Julio Manrique, director del Lliure: “El estatus del preso político de la obra va a resonar en Catalunya con mucha fuerza”
El año pasado Julio Manrique, ya como director del Teatre Lliure, inauguró la temporada con un clásico del repertorio del siglo XX, La Gavina, de Anton Chéjov. Este año ha decidido apostar por el autor que le proporciono uno de sus mayores éxitos, el inglés Jez Butterworth, uno de los grandes dramaturgos ingleses actuales. De este adapta su obra El barquer, que se trata sin duda de uno de los estrenos más esperados de la temporada barcelonesa.
En 2019, Manrique supo unir todo el complejo ardid teatral de Butterworth en Jerusalem, una obra en el que un soberbio Pere Arquillué interpretaba a un Falstaff contemporáneo que vivía en un bosque shakespereano, rodeado de jóvenes a los que facilitaba drogas… Tres horas de rave continua y buen teatro que supuso un gran éxito. Ahora, Manrique ha decidido abordar esta obra situada en un pueblo de Irlanda del Norte, un drama rural donde saldrán a flote las miserias y las tragedias de una sociedad que durante 30 años vivió y sufrió un terrible conflicto bélico.
La obra está situada en 1981, los años de plomo en los que Margaret Thatcher está en el poder en Londres y el IRA lucha con todo, desde las acciones armadas hasta las grandes huelgas de hambre en las cárceles inglesas. Un cadáver aparece bien conservado en uno de los pantanos cercanos al pueblo. Es el día de la celebración de la cosecha y la familia Carney verá como aquel descubrimiento trastoca la jornada...
Producción propia, 19 actores en escena, la sala grande, la Fabià Puigserver, obra de larga duración, más de tres horas. Es un gran montaje, ¿no?
Sí, es una producción excepcional, es una tirada de la moto muy importante. Es una obra extraordinariamente grande, un tipo de trabajo que claramente solo puede hacerse desde un teatro público. Pero lo estoy pasando muy bien pese a que hay que arremangarse muy fuerte porque hay muchas almas subidas a esta barca. Es bien bonito tener un elenco que va desde los 79 años que tiene Imma Colomer, hasta los ocho años que tiene Elena Salvat. Y eso ya convierte el proceso en algo emocionante de por sí.
Esencialmente, ¿sobre qué va la obra?
Sobre la tierra como fuente de vida y de conflicto. Toda la obra, excepto la escena del prólogo, transcurre en un día de finales de agosto en una granja en Irlanda del Norte, en una zona rural. Se celebra el día de la cosecha. Se celebra que la tierra da vida y nos alimenta. Pero la obra aborda un periodo en el que se vive un conflicto que también tiene su origen en la tierra, en el territorio. La tierra es también fuente de discrepancias, de violencia, de guerra y de destrucción.
Es bien bonito tener un elenco que va desde los 79 años que tiene Imma Colomer, hasta los ocho años que tiene Elena Salvat.
¿Y eso se refleja formalmente?
La obra empieza con un cadáver que se encuentra al fondo de un pantano con una bala en la cabeza. El cadáver de alguien que ha estado desaparecido durante diez años, algo que sucedió en el periodo de los troubles [el conflicto armado], cuando el IRA sospechaba que había gente que podían ser confidentes de la policía. Precisamente para representar ese pantano vamos a usar el suelo de la sala. La escenografía la he trabajado con Lluc Castells y hemos querido huir de una conformación escenográfica que volviese todo demasiado estático. Pero no te puedo contar más, tendrás que ir al estreno...
¿Qué destaca del texto?
Butterworth, cuando escribe, consigue algo muy difícil: poner muchos personajes en escena y lograr que todos pinten algo, que tengan una voz, que no haya figuración y todos sean una pieza importante dentro del relato, Y luego tiene la maestría de dejarlos hablar y que sean ellos los que construyan la obra; es muy hábil. Además, los personajes no están para dar lecciones o decir lo que el autor quiere, sino que los deja ser.
¿Qué visión da el autor sobre el conflicto?
