La cruz de los españoles
Esa clase de nombres propios que la onomástica denomina topónimos (España, Perú, Canarias…) y los adjetivos de relación de ellos derivados (español, peruano, canario…) constituyen tipos de palabras de una enorme trascendencia histórica y social, porque representan y hasta crean los territorios que designan, los pueblos que los habitan y las emociones que las gentes sienten hacia ellos. Españoles, peruanos y canarios, por ejemplo, empezaron a existir como pueblos con identidad propia cuando alguien comenzó a llamarlos españoles, peruanos y canarios, respectivamente ¿Qué implican en realidad estos topónimos y gentilicios? Pues implican la tierra que designan en la totalidad de sus constituyentes, buenos y malos, grandes y pequeños, sin exclusión de ninguno de ellos, porque a todos ellos abarcan: es decir, la geografía que la constituye, la climatología que la envuelve y la flora, la fauna y la gente que la habitan, con sus costumbres, actividades e historia (constituida por grandezas y miserias en igual medida) propias. Lo que quiere decir que la semántica denotativa y connotativa de los topónimos y los gentilicios sólo se encuentra completa en la totalidad de su diversidad referencial y social, y que es perverso emplearlos de forma parcial.
Así, el nombre España y el gentilicio español constituyen una unidad indisoluble de información que abarca una geografía muy diversa (peninsular e insular); una flora y una fauna particulares; unos pobladores de las más variadas procedencias (gallegos, vascos, catalanes, baleares, valencianos, andaluces, castellanos, canarios…), con sus culturas, costumbres, gastronomías, formas de hablar, virtudes, defectos, etcétera, particulares; una determinada historia compartida, que va desde la Reconquista, por lo menos, hasta la reforma democrática del 78, pasando por distintas monarquías absolutistas, el descubrimiento, conquista y colonización de América, las guerras de religión europeas, el surgimiento del liberalismo, la experiencia republicana, la guerra civil del 36 y la dictadura de Franco; una historia de heroísmos y cobardías, grandezas y vilezas, en dosis distintas; una determinada tradición espiritual, con místicos de la talla de una Santa Teresa de Jesús, un San Juan de la Cruz o un Fray Luis de Granada; una producción artística de primera fila, con figuras de relieve mundial, como Cervantes, Velázquez, Goya, Unamuno, Juan Ramón Jiménez, Picasso, Moneo…; una producción científica más que decente, en que descuellan sabios como Miguel Servet, Ramón y Cajal y Severo Ochoa; unos éxitos de reconocimiento internacional en deportes diversos, como tenis, fútbol o baloncesto; etcétera. Todo esto, sin excepción, que a unos parecerá irrelevante y a otros sublime, implican ineludiblemente el topónimo España y el gentilicio español, porque todo ello está contenido en la realidad física y humana que ambas voces designan.
Toda realidad implica la suma de cosas buenas y cosas malas, igualmente esenciales en su definición. Lo bueno no se explica sin lo malo, ni lo malo sin lo bueno; si posible es trazar fronteras nítidas en el terreno de la axiología. ¿Se ha respetado en el uso la integridad semántica de nuestras palabras? Pues, generalmente, no. Lo que se entiende a veces por España y español son caricaturas de la totalidad de su carga semántica, poniendo de relieve sus perfiles más negros, y silenciando los que dan gloria, o a la inversa. Pongamos como ejemplo tres de los casos más típicos de esta perversa mutilación semántica que denunciamos. Primer ejemplo: la interpretación que han hecho determinados intelectuales y escritores españoles (Madariaga, Camba, Unamuno, Machado…) de sus paisanos, que definen como envidiosos y cainitas. Unamuno dedicó al problema toda una novela, la novela Abel Sánchez, y Machado llegó a decir que España era “un trozo de planeta/ por donde cruza errante la sombra de Caín”. Segundo ejemplo: la leyenda negra que acerca de los españoles forjaron los europeos, donde aquellos quedan reducidos a exterminadores de protestantes en Flandes y de indios en América. Y tercer ejemplo: la ficción que de España y sus habitantes han urdido los independentistas españoles de las últimas generaciones, donde sus paisanos aparecen retratados como gentes absolutamente intransigentes (“franquistas”, suelen decir); holgazanes, que viven a expensas del trabajo de catalanes, vascos, etc., (“España nos roba”); salvajes o bárbaros, que enardecen el espíritu con espectáculos sanguinarios, como las corridas de toros; insensibles al arte; y profundamente incultos.
