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Entrevista

Yayo Cáceres y Álvaro Tato, la pareja más fructífera del teatro: “Este país cambiará si los políticos entienden que la cultura es el mayor activo”

Álvaro Tato y Yayo Cáceres triunfan con 'Tébanas'

Pablo Caruana Húder

3 de febrero de 2026 21:53 h

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Yayo Cáceres y Álvaro Tato. Tato y Yayo, casi un palíndromo que contiene unas de las parejas teatrales más fructíferas del teatro español de los últimos treinta años. Con la compañía que iniciaron andadura, Ron Lalá, lo han hecho todo. Su teatro, popular, lúdico y lleno de ritmo y música, tiene el beneplácito del público y crítica. Desde el 2018 tienen nuevo proyecto, Ay teatro. Ahora, están presentando en el Teatro de la Abadía Tebanas, una función que recoge tres de las grandes tragedias del Ciclo Tebano: Edipo, Los siete contra Tebas y Antígona

Ron Lalá nació en el 96, entre la universidad y el Café de la Libertad de Madrid. Eran todavía estudiantes, de filología, de música… Y se inventaron una especie de recital-concierto lleno de humor y chispazos de genio, lo que ellos llaman el código “ronlalero”. En 2001 se incorporó Yayo Cáceres, argentino ya bregado que en Buenos Aires estudió en la misma escuela que Luciano Cáceres o Claudio Tolcachir, Andamio 90.

Desde aquel Si dentro de un limón metes un gorrión el limón vuela, su primera colaboración, todo se disparó. Han sido años de estrecha colaboración, de más de veinte montajes juntos, de éxitos sonados como Mundo y final (2008) o En un lugar del Quijote (2013). En 2018 decidieron ampliar horizontes. Cáceres entraba en su madurez como director y Tato comenzaba a ser uno de los dramaturgos más valorados en España, sus adaptaciones y recreaciones de los clásicos españoles estaban a un nivel de otro mundo. Su dominio del verso y de la carpintería teatral es única, Tato se ha convertido en una especie de Lope trasladado al siglo XXI en una máquina del tiempo. 

Así nació Ay teatro. Después de varios montajes llegó la maravilla, Malvivir (2021), un impresionante texto que encarnaron dos grandes actrices, Aitana Sánchez Gijón y Marta Poveda. Una divertida, poética y punzante historia sobre la pícara Elena de Paz. Ahora, atacan con Tebanas, una adaptación de las tres tragedias griegas de la ciudad de Tebas interpretadas por actores bien jóvenes que está llenando todos los días en el Teatro de la Abadía y que después de Madrid llegará en febrero en Olmedo, a Sagunto en abril y en mayo a Gijón y Málaga. 

Un momento de 'Tébanas', la nueva obra de Yayo Cáceres y Álvaro Tato

Además, Ron Lalá cumple 30 años y para celebrarlo el 22 de abril subirán al Teatro Infanta Isabel con La desconquista, su último trabajo. Con ellos habló este periódico. Una conversación donde ambos se iban quitando la palabra, complementándose, con un pensamiento colmena fruto de más de veinte años trabajando juntos. 

26 años y más de veinte obras juntos, ¿alguna vez estuvieron a punto de separarse?

Álvaro Tato: Al principio, cuando el ego está todavía bullendo. Cuando llegó Yayo yo era el líder y de pronto llegaba alguien que no solamente era más mayor, sino que además sabía más que yo y estaba dispuesto a compartirlo. Y yo necesitaba ese saber. No fue fácil, nada fácil para ese chaval que tenía tan claro su liderazgo. Hubo que ajustar el camino y darse cuenta de en qué partida eras el rey y en qué partida la dama.

Yayo Cáceres: Ahí fueron clave los ronlaleros, los otros miembros de la compañía. Todo el mundo se lanzó a la cosa sin chistar, en parte porque yo no les dejaba y en parte por disciplina. Se sufrió, pero al final se consiguió una especie de máquina demoledora. Pero la cosa es mutua, a mí encontrarme con Tato me salvó la vida, acababa de llegar a España y no tenía mucho a lo que agarrarme.