La pareja de Butterworth, Laura Donnelly, que es actriz y de hecho estuvo en el reparto que estrenó la obra en el Royal Court en 2017, tiene raíces irlandesas y tuvo un tío que estuvo en el IRA y que forma parte de estos casos de los llamados “desaparecidos”. Fueron hasta 17. Y fueron aflorando después de los acuerdos de paz del 98 del Viernes Santo. Laura Donnelly le contó esta historia a Butterworth y es a partir de ahí desde donde construye.
Los años del procés independentista fueron particularmente calientes y muy cargados emocionalmente y por ahí, creo, la obra resonará en el público
Es bien relevante ese punto de partida, pero un inglés tratando el tema del IRA desde la Irlanda rural. Se antoja una tarea nada fácil...
Es verdad, pero creo que se acerca con mucha sensibilidad y trata con muchísimo respeto el mundo del republicanismo irlandés. Y no está interesado en dar lecciones ni en decir lo que deberíamos pensar. La obra plantea la historia de alguien que ha estado en la lucha armada, en el IRA, que en un momento dado dice “ya no puedo más, estoy harto de sangre y de bombas”, y se aparta. Deja las armas e intenta montar otro tipo de patria, que es su familia, en el campo. Pero de una manera inevitable la violencia acaba llamando a la puerta otra vez. El autor acaba metiéndose hasta la médula en lo que supone el uso de la violencia para resolver las cosas.
La obra, que dirigía nada menos que Sam Mendes, fue bien recibida en su estreno en Londres, se llevó varios premios importantes, 4 Tonis, 2 Lawrence Oliver, y tuvo además buenas críticas. No levantó susceptibilidades.
Es curioso, ¿verdad? Porque si bien ahora la situación está pacificada, fueron 30 años de conflicto y murieron 3.700 personas. Hay muchas heridas abiertas. Es verdad que no hubo polémica, pero sí que me han contado que la gente salía muy conmocionada del teatro. Y es que esa fuerza de conmover, de llevar a la reflexión, sí que la tiene la obra.
Los movimientos independentistas en el Estado Español durante los 80 y los 90, y también en el siglo XXI, se ha mirado mucho en todo lo que fue el proceso de paz irlandés. ¿Cómo cree que puede resonar esta obra en Catalunya?
Lo hará, indudablemente. Aunque el tema vasco y el catalán son bastante diferentes, la raíz del problema es la misma: a una parte de la gente que vive en estos territorios le gustaría independizarse del Estado al que pertenece. Pero el camino que se ha seguido es distinto. Quizá lo de Irlanda del Norte tiene algo más que ver con la historia de Euskadi y ETA. En Catalunya ha sido una cuestión más política y que ha tenido diferentes fases. Los años del procés independentista fueron particularmente calientes y muy cargados emocionalmente. Por ahí, creo, que resonará.
El argumento de "las familias se rompen en Catalunya con el procés" se utilizó tanto y, en mi opinión, a veces tan demagógicamente por parte de algunas voces políticas, que se me atraganta la comparación
¿En qué sentido?
La obra de Butterworth sucede en el año 1981, año en el que los presos del IRA que están en cárceles inglesas llevan a cabo huelgas de hambre como manera de reivindicar el ser tratados como presos políticos. Pero Margaret Thatcher, primera ministra británica, les dice que de eso nada, que ellos son criminales. Ese asunto del estatus de preso político va a resonar aquí con fuerza.
El enfrentamiento y el enconamiento con el otro también está bien presente en la obra. El autor muestra cómo los temas políticos pueden afectar de distinta forma a miembros de una misma familia...
Por supuesto que la política se mete dentro de las familias. Y es verdad que eso está en la obra. Pero soy prudente porque el argumento de “las familias se rompen en Catalunya” se utilizó tanto, y en mi opinión, a veces tan demagógicamente, por parte de algunas voces políticas, que se me atraganta la comparación. Recuerdo con demasiada nitidez a Albert Rivera, Inés Arrimadas y a miembros del partido Ciudadanos haciendo bandera de eso y llevando fotos lacrimógenas a los debates televisivos.
