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La Doctrina Monroe sobre el Atlántico Medio: Canarias, el Sahel y el Golfo de Guinea bajo la bota de Trump

Ilustración generada por el autor mediante IA.

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Cuando Donald Trump pronuncia la amenaza velada que España es un “socio terrible” y sentencia con desprecio que “podemos usar sus bases si queremos, podemos volar y utilizarlas”, no asistimos a un simple arrebato de soberbia personal. Estamos ante la actualización agresiva de la Doctrina Monroe, esa vieja máxima del “América para los americanos” que hoy, en su fase de expansión imperialista terminal, de terrorismo estatal internacional, se ha transformado en “el mundo para el complejo industrial militar financierista estadounidense dominado por el sionismo internacional”. La amenaza de ruptura comercial y la exigencia de control absoluto sobre las bases de utilización conjunta de Morón y Rota —en el contexto de la agresión criminal que Estados Unidos perpetra contra Irán y el Líbano junto con la entidad sionista, con el trasfondo del genocidio en Gaza— no constituyen una anomalía en la relación bilateral; representan la aplicación directa de una lógica de protectorado que, por extensión lógica y geográfica, puede alcanzar al archipiélago canario, asimilando las islas a la misma categoría de “activo estratégico” que Trump ya proyectó sobre Groenlandia. Para Washington, el territorio español —peninsular o insular— no es suelo soberano con derechos democráticos, sino un portaaviones fijo e irrenunciable en la arquitectura de dominación imperialista estadounidense de Oriente Medio y del Atlántico Medio. Y si las bases andaluzas son hoy el objetivo explícito de la codicia imperial para la agresión contra Irán, Canarias, por su posición, que es catalogada desde concepciones militaristas neocoloniales otánicas como avanzada hacia África, constituye la pieza silenciosa pero codiciada de este tablero, que ha sido históricamente amenazada con ser arrastrada a una conflagración que no le pertenece.

Esta pretensión de soberanía extraterritorial hunde sus raíces en una constante histórica que el análisis dialéctico permite desnudar con claridad meridiana. Ya a finales del siglo XIX, en 1898, los planes de Estados Unidos para tomar el archipiélago canario estaban sobre la mesa como piezas clave para el control de las rutas coloniales hacia África y Asia, repito… y Asia. Esa misma amenaza latente fue la que José María Otero Novas, ministro que fue del Gobierno del fallecido ex presidente Adolfo Suárez, documentó en sus memorias: el chantaje brutal de finales de los 70, cuando se puso a Canarias en la picota. O España se integraba en la OTAN, aceptando la disciplina del bloque hegemónico, o Washington activaría los mecanismos de desestabilización para desgajar las islas y convertirlas en una colonia militar directa. Hoy, ese mismo chantaje se reedita con el conflicto contra Irán como telón de fondo, pretendiendo convertir el suelo soberano español —primero el peninsular y, después, el canario— en la retaguardia logística de una guerra criminal por el control de la energía y las rutas estratégicas.

Para comprender la totalidad de este movimiento imperial es preciso articular sus diferentes teatros de operaciones en una única mirada dialéctica. Ormuz no es solo un paso marítimo: es el punto nodal donde se articulan energía, finanzas y poder militar; quien controla Ormuz condiciona la reproducción material del sistema mundial. En este sentido, la agresión militar a Venezuela el pasado 3 de enero no fue un episodio desconectado, sino la fase preliminar e indispensable de este ataque a Irán. La lógica del capital en su fase imperial es inexorable: ante la certeza de que atacar Teherán desencadenaría el estrangulamiento del flujo energético global, Washington necesitaba asegurar desesperadamente su propia retaguardia material. Al asaltar y tomar el control de las vastas reservas petroleras venezolanas, Estados Unidos garantizó su suministro de crudo, blindándose contra la crisis energética que ahora ha desatado deliberadamente para asfixiar a sus competidores y subordinar aún más a sus aliados europeos. Venezuela fue, en esta secuencia, la retaguardia energética que permite la aventura contra Irán.

Pero la geografía del expolio no se detiene en Oriente Medio ni en el Caribe. El escenario actual ha desplazado el eje de la agresión hacia el Sur, revelando la continuidad profunda de la expansión imperial. Canarias constituye hoy el vértice estratégico desde el cual se proyecta el control sobre un Sahel soberanista y, sobre todo, sobre un Golfo de Guinea convertido en el nuevo botín de guerra. Si Venezuela garantiza el suministro americano, Nigeria debe garantizar el abastecimiento estadounidense, disciplinando a la OTAN,cerrando el cerco sobre los competidores euroasiáticos. Los brutales bombardeos de EEUU del pasado 25 de diciembre en Nigeria no fueron un episodio de violencia fortuita; son la culminación sangrienta de la lucha por el control del petróleo y el gas nigeriano en un momento de crisis sistémica de recursos. En la lógica de la Doctrina Monroe adaptada a nuestra geografía, Canarias opera como la plataforma imprescindible para la reconquista militar del Sahel (uranio y tierras raras) y para asegurar el flujo de hidrocarburos africanos hacia las metrópolis del capital, garantizando que el Golfo de Guinea quede bajo la égida militar estadounidense frente a cualquier competidor — chino o ruso— que pretenda disputar la hegemonía sobre una de las regiones más ricas del continente.

La pretensión de Trump de disponer las bases españolas “porque quiere”, para una guerra de agresión contra Irán diseñada desde Tel Aviv y Washington, sitúa al archipiélago canario en la primera línea de fuego de una conflagración global, que involucraría al Sahel y al Golfo de Guinea, que no nos pertenece, arrastrando a un pueblo, el canario, que ya expresó en 1986, en referéndum, su rechazo mayoritario a la pertenencia a la Alianza Atlántica. Frente a este imperialismo extractivo y militarista, la respuesta no puede ser la sumisión de un Estado que se dice soberano en la retórica pero que ha actuado históricamente como vasallo, ni la resignación de una ciudadanía atrapada entre dos fuegos. Se hace urgente y vital la exigencia de un Estatuto de Neutralidad para Canarias, una reivindicación que ha cobrado fuerza con el aval y el respaldo de decenas de colectivos sociales, políticos y sindicales en Canarias. Esta herramienta jurídica, amparada por el derecho internacional y con precedentes en territorios como las islas Åland, constituye la única vía para romper las cadenas de la Doctrina Monroe en el Atlántico y blindar a nuestro pueblo frente a las ambiciones de quienes, desde Washington y la entidad sionista, que cuentan con un aliado en la satrapía marroquí, ven en nuestras islas —y en las bases peninsulares— poco más que una gasolinera y una pista de aterrizaje para su maquinaria de guerra, sino como plataforma militar para guerras de agresión y ocupación, sobre todo en el continente africano. La neutralidad no es una opción de conveniencia ni una declaración ingenua en un mundo convulso: es nuestra única garantía de supervivencia frente a la barbarie que hoy amenaza con incendiar Venezuela, Cuba, Nigeria, Irán y el Sahel, y la afirmación más rotunda de que Canarias quiere ser territorio de paz, desnuclearizado, con un Estatuto de Neutralidad para ser puente de cooperación equitativa y de relaciones pacíficas entre pueblos, no base de agresión contra ellos.

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