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China en África: de las infraestructuras a los algoritmos

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En las últimas semanas, a raíz de varias lecturas de los artículos que a diario recopilamos desde Casa África en el Dosier África (y distribuimos a más de un millar de contactos y subimos a la web), hemos profundizado en cómo el papel de China en el continente está mutando de manera importante, adaptándose a la nueva realidad geopolítica que está viviendo el mundo. 

Durante años, la presencia china en África se interpretó a través de un marco relativamente rígido: la imagen de un actor omnipresente que financiaba obras faraónicas, levantaba edificios públicos de manera casi simbólica y concedía préstamos a gobiernos muy endeudados, alimentando el relato de la llamada “trampa de la deuda”, que le proporcionaba un gran poder de influencia. Esta narrativa —potente, aunque simplificadora— dibujaba a China como un socio que privilegiaba su influencia geopolítica a toda costa, dejando en segundo plano los estándares democráticos y los derechos humanos. Sin embargo, la realidad de 2026 confirma que esa visión ya no basta para explicar la evolución reciente de la relación chinoafricana. 

Un dato marca claramente este cambio de ciclo: en 2025, por primera vez, los países africanos pagaron a China más en reembolsos de deuda de lo que recibieron en nuevos préstamos. Y la tendencia no parece coyuntural. Mientras en 2016 los créditos chinos en África superaban los 30.000 millones de dólares, en 2024 el volumen se redujo a 2.100 millones, repartidos en apenas seis proyectos cuidadosamente seleccionados. Las caídas anuales —del 20% al 30%— ilustran una reorientación deliberada. Pekín ya no busca multiplicar megaproyectos, sino concentrarse en iniciativas de alto impacto, técnicamente solventes y económicamente sostenibles, enfocadas en sectores que China considera esenciales para su competitividad global: tecnología, energías renovables, telecomunicaciones y economía digital. La geoeconomía reemplaza al antiguo protagonismo de la construcción pesada. 

Un buen ejemplo es Angola (país con el que España mantiene una magnífica relación), que absorbió en 2024 una cuarta parte de toda la financiación china en África. No se trató esta vez de grandes presas o autopistas transcontinentales, sino de infraestructuras asociadas a telecomunicaciones, logística portuaria y desarrollo urbano ligado a la capital, Luanda. Es decir, inversiones destinadas a aumentar la eficiencia económica, no a ampliar la huella física de China en el continente. 

A esta estrategia sectorial se suma un cambio monetario con implicaciones profundas: la desdolarización parcial de la financiación. China ha empezado a proporcionar préstamos en yuanes para protegerse de la volatilidad del dólar y, al mismo tiempo, fortalecer su divisa en el comercio internacional. Varios países africanos se han sumado a esta tendencia. Kenia, por ejemplo, convirtió en yuanes la deuda asociada al ferrocarril KSGR (Kenya Standard Gauge Railway) con la expectativa de ahorrar hasta 200 millones de dólares en el servicio de la deuda. Para Pekín, este movimiento forma parte de una carrera mucho más amplia: la disputa global por el peso del dólar frente a monedas alternativas en un mundo crecientemente multipolar.  

Pero la pregunta central continúa siendo la misma: ¿qué busca China en África en este nuevo contexto? Una primera respuesta, sobre la que ya les escribí la semana pasada, apunta a los minerales críticos indispensables para la transición energética. Cobalto, litio, cobre o tierras raras son la columna vertebral de la revolución de los vehículos eléctricos, un sector en el que China lidera con comodidad. Asegurar su suministro es un objetivo estratégico irrenunciable. 

No obstante, el continente africano no es solo un almacén de materias primas. África es también un actor político de primer orden. Con 54 Estados, constituye el mayor bloque de votación en Naciones Unidas. Para China, ganar apoyos africanos resulta clave para consolidar un orden multipolar menos dependiente de Estados Unidos y más ajustado a sus propios intereses internacionales. Los votos africanos respaldan iniciativas en foros multilaterales, otorgan legitimidad política y sostienen alianzas a largo plazo. 