La música, leyendo el texto, está omnipresente todo el rato, algo tampoco nada de extrañar en una sociedad como la irlandesa, ¿cómo la habéis trabajado?
Butterworth es muy musiquero. Además, es autor de acotaciones largas donde describe con detalle y propone que ahí y allí suene tal o tal música. Le he seguido en unas y en otras no. Estará Bowie, los Stones… Y por supuesto, los Undertones, grupo fundamental de Derry, del que todavía sigues viendo en Irlanda del Norte murales en las calles. Luego nosotros también nos hemos dado algún capricho como incorporar a The Pogues. Y también habrá canciones cantadas en vivo. Carles Pedragosa ha encontrado unos cantos en gaélico de Irlanda que se llaman “Lamentos”, melodías muy sencillas pero muy emotivas, superbonitas.
Desde que estoy en la dirección del Lliure, estamos avanzando mucho en el convenio con los trabajadores, que está pendiente de renovación desde hace la tira de tiempo
Marta Marco, Roger Casamajor, Ernest Villegas, Mima Riera, Anna Güell, Marc Soler ¿cómo ha sido un poco la elección del reparto?
Algunos los llamé directamente para proponerles el papel y luego ha habido procesos de casting largo, hemos visto mogollón de gente para el montón de personajes jóvenes que hay en la obra. Y otros fueron apuestas después de darle muchas vueltas. Me como mucho el tarro con los repartos. Roger Casamajor fue una corazonada, por ejemplo, nunca había trabajado con él.
Pues Casamajor es Quinn Carney…
Sí, el protagonista. Lo había visto trabajar en teatro muchas veces y luego vi la serie La Mesías y flipé con su interpretación. Luego le oí hablar diciendo que para él había sido un punto de inflexión el hacer la serie, que algo se le abrió como actor y pensé: que yo tenía esa misma sensación. Releyendo la obra me di cuenta de que Carney era él, porque es de Andorra, de montaña, tiene poco de urbanita.
En octubre de 2023, fue nombrado director del Teatre Lliure. ¿De qué está más contento de sus dos años como director del Lliure?
Son muchas cosas, pero si hay que decir una diría que de haber abordado el tema de la gente que trabaja en la casa. Soy una persona cercana al Lliure, he trabajado bastante aquí, tanto como director y como actor. Y sentía que era necesario cambiar el ambiente de dentro. El Lliure tiene una identidad bonita, ligada al compromiso social, pero también al compromiso de trato entre técnicos, compañías, actores y artistas que pasan por aquí. Y ese espíritu que conocí y disfrute se estaba marchitando. Las causas son mil, pero a mí me parecía prioritario darle la vuelta.
Creo que estamos haciendo apuestas valientes dentro de la programación y que estamos apostando porque todas ellas estén al mismo nivel, sin ciclos u otro tipo de encapsulamientos
Me imagino que es algo muy relacionado con el derecho laboral, ¿no?
Estamos avanzando mucho en el convenio con los trabajadores, que está pendiente de renovación desde hace la tira de tiempo. Soy muy optimista.
¿Qué ha aprendido en estos dos años como director?
Soy una persona impulsiva y de sangre caliente. Lo que he aprendido es que hay que tener paciencia. Pero, al mismo tiempo, hay que ser un poco testarudo en lo que en lo que quieres ir a buscar. Cuando eres director te llegan opiniones de todo tipo: cómo se debería programar, cómo no, qué se debería hacer y qué no en el teatro público, etc. Hay que escuchar, pero al final hay que tener personalidad para lo que tú intuyes y crees que puede valer, para aquello que quieres perseguir.
¿Y qué está persiguiendo?
Que el teatro sea un lugar de encuentro, aunque suene cursi. Creo que estamos haciendo apuestas valientes dentro de la programación y que estamos apostando porque todas ellas estén al mismo nivel, sin ciclos u otro tipo de encapsulamientos. Quiero que los públicos se mezclen, es algo lento, pero vas viendo pequeños avances. Decía Peter Brook, poniéndonos viejunos y cursis de nuevo, que el teatro es una forma de alegría. Bueno, pues eso, igual es eso.
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