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La indignación

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En un regreso en tren de Valladolid y Segovia, volví a sentarme en la terraza del Círculo de Bellas Artes de Madrid: tienen estufas. Antes, pasé por la tienda pero ya se había agotado el catálogo de la exposición de Robert Capa. Se había agotado para siempre, me dijo una joven encargada. Qué pena. Por eso acabé en la terraza, por la esperanza de que volviera a pasear por delante Ella, cual aparición vespertina, pero no lo hizo. Muy cerca, una pareja discutía acerca de la calidad de los votos, de unos y de unas respecto a otras y otros. Es decir, cuestionaban la democracia como organización de la sociedad. Creía que ese debate estaba superado, pero no, vuelve a las mentes más iluminadas.

Aquella pareja eran un par de indignados, no como los de hace diez o quince años, en nuestra sociedad y en la francesa, es cosa distinta. Me lo dijo el ectoplasma de Durruti, errante como siempre por la zona, que acudió en busca de un gin-tonic, “probablemente nunca mais, ya sabes, es como una primera comunión, o lo fue.” No supe hasta la noche a qué se refería, si a la ausencia de la paseante que esperaba o al ambiente filosófico calvinista y carpetovetónico que nos invade. Hay personas ingenuas y bienintencionadas que repiten lo de no repetir la historia, citan a Nietzsche con bastante desconocimiento, “el eterno retorno de lo idéntico” y se consuelan diciendo que lo de Estados Unidos es similar al nacimiento del nazismo hace cien años. Mientras tanto, nada: a la extrema derecha que discute en las terrazas sobre la idoneidad de los votos, su igualdad, y clasifica a las personas según sus creencias y colores, y religiones y orígenes, se la deja campar a sus anchas por Europa. Están en la cámara de Estrasburgo gracias a la democracia que se quieren cargar. Amor y pedagogía, pero en el sentido casi contrario al que escribió Unamuno una de sus primeras novelas.

Amor y pedagogía en todas partes, en todas las terrazas, en todos los medios, por todos los canales. Ella también lo decía, más bien creí oírlo porque en ninguna ocasión dijo mucho. Sonrió, eso sí, y con la distancia del disimulo y la timidez de las pestañas, anunció un temporal que ahora tenemos, en la Península y en Canarias.

La indignación es como el sarampión que ahora se revuelve, si no te vacunas puedes contraerlo a estas alturas del siglo XXI. La Organización Mundial de la Salud nos lo recuerda porque muchas personas en este país, más o menos un 22%, no creen que el ser humano haya estado en la luna, y unos pocos menos piensan que la tierra es plana. Eso no lo dicen mirando a nuestro satélite, lo suelen decir cara al sol, por las mañanas, cargados de indignación y de dialécticas de puños y pistolas. Es un aviso.