Esto de que uno es director y el otro es el encargado del texto, no es muy verdad, ¿no?

A. T.: La verdad es que no. Entendemos la dramaturgia como dirección y la dirección como dramaturgia. Para nosotros todo está entremezclado. Y nuestro punto de conexión yo creo que es el ritmo, el concepto musical de ritmo escénico. Los juegos rítmicos, es digamos como la base de nuestro lenguaje. 

Intenten explicar esa manera de hacer teatro que les ha llevado por medio mundo.

A. T.: Parafraseando a Yayo, creo que la clave es que nuestro sistema no pasa primero por la cabeza. Somos muy prácticos en el trabajo teatral. La fusión de palabra, de verso escénico, de interpretación y de música en directo, intentamos que se produzca a la vez. No hacemos reuniones previas de análisis de texto, no hacemos trabajos musicales para ajustes de voces previos, nos ponemos el chándal antes.

¿Surge desde la práctica actoral?

Y. C.: No te creas, al mismo tiempo es un teatro muy psicologista. Si hay un lugar donde está el teatro es en el terreno de los sueños, en lo metafísico, en el inconsciente. Trabajamos desde ahí.

A. T.: Y lo curioso es que esa búsqueda de lo metafísico, de lo poético, la intentamos producir a partir de lo más elemental, de lo más sencillo, de símbolos, de la metonimia que para nosotros, junto al ritmo, es el eje funcional de nuestro trabajo. Más concretamente de la sinécdoque, la parte por el todo. El teatro es el arte en el que una espada es la guerra, una rama es el bosque, y un ser humano, el ser humano. Pero partimos de lo práctico para conseguir lanzar la imaginación del actor. 

Cuando lees a Shakespeare llega hasta ahí, hasta el fondo, pero tarda más. En la tragedia o vas a fondo o es una solemnidad aburrida

Álvaro Tato Dramaturgo y director de escena

Y.C.: Un ejemplo, en Tebanas cuando Fran Garzia vuelve a salir a escena después de haber interpretado a Edipo, y entra ya como Polinices, el hijo de Edipo, entra con la misma vincha roja que Edipo ha utilizado para taparse las cuencas de los ojos después de arrancárselos… Esa idea, que es pura dramaturgia, no es mía, eso surge del actor en un ensayo. Y surge porque el actor está en “flow” y porque está entrenado para entender dónde está el lenguaje poético. Eso es pura metáfora escénica, la ceguera de Edipo es también la ceguera de sus hijos enfrentados, es el símbolo del padre y de la sangre…

¿Ensayáis juntos?

Y.C.: Sí, aunque lo empecé a echar un poco a Tato. Porque es como dirigir con un alien pegado a la oreja (risas). Pero sí, nos pasa constantemente llegar a casa después de un ensayo y ante una buena idea que ha tenido el otro decir: “por qué no se me ocurrió a mí”. Eso está buenísimo, creemos en un tipo de competencia que es colaboración, que nos hace mejores, y que Tato y yo llevamos cuidando años. 

Tebanas es pura tragedia griega, algo que se aleja de vuestro estilo más reconocible, pero utilizáis unos códigos y maneras de decir cercanas al Siglo de Oro… ¿Por qué?

A.T.: Es cierto que lo hacemos. El verso que hemos creado tanto en Sófocles, Esquilo como parte de Eurípides es de clara raíz áurea. En vez de hacer una traslación en prosa, que es como se suele hacer, he fabricado una versión en verso. Y ese verso es silba, es una silba blanca de alejandrino, septisílabos y endecasílabos. Para las partes que hilan las historias hemos utilizado el romance. Y para la parte de la comedia en el pequeño homenaje que le hacemos a Aristófanes utilizamos redondillas. 

¿Por qué?

