre las salinas de Canarias, El Jardín de la Sal, con un precioso prólogo de César Manrique, por cierto, pariente suyo. Ha sido responsable de muchos libros y artículos, como uno en el que estaba trabajando sobre el cielo de Fuerteventura. 

Nos consta que muchas ideas y proyectos en marcha han quedado huérfanos de la sabiduría y el buen hacer de Cipriano, en Extremadura, en Galicia, aquí con su valioso asesoramiento a nuestros patrimonios mundiales de Canarias, en Risco Caído o en los expedientes sobre los grabados de La Palma o los primeros ingenios azucareros. Es difícil sustituir a alguien así, aunque nos dejó muchas enseñanzas, siempre transmitidas con esa sonrisa, alegría y agudeza mental que le caracterizaba. Una de ellas es que las cosas buenas pueden hacerse realidad y para ello nos enseñó muchas técnicas, habilidades, herramientas para hacerlo posible. No perdamos ese enorme bagaje y esa experiencia, que no solo servía para ayudar a algo tan complejo como es la gestión de esos valores, sino, sobre todo, a no hacerles perder el alma, los valores excepcionales a escala mundial que llevan dentro y que habitan sobre todo en el territorio y en su gente. Y seguro que Cipriano iba a seguir apostando por eso, por encima del día a día y con la habilidad de reflexionar, cuestionar y, si fuera necesario, revisar los medios, siempre que fuéramos capaces de preservar el fin.

Me gustaría terminar con la frase de Pablo Neruda. Confieso que he vivido, recordando a Cipriano, como un camino largo, como ese sendero lagunero que tanto transitó junto a su familia.

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