Movilización, resistencia y vídeos de móvil para que el trumpismo rinda cuentas por los asesinatos de Good y Pretti
Me fui el jueves a Minneapolis para cubrir una movilización el viernes que se preveía potente por el reciente asesinato de Renee Good y la represión trumpista de la migración con 3.000 agentes federales desplegados desde el 1 de diciembre. El ambiente en Minneapolis estaba muy caliente, hasta el punto de que se había convocado una huelga general de unas dimensiones inéditas en ocho décadas. El mensaje era claro: la ciudadanía de Minnesota no quiere al ICE en sus calles, no quiere el terror a que se lleven a un niño de 5 años o a una persona que sale a pasear al perro; tienen pánico a esa cacería humana de aquellos que hablan con acento o tienen un color de piel más oscuro de lo que deberían.
Ante ese terror, la sociedad de Minneapolis reactivó las redes solidarias tejidas tras el asesinato de George Floyd en mayo de 2020. Unas redes que tienen mucho de solidaridad, cuidados, vigilancia, autoorganización, fundamentales para proteger a los migrantes que no se atreven a salir de su casa para nada, lo que tiene una traducción instantánea en sus condiciones materiales de vida.
El viernes, a 30 grados centígrados bajo cero, se desarrolló una manifestación masiva por el centro de la ciudad. Durante horas, a la intemperie, circuló una marcha que exigía el fin del ICE.
Fue un éxito reconocido por todos los medios de comunicación: el mensaje estaba claro. El brazo policial antimigración de Trump no era querido en Minneapolis ni en Minnesota.
Mientras se desarrollaba la manifestación, había personas que te ofrecían agua, para hidratarte; café, para entrar en calor; y también parches de calor contra el frío para las manos o los pies. Había incluso quien ofrecía caldo y comida.
La movilización terminó con un gran acto en el pabellón de la ciudad, el Target Center. Los miles de participantes se marchaban a casa contentos por la convocatoria, cantando, bailando, haciendo sonar el claxon de sus coches en calles vacías por el frío.
De repente, la tristeza por el asesinato de Renee Good el 7 de enero pasado se estaba transformando en una pulsión de resistencia y respuesta con dosis de rabia pero también de alegría por la acumulación de fuerzas ante la agresión trumpista.
Cuando los últimos abandonaban el Target Center a eso de las siete de la tarde, nadie podía imaginar que a las nueve de la mañana del día siguiente habría otro asesinato.
A mí me llegó un mensaje de Signal a las 9.33 de la mañana con el vídeo del asesinato y el siguiente texto: “This is south Minneapolis, about 30 minute ago”. Es decir, hacía media hora que se había producido otro asesinato.
De repente, todo lo acumulado el día anterior se convirtió inmediatamente en una nube pesada de frustración, de lucha contra un muro infranqueable.
Cuando me entra el mensaje a las 9.33 de la mañana, me encontraba en el aeropuerto de Minneapolis, a 12 minutos de comenzar el embarque para mi vuelo de regreso a Washington DC. ¿Qué hacer? Por un lado, me sentía agotado después de tantas horas a la intemperie a 30 grados bajo cero el día anterior. Por otro, acababa de producirse otro asesinato por parte de agentes federales en la ciudad en la que me encontraba.
Tenía que publicar la noticia, de la cual aún no había más que un vídeo en un reel de Facebook, y tenía que decidir si subía a ese avión o me bajaba de él. Todo eso había que hacerlo en cuestión de minutos.
Mientras voy avanzando en la cola de la puerta de embarque pienso en que el aeropuerto de Washington DC se iba a cerrar el domingo por una gran nevada, y no estaba claro cuándo podría reabrirse, lo cual me podría dejar atrapado en el gélido corazón de EEUU. ¿Qué hacer? Al final, cuando llego a mi turno para pasar el control de la tarjeta de embarque antes de entrar en el avión, decido darme la vuelta, cancelar el vuelo en la aplicación del móvil y me siento en una silla del aeropuerto para escribir.
Una vez publicada la noticia, camino para salir del aeropuerto mientras busco un hotel para alojarme esa noche y la siguiente.
“Me dan ganas de llorar”, me escribe en esos momentos una compañera. ¿Cómo es posible que no hayan aprendido nada? ¿Cómo es posible que vuelva a ocurrir lo mismo dos semanas después del asesinato de Renee Good? ¿Cómo es posible que vuelvan a asesinar?
Pero así fue. La policía particular de Trump asesinó a un hombre porque les estaba grabando cometer un atropello. Y menos mal que había otras personas grabando el asesinato de Alex Pretti.
Sin los vecinos que grabaron cómo el ICE mató a Renee Good y los vecinos que grabaron cómo el CBP mató a Alex Pretti, hoy en día estaría prevaleciendo la tesis de la Administración Trump de que eran “terroristas”, que querían matar a los agentes, que tuvieron que defenderse al ver sus vidas “en peligro”.
Pero la colaboración ciudadana ha desnudado a la Administración Trump y sus mentiras. Sin la colaboración ciudadana esas mentiras no serían cuestionadas. Pero la implicación de los barrios en defenderse y protegerse de las agresiones ha hecho posible que Donald Trump tenga que moverse, cosa que nunca hace por gusto.
Es decir: la organización comunitaria no sólo sirve para ayudar a los más vulnerables, también sirve para ofrecer herramientas contra las injusticias cometidas por el hombre más poderoso del mundo.
Y el asesinato, unido a las mentiras para encubrirlo por parte de la secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem; su mano derecha sobre el terreno, Greg Bovino –posteriormente relevado por Trump–, y el subjefe de Gabinete, Stephen Miller; e incluso las del presidente de EEUU llamando pistolero a Pretti, están dejando a la Administración en una posición insostenible.
Hasta tal punto es así, que se les ve intentando buscar una salida: primero, con el relevo de Bovino; luego con el envío de Tom Homan con el mandato de rebajar el tono; y por último con las buenas palabras con el gobernador Tim Walz y el alcalde Jacob Frey.
Y todos esos movimientos, que aún presentan muchas dudas, solo han sido posibles gracias a que ahí había alguien implicado jugándose la vida y grabando a los agentes cometiendo un asesinato.
Falta por saber hasta dónde llegará la rendición de cuentas, si caerá Noem, si Bovino y sus hombres serán juzgados, si las investigaciones de los asesinatos de Good y Pretti serán independientes y llegarán hasta el final.
Porque, en el fondo, Bovino y los suyos sólo cumplían las órdenes de Trump, un presidente que hasta hace 24 horas insultaba a los dirigentes de Minnesota, llamaba “basura” a los somalís que viven allí y pedía la cárcel para la congresista Ilhan Omar. Ese odio y racismo, asociando permanentemente la migración con la delincuencia y poniendo a agentes de fronteras a desarrollar su trabajo en el centro de las ciudades, era como poner un lanzallamas junto a un bidón de gasolina.
Y es lo que ha hecho Trump. Y lo ha visto todo el país. Y quién sabe si las muertes de Renee Good y Alex Pretti sirvan para desnudar las mentiras y los abusos de la Administración Trump, para que los republicanos se pongan del lado de la ley y pidan cuentas a un gobierno cada vez más autoritario y, también, para que la oposición se movilice con vistas al próximo ciclo electoral, que comienza el próximo noviembre con las elecciones legislativas de mitad de mandato.
Sobre este blog
Todos los miércoles, el corresponsal de elDiario.es Andrés Gil explica las claves de lo que sucede en el EEUU de Donald Trump. Porque lo que pasa en Washington no se queda en Washington.
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