A.T.: Esa manera de trabajar surge de una pregunta: ¿Por qué la tragedia casi siempre se recita de manera solemne o lenta? ¿Por qué tenemos asociado la tragedia a la lentitud? Y nos fuimos dando cuenta que la tragedia no trata de gente que se lamenta, trata de gente que quiere no lamentarse, que lucha hasta el final, incluso a veces de manera heroica, contra el destino, contra sus defectos. No habíamos sometido nuestro lenguaje a la disciplina trágica. Y sabíamos que era un riesgo. 

Y.C.: Si lo pensamos bien los personajes de la tragedia, como Edipo, no llegan a cuarenta años ni por asomo. Para trasladarlos a escena hace falta una rabia casi adolescente, una cosa muy física. Por eso nos hemos salido de este código declamatorio y ampuloso y nos hemos metido en un lugar mucho más furioso. 

A.T.: La tragedia griega es de gran pureza teatral, son puros conflictos a cara de perro. En muy pocas palabras se llega hasta el final del conflicto. Los clásicos tardan más en llegar. Cuando lees a Shakespeare llega hasta ahí, hasta el fondo, pero tarda más. En la tragedia o vas a fondo o es una solemnidad aburrida.

En 'Tebanas' Álvaro Tato y Yayo Cáceres se atreven con las tragedias griegas

En los últimos 20 años son quizá la compañía de España que ha girado más. Girar nunca fue fácil, pero parece que cada día es más difícil. Ustedes que se conocen la mayoría de los teatros de este país, ¿qué creen que está pasando?

Y.C.: Nosotros cada vez hacemos menos gira. Antes estábamos más de dos años con un espectáculo. Ahora estamos un año y medio estirando mucho el chicle. Gracias a Dios teníamos capacidad para achicar las giras, otra gente lo ha pasado mucho peor, incluso teniendo que disolver la compañía. La causa me parece clara: los espacios de poder no entienden que la cultura es una inversión. Se gira menos porque hay menos presupuesto para programar los teatros. Se han perdido más de un 30% de lugares donde antes se programaban cosas de fuera. Se han perdido plazas.

Á.T.: Hay una falta de voluntad política por activar redes teatrales. Porque cuando hablamos de plazas no hablamos de teatros, hablamos de redes, hablamos de conexiones, de gestores culturales que cuentan con cada vez menos presupuesto. Además, en las comunidades con redes potentes, como Madrid, por ejemplo, la competencia es feroz entre el teatro privado y el público. Y dentro de los teatros privados hay una gran competencia interna que ha aumentado con la entrada de las multinacionales en los musicales. La realidad se ha ido haciendo cada vez más compleja y la voluntad política no ha seguido el ritmo.

En muchas compañías esenciales de nuestro teatro, como Tábano, La Zaranda o Micomicón, hubo giras internacionales que fueron un antes y un después. Habéis recorrido medio mundo: Europa, Asia y América, ¿hubo alguna gira que para vosotros tuviese ese calado?

Y.C.: La primera, en 2007 ¿Te acuerdas Tato? Yo salí un día antes e iba adaptando el texto en el avión… Fuimos a Chile, Argentina, República Dominicana, Paraguay… Había un momento de la obra en que decíamos: “La pasta, la pasta”. Lo cambié por el término guaraní, me acuerdo como si fuera hoy de todos gritando en escena: “pirapiré, pirapiré”…

A.T.: Yayo viene de allá, pero nosotros, como jovencitos españoles, flipamos. Recibir ese calor, esa comprensión lingüística. Una cosa es saberlo, saber que nuestro idioma se habla en dos continentes, y otra cosa es vivirlo. Y no solo la lengua, sino también el humor. En Argentina, por ejemplo, fue una gran sensación. Argentina encontró a unos españoles que fabricaban un humor que entendían, todos nos comparaban con Les Luthiers, yo creo que exageradamente. Pero el enganche fue mutuo, nosotros no podíamos creer la capacidad de ida y vuelta, los hilos que nos unen. Otro ejemplo de lo que hablábamos, si fuésemos capaces de cuidar ese ida y vuelta…

Y.C.: Cuando los políticos entiendan que la cultura es el mayor activo que tiene este país la cosa cambiará. Yo mismo vine a España en busca de Cervantes, de Machado. No vine buscando el jamón ibérico. 

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