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La gente del filo de la noche

8 de noviembre de 2026 18:38 h (Hora canaria)

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Vivimos últimamente como si lo que nos hubiera hecho humanos no fuera el primer momento en que nos necesitamos: la primera evidencia de un hueso roto que sanó, lo que significa que alguien, quizá un Homo erectus, trascendió su propia supervivencia y cuidó de otro ser humano hasta que le sanara el hueso más largo y fuerte de su cuerpo. Fueron importantes la industria lítica, el arte, el lenguaje, el protoestado, el metal, pero lo que nos hizo crecer en conjunto fue poner en común nuestra vulnerabilidad.

Vamos entonces cuesta abajo y sin frenos en la dirección contraria a nuestra razón de ser: privatizamos los espacios donde poner ideas en común, le contamos nuestros problemas a un robot y aumentamos cada día la tolerancia al dolor ajeno. Y, lejos de hacer autocrítica, nos drogamos con discursos de odio para que la culpa de nuestra soledad sea de otro que está peor: en una patera en medio de un Atlántico amenazado por tormentas, achicando agua en una tienda de campaña en Gaza o contando las horas porque el mismo día de la huelga general de la vivienda le van a desahuciar.

Y yo les aseguro que el poder, todo él, se frota las manos si, haciendo este ejercicio de egoísmo, le quitamos tareas de su agenda. Cada vez que tragamos con la palabra “invasión” en lugar de exigir vías seguras para el derecho humano a migrar -que a todos nos llegará-, cada vez que se deja solos a los vecinos de El Hierro enterrando sin nombre y con un número a los migrantes que se traga el mar, cada vez que permitimos que recaiga solo en las ONG el trabajo de recibir las llamadas de las familias desde los lugares de origen porque quieren saber si sus hijos están vivos, muertos o a bordo de un cayuco lleno de cadáveres que aparecerá en el Caribe, el poder tacha tareas de su agenda. Cada vez que dejamos que una noticia de una ocupación -seguida de un anuncio de alarmas- nos haga perder el foco de la brutalidad de los desahucios que aún hoy, un mes después de la muerte de Maricarmen y del posterior decreto, se ejecutan en España, los dirigentes tachan una tarea de su agenda. Es su trabajo y su responsabilidad, y los entierros de niños en El Hierro son también un asunto de Estado.

Sacudirse el privilegio es también darse cuenta de que, a esta hora, en Gaza un niño de la edad de tu sobrino está viviendo una tormenta muy diferente a la de los niños en Gran Canaria. Algunos niños de Gaza están achicando agua y llorando de rabia; otros, con la mirada perdida, se dan cuenta muy pronto de aquella sospecha que tenía Aldous Huxley de si la Tierra no es más que el infierno de otro planeta.

Docentes de instituto, universidad y FP: paren la programación. De verdad que puede que después del 29 de noviembre no haya nada más urgente. Paren la programación. Vayan a presenciar un desahucio y cuéntenles a los alumnos lo que vieron. Vayan al desembarco de una patera, cuando la tripulación de la salvamar llega exhausta, con la terribilità en los ojos por las vidas rotas que ha visto y los testimonios que ha oído. Pongan en clase la película La voz de Hind Rajab. Apelo a ustedes porque siempre han sido un faro y tienen en sus manos el poder más grande. Hay que volver a sanar el fémur, a asumir, como decía la canción de Queen en la parte en que entra David Bowie, el reto de preocuparse “por la gente que está sobre el filo de la noche”.