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Todos tenemos una historia en el Hospital Insular

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Hay lugares que no se explican solo con planos, organigramas o partidas presupuestarias. Hay lugares que se explican con una mano apretada en silencio, con un pasillo recorrido a deshora, con la mirada de quien espera noticias y con el alivio, a veces pequeño, a veces inmenso, de sentirse cuidado. El Hospital Insular de Lanzarote es uno de esos lugares. Y por eso, cuando se habla de su futuro como si fuera una pieza intercambiable, a esta isla se le encoge algo por dentro.

Ese hospital no nació de la casualidad. Es el resultado del esfuerzo de generaciones que entendieron que una isla solo avanza de verdad cuando cuida a los suyos. Fue el primer hospital moderno de Lanzarote, levantado a mediados del siglo pasado por iniciativa del doctor José Molina Orosa, una figura clave en nuestra memoria colectiva. 

Y no, no es, ni fue nunca, un asilo, ni una residencia. Es un hospital, con reconocimiento legal, y con una trayectoria que ha sostenido la sanidad pública insular durante décadas. 

Pero si su historia emociona, lo que de verdad lo convierte en imprescindible es su gente. Porque cuando una familia recuerda el Hospital Insular, no recuerda una fachada. Recuerda nombres, miradas, gestos. Recuerda esa enfermera que se quedó dos minutos más para explicar lo que nadie te había explicado. Recuerda el personal auxiliar que te acomoda la manta sin que se lo pidas. Recuerda a quien te acompaña al ascensor cuando las piernas te tiemblan. Recuerda a profesionales que han hecho de la sanidad algo más que un servicio: un acto de humanidad.

Cuidar a quien cuida no es un eslogan bonito: es una obligación moral y política.

Y por eso lo digo sin rodeos: esto no es mover paredes. Cuando se habla de cambiar la ubicación del Hospital Insular, no se está hablando de una mudanza administrativa. Se está hablando de alterar un engranaje de cuidados que funciona porque lo sostienen personas concretas, equipos que se conocen, rutinas clínicas construidas con años y una cultura de atención que aquí se ha ganado el respeto de Lanzarote.

La sanidad pública se sostiene sobre hombros concretos. Sobre manos que curan, que calman, que levantan a quien no puede. Sobre profesionales que, muchas veces, han trabajado con más vocación que recursos y con más responsabilidad que reconocimiento. Y también sobre su estabilidad: la de saber a qué atenerse, la de poder planificar, la de no vivir en la incertidumbre permanente. A ese personal hay que cuidarlo. Y hay que cuidarlo también cuando se toman decisiones políticas: escuchándolo, respetando su trabajo y evitando que, bajo el discurso del ‘traslado’, se ponga en riesgo lo que de verdad importa. Cuidar a quien cuida no es un eslogan bonito: es una obligación moral y política.

En su última etapa, el Hospital Insular se especializó en geriatría y se convirtió en un referente reconocido más allá de la isla. Un gran centro de referencia en Canarias, con un modelo de organización que llamó la atención de profesionales de fuera.

 Y además, esto es importante recordarlo, es el único hospital geriátrico de Canarias, con una trayectoria de décadas acompañando a las familias en los momentos más delicados de la vida de sus mayores. 

Cuando hablamos de mayores, no hablamos de números. Hablamos de la gente que levantó esta isla. Y si hay un lugar donde esa verdad se ha tratado con respeto, ha sido aquí. También se habla poco, demasiado poco, de algo que debería llenarnos de orgullo: el Hospital Insular ha formado generaciones de profesionales y cumple un papel docente singular en Canarias. Es el único centro del Archipiélago que forma residentes en geriatría y forma parte de las unidades docentes de geriatría existentes en España. 

Esa función no se improvisa. Esa función se construye con años de trabajo, con equipos estables, con experiencia acumulada, con prestigio ganado día a día.

Y luego está lo que no se ve en los titulares, pero que pesa como una montaña en la vida real: los cuidados paliativos. La forma en la que una sociedad trata a sus mayores y acompaña el final de la vida dice más de ella que mil discursos. En Lanzarote, infinidad de familias guardan el recuerdo de la calidad humana de sus profesionales y de cómo se vivieron allí momentos durísimos con respeto, delicadeza y dignidad. 

Por todo esto, cuando alguien pretende reducir el Hospital Insular a una pieza que se mueve de un lado a otro como si diera igual, Lanzarote se revuelve por dentro. Porque no da igual. No da igual perder un centro que ha sido referencia. No da igual debilitar un lugar donde se han acompañado vidas enteras. No da igual jugar con la estabilidad de un equipo humano que ha hecho tanto con tan poco. Y hay una idea que me preocupa especialmente, porque a veces es así como se hacen los retrocesos: no hace falta cerrar una puerta de golpe para desmantelar un servicio. 

A veces basta con ir quitando funciones, diluyendo el papel, restando recursos, moviendo piezas sin explicar nada. Lo que se vacía por dentro, un día deja de sostenerse. Y ese día siempre llega con una frase cínica: “ya no tiene sentido”. Claro que no tiene sentido… cuando antes lo han dejado sin contenido.

Por eso, cuando afirmo que el PSOE no va a permitir que se carguen el Hospital Insular y que la sociedad lanzaroteña lo va a impedir, no estoy hablando de una consigna. Estoy hablando de algo profundo: este hospital es de la gente. Y la gente lo siente como suyo porque ha estado ahí cuando más falta hacía.

Defender el Hospital Insular es defender una manera de entender la sanidad: cercana, humana, especializada y digna. Es defender la historia de un centro que nació del empuje colectivo. Y es, sobre todo, defender a quienes lo han sostenido cada día: su personal.

Yo quiero que se hable del Hospital Insular como se habla de lo importante: con respeto. Quiero que se reconozca su trayectoria y la entrega de quienes lo han hecho grande. De hecho, desde el PSOE ya se planteó que su trayectoria merecía el máximo reconocimiento institucional, proponiendo solicitar para el hospital la Medalla de Oro de Canarias por su brillante recorrido. 

Pero, más allá de medallas, lo que merece es algo aún más sencillo y más urgente: que se proteja su papel y se cuide a su gente.

Todos tenemos una historia en el Hospital Insular. Y precisamente por eso, entre todas y todos, vamos a evitar que nadie escriba un final que no nos pertenece.