En los tres casos aludidos, el procedimiento retórico que se utiliza para forjar el estereotipo es exactamente el mismo: mutilar de forma más o menos sutil la semántica del gentilicio, subiendo de tono la parte más negativa de sus constituyentes y pasando por alto la más noble. Los intelectuales que han definido a los españoles como envidiosos y cainitas no han tenido en cuenta que, además de envidiosos y cainitas (los que lo son), los españoles son también compasivos, solidarios, etcétera, como, por otra parte, reconoce el mismo Antonio Machado en su Juan de Mairena. Los europeos que han considerado a los españoles como inicuos depredadores se han olvidado interesadamente de que, si bien es verdad que hubo españoles que cometieron desmanes en Flandes, Italia, América y otras partes del mundo holladas por ellos, otros muchos realizaron en estas tierras otrora españolas (particularmente, en las comunidades indígenas americanas) un enorme trabajo espiritual, humanitario, artístico y cultural. Y los independentistas que reducen a España y a los españoles a la intolerancia, la holgazanería y la barbarie silencian que, independientemente de Franco y los franquistas, que son ya un anacronismo, en España hay hoy una mayoría social tolerante comprometida con la democracia y la paz; que, aunque pueda haber algún haragán entre ella, como seguramente ocurre también en las misma comunidades autónomas catalana y vasca, la mayor parte de la gente de Andalucía, Extremadura, Castilla o Canarias labora duro de sol a sol para ganar el sustento, sin dar sablazos a ninguno de sus paisanos autonómicos; y que, independientemente de las tasas de incultura que pueda haber en estas comunidades autónomas (que, según las encuestas disponibles, no parece que sean superiores a las de Cataluña o el País Vasco), estos otros pueblos de España tienen unos niveles de instrucción, una literatura, una pintura y una ciencia por lo menos tan importantes como las de ellos.
¿Son inocentes las mutilaciones semánticas que comentamos? Evidentemente, no. Las mutilaciones de la carga semántica de las voces España y español se han perpetrado siempre con una finalidad premeditada, generalmente non sancta o perversa. La mutilación semántica realizada por los intelectuales españoles pretendía llamar la atención sobre lo que ellos consideraban los defectos de sus paisanos, para enmendarlos. La de los pueblos europeos se forjó, entre otras cosas, con la finalidad de disimular su propia intervención en América y su responsabilidad en el expolio de este y otros continentes. Y la de los independentistas españoles parece tener como objetivo hacer proselitismo entre sus seguidores, enardecer a sus masas y justificar su proyecto político secesionista ante la opinión pública nacional e internacional. En todo caso, hay que decir que esta mutilación de la semántica de los topónimos y los gentilicios es inmoral y es peligrosa para la convivencia y la paz. Es inmoral porque supone un descrédito injusto de personas, pueblos y culturas inocentes. Los españoles de Galicia, Cantabria, Valencia, Extremadura o Andalucía, que, por lo demás, tanto han contribuido a engrandecer a Cataluña y al País Vasco, no merecen que se les injurie con esos calificativos de tiranos, holgazanes y bárbaros que se les atribuye con tanta frecuencia, simplemente porque no lo son. Y es peligrosa para la convivencia y la paz porque incitan al odio hacia las personas aludidas, que suelen pagar con el mismo rencor o desdén. Ya se sabe que desdén con desdén se suele pagar. Los españoles que dicen que “los españoles son envidiosos, bárbaros e incultos” se están descalificando a sí mismos, porque, al fin y al cabo, también ellos son españoles, como certifica su propio carné de identidad.