La película que muestra cómo Sadam Husein convirtió su cumpleaños en la pesadilla de unos niños
Cuando Hasan Hadi era un niño y vivía en su Irak natal en los noventa, bajo el régimen de Sadam Husein, cada mes de abril, su profesor entraba en clase con un cuenco y les pedía que escribieran sus nombres en un papel y los metieran en él. Después, hacía un sorteo y el alumno elegido tenía que preparar una tarta por el cumpleaños del presidente. Después se seleccionaba a otros compañeros para que se ocuparan de la fruta, la decoración, las flores y los productos de limpieza, entre otros quehaceres. Aquel niño, Hasan Hadi, creció y ha decidido dar forma de película a este episodio de su infancia –y la de tantos críos iraquíes–; y el resultado es La tarta del presidente.
Su tierna y trágica ópera prima le valió para convertirse en el primer director iraquí premiado en Cannes, donde se alzó con la Cámara de Oro a la Mejor ópera prima. Este viernes llega a las salas españolas.
El sorteo anual para repartir las tareas por el cumpleaños de Sadam Husein no era al uso. La corrupción campaba a sus anchas, incluido en los colegios, donde quienes podían hacer algún favor a sus maestros contaban con un salvavidas para librarse de esta 'lotería'. Favores como arreglar una bicicleta o cortar el pelo podían funcionar como moneda de cambio para sobrevivir. Claro que, de no poder llevarlo a cabo, las posibilidades se disminuían, como le ocurre a Lamia, protagonista del filme, que, acompañada de su inseparable gallo Hindi y su mejor amigo Saeed, se ve obligada a conseguir todos los ingredientes, sin apenas recursos, del dichoso pastel.
Hasan Hadi tuvo suerte cuando era pequeño, ya que él se libró de tener que cocinar, pero un amigo suyo no corrió la misma suerte. “No la hizo y eso cambió drásticamente su vida, de manera trágica de hecho. Como yo sobreviví, siempre he sentido una especie de culpa”, reconoce a este periódico. También quiso hablar sobre ello por lo “increíble” que es que Sadam Husein exigiera que se celebrara su cumpleaños con la tarta que él mismo pedía.
Eso sí, al igual que les ocurre a los protagonistas de nueve años de la película, en realidad no era Sadam a quien temían, sino a sus profesores. “Ellos eran los agentes del Estado, los que nos iba a castigar. Y ese era el problema, que fueran tan reflejo de lo que realmente estaba pasando en el país”, añade. En la película “los niños no eran actores, no habían vivido la experiencia de los adultos, pero sí conocían el miedo de los profesores. Era importante utilizarlo para plasmar el que había en Irak a Sadam, a la dictadura”.
Tampoco fue casualidad que el cineasta quisiera situar la historia en los noventa, una década “clave” para su país. “Es la primera película iraquí sobre este periodo, que tiene repercusiones hasta en la actualidad. Quería que hablara del pasado, pero también sobre el presente y la guerra, porque hay elementos como la dictadura o las sanciones, que van a sonar a la gente. Por desgracia, lo que ocurre hoy en el mundo es un reflejo de lo que ocurrió en Irak en los noventa. Parece que la Comunidad Internacional sigue igual, por cómo se mantiene callada cuando hay una injusticia”, dice con contundencia.
Aun así, Hasan Hadi no quiso impregnar su filme ni del dramatismo ni la tendencia a la 'pornomiseria' emocional de la que pecan a veces los metrajes con temáticas parecidas; el director apostó por enternecer y aportar luminosidad. Esto se vehicula a través del vínculo que une a Lamia y Saaed, la relación de Lamia con su abuela, el cariño y refugio que supone para ella su gallo Hindi, y el tono entre aventurero y épico del viaje que llevan a cabo para ir superando las pruebas –Policía y hasta un intento de agresión sexual mediante– para hacerse con cada ingrediente de la receta.
“Hay muchos temas universales, pero la película habla a su vez de un par de chavales que están intentando buscarse la vida y vivir a pesar de las sanciones y castigos del profesor. Están los terrores de la guerra, pero también el amor, la amabilidad y la amistad”, comparte el director.
Todo ello en un marco de familias destruidas. Lamia es una niña que vive con su abuela, pero en ningún momento se cuenta qué ocurrió con sus padres. “No se menciona, porque la cantidad de cosas que les ocurrían a nuestros padres y madres entonces... Dejamos que sea el público el que rellene esta ausencia, que de alguna manera es parte de la historia. Te lo puedes imaginar, pero prefería dejar a los espectadores decidir”, justifica el cineasta.
Hacer cine en Irak
Hasan Hadi nació y creció en Irak, hasta que en 2017 consiguió una beca para estudiar cine en la Universidad de Nueva York NYU. Al terminar, regresó a su país para rodar La tarta del presidente. No fue fácil sacar adelante su ópera prima. El cineasta asegura que hacer cine en su país es “dramático, trágico, porque trabajas con muy pocos recursos, sin casi infraestructura, con muchos requisitos de logística”. Además, en su largometraje se combinan elementos que aún recuerda que uno de sus profesores decía que eran los “prohibidos” para hacer cine: niños, animales, gente que no fueran actores y agua.
“Los tuvimos todos, pero es que la película lo requería”, recuerda, más allá de viajar en el tiempo a hace tres décadas. “Es diferente trabajar en un país en el que todo esto ya está establecido. Trabajamos en un terreno raso porque no había ningún apoyo más que la pasión, el entusiasmo y el amor por hacer cine”, comenta. Aunque tuvo claro que esta era una historia que quería contar y filmar en Irak, su objetivo era que viajar mucho más allá de sus fronteras. Para ello, sin querer del todo alejarse del cine de autor, tuvo claro que quería “hacer algo que pudiera salir y que lo viera todo el mundo”.
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