El comercio también refuerza esta interdependencia. Cuando Estados Unidos impuso aranceles severos a las importaciones chinas en la era Trump, África se convirtió en un mercado refugio. En 2025, las exportaciones chinas hacia el continente crecieron un 25,8%, compensando parcialmente la caída del 20% en el flujo comercial con Estados Unidos. África, por tanto, está dejando de ser un espacio periférico para convertirse en un componente estructural de la resiliencia económica china. 

Pero si un área simboliza mejor que ninguna el viraje actual, es la tecnología. La presencia china en África circula hoy más por cables de fibra óptica que por carreteras y puentes. Huawei gestiona aproximadamente el 70% de la infraestructura 4G del continente y está impulsando el despliegue del 5G en más de 30 países. El ecosistema móvil (es decir, los terminales que tienen en sus manos los africanos) es claramente de matriz china: marcas como Tecno e Infinix superan por sí solas la cuota combinada de Samsung y Apple, capturando más del 40% del mercado. 

El dominio tecnológico no se limita al hardware. Se extiende al software, a los sistemas de pago y, cada vez más, a los modelos de gobernanza digital. Los programas de “Ciudades Seguras”, impulsados por empresas como Huawei, han llevado sistemas de videovigilancia, reconocimiento facial y gestión inteligente del tráfico a países como Kenia, Etiopía o Zimbabue. Del mismo modo, aplicaciones chinas como Boomplay —una suerte de “TikTok africano”— o plataformas de pago móvil como Alipay y WeChatPay se han integrado rápidamente en la vida cotidiana de la juventud africana. China ya no solo construye el suelo que pisan; habita también los dispositivos que llevan en sus manos. 

Sin embargo, este giro tecnológico no ocurre en un continente pasivo. Al contrario: varios países africanos están utilizando esta nueva fase de la relación para exigir condiciones más beneficiosas. Es lo que se conoce como la creciente agencia africana, una tendencia que ha ganado visibilidad en los últimos años. Los gobiernos africanos empiezan a definir prioridades claras, a demandar transferencia tecnológica real y a imponer regulaciones que eviten la fuga de valor añadido. 

Los resultados son tangibles. Marruecos inaugurará en breve la primera gigafactoría de baterías para vehículos eléctricos del continente. Etiopía y Kenia han evolucionado, en tiempo récord, de importar componentes a fabricar sus propios vehículos eléctricos. En Nairobi ya se ensamblan motocicletas y autobuses eléctricos, importando solo las celdas de batería mientras se avanza hacia la fabricación de ciclo completo. Estos hitos serían impensables hace una década sin un cambio de postura negociadora. 

En paralelo, varios países han endurecido sus políticas de gestión de materias primas. Al menos 13 naciones africanas han prohibido la exportación de minerales críticos sin procesar. Esta medida obliga a las empresas —incluidas las chinas— a invertir directamente en plantas de procesamiento local. La creación de zonas económicas especiales, como la ubicada entre Zambia y la República Democrática del Congo para atraer fabricantes de componentes de vehículos eléctricos, refleja una estrategia continental más sofisticada e integrada. 

Todo ello apunta hacia un nuevo equilibrio. China sigue siendo un socio esencial, pero ya no marca en solitario el ritmo de la relación. África, cada vez más consciente de su valor económico y político, está dispuesta a negociar en función de sus propias prioridades de desarrollo. La cumbre Unión Europea-Unión Africana que se celebró hace solo dos meses en Angola ejemplificó perfectamente este mensaje: relaciones de tú a tú con un claro trasfondo de fin y rechazo a cualquier reminiscencia colonial, como así reflejaba la declaración conjunta al final de la cumbre.  

En este escenario, el reto central para los líderes africanos no será reducir la presencia china, sino gestionar una diversificación inteligente de alianzas. Estados como Nigeria o Sudáfrica ya están abriéndose a inversiones de la Unión Europea y Estados Unidos en ámbitos como la energía verde, la seguridad digital o la innovación financiera. La competencia entre potencias puede ofrecer oportunidades, siempre que los gobiernos africanos mantengan firme el rumbo y eviten reproducir dependencias del pasado. 

El desenlace de esta nueva etapa no dependerá solo de Pekín. Dependerá, sobre todo, de la capacidad africana para convertir su creciente poder de negociación en desarrollo inclusivo y sostenible. Un desafío enorme, pero también una oportunidad histórica para un continente joven, dinámico y decidido a ocupar un lugar central en el mundo que viene.