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Dos orillas y un abismo: lo que hay detrás del nuevo repunte de la Ruta Canaria

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Durante la mayor parte de este 2026, todo parecía indicar que la presión migratoria sobre Canarias había descendido de manera sustancial. Las cifras llegaron a registrar caídas superiores al 60% respecto al año anterior y, en determinados momentos, de más del 85%. Pero octubre y esta primera semana de noviembre han cambiado abruptamente la fotografía. 

En los 31 días de octubre llegaron a las islas 6.194 personas en 65 embarcaciones, casi el doble de las 3.708 recibidas durante todo el primer semestre. Es el octubre con mayor número de llegadas desde el año 2023, cuando se registró el peor mes de la historia de la llamada Ruta Canaria o Ruta Atlántica de la migración. El balance acumulado hasta el 31 de octubre se sitúa ya en 13.327 personas, apenas un 5,5% por debajo del mismo periodo de 2025. 

Casi la mitad, el 46,5% de todas las personas llegadas a Canarias durante los diez primeros meses de 2026, lo hizo solamente en octubre. La dinámica se ha intensificado en los cinco primeros días de noviembre: hasta el momento de terminar este artículo, 3.200 migrantes en 39 embarcaciones entre el lunes y el jueves de esta primera semana del mes. La mayor parte de las llegadas (2.300) ha sido a la isla de El Hierro, con cayucos procedentes de Senegal y Gambia. 

¿Y qué está ocurriendo? No existe una explicación única. En los movimientos migratorios intervienen la meteorología (octubre siempre conlleva repuntes por la mejora del estado de la mar), la actividad de las redes que organizan las salidas, la vigilancia de las costas, las relaciones entre los países de origen y tránsito y, naturalmente, las expectativas de quienes deciden emprender el viaje. 

Siempre hay elementos coyunturales, pero si tuviera que explicar qué ocurre estas últimas semanas que haya reactivado las salidas desde Senegal y Gambia, en esta ocasión la respuesta está en la crisis económica y la falta de expectativas de los jóvenes senegaleses ante la situación política en su país. 

Ya en anteriores artículos les he hablado de la extraordinaria desigualdad económica, la enorme brecha que separa una orilla, la africana, de la de Canarias. Hagamos, pues, el ejercicio de tratar de visualizarla. 

Canarias cerró 2025 con un PIB por habitante de 27.190 euros, un 20,6% por debajo de la media nacional. Canarias, recordemos, es una de las regiones con menor PIB del conjunto del Estado. 

Pero basta cruzar el Atlántico para que la perspectiva cambie radicalmente: el PIB por habitante de Senegal fue de unos 1.734 euros en 2025 y el de Gambia de apenas 815 euros, según los datos del Banco Mundial que hemos utilizado para esta comparación. Dicho de otro modo, el PIB por habitante de Canarias multiplica por casi 16 el de Senegal y por más de 33 el de Gambia. 

Esto no significa que un canario sea 16 veces más rico que un senegalés, pero el dato del PIB per cápita permite visualizar la enorme diferencia en la capacidad de las economías de ambas orillas para generar empleo, financiar servicios públicos y ofrecer expectativas de futuro. 

El caso de Senegal es paradójico. Su economía registró un fuerte crecimiento en 2025, impulsada, entre otros factores, por el inicio de la explotación de hidrocarburos en sus costas. Sin embargo, las perspectivas para 2026 son mucho menos favorables, en un contexto marcado por la crisis de la deuda, los ajustes presupuestarios y las dificultades financieras. Y a las incertidumbres económicas se han añadido las políticas: para resumirlo en pocas palabras, el gobierno senegalés se partió en dos, y los que en 2024 formaron un tándem electoral que ilusionó y movilizó a la juventud (el presidente Faye y el primer ministro Sonko) ahora hacen política enfrentados, bloqueándose iniciativas presupuestarias y generando, lamentablemente, cierto sentimiento de desesperanza. 

No significa que exista una relación directa entre esa crisis política y cada cayuco que abandona las costas senegalesas. Pero sí importa el clima social en el que alguien decide quedarse o marcharse. La frustración migratoria no procede únicamente de la pobreza. También puede surgir si a cada nueva noticia se agranda la distancia entre expectativas y realidad. 

La estructura laboral senegalesa está marcada, además, por una informalidad extraordinariamente elevada, especialmente entre los jóvenes. Para buena parte de la población, la cuestión no es simplemente disponer o no de una ocupación, sino cuánto permite ganar y si proporciona alguna posibilidad real de independizarse, sostener una familia o construir un proyecto vital. 

En Gambia aparecen problemas parecidos. Hay, además, un indicador revelador: las remesas enviadas por los gambianos residentes en el extranjero equivalen a cerca del 23% de su PIB. Cuando las remesas adquieren ese peso, la emigración deja de ser exclusivamente una aventura individual. Forma parte también de estrategias familiares y del imaginario económico del país. 

Así que, con la mejora del estado de la mar, muchos jóvenes han concluido que este es el momento de partir: incluso el riesgo de naufragar les parece más asumible que la perspectiva de quedarse sin futuro. 

Porque el riesgo al naufragio sigue igual de presente: entre enero y mayo de este año, 635 personas murieron o desaparecieron en la Ruta Canaria, según los datos de Caminando Fronteras. En ese mismo periodo llegaron a las islas 3.184 personas. La comparación es estremecedora: por cada cinco personas que consiguieron alcanzar Canarias, otra murió o desapareció en el Atlántico. Aunque esas cifras no permiten calcular un riesgo individual, sí dan una idea de la extraordinaria letalidad del trayecto, la ruta marítima migratoria más peligrosa del mundo. 

Y, pese a ello, las salidas continúan. 

La vigilancia de las costas, la cooperación con los países de origen y la lucha contra las redes de tráfico son necesarias, entre otras razones, para evitar muertes. Y es importante señalar que en estos momentos la colaboración entre las autoridades españolas, senegalesas y gambianas para evitar las salidas es aceptable: se percibe afán de cooperación y existe la conciencia de que hay que controlar y evitar las salidas irregulares. Pero difícilmente conseguirán eliminar por sí solas una dinámica tan alimentada esta vez por esta profunda diferencia de oportunidades. 

Senegal no es un país sin futuro. Es un país con un potencial enorme. Tiene petróleo y gas, una sólida tradición democrática, una sociedad civil dinámica y una población extraordinariamente joven. Pero atraviesa uno de esos momentos en los que los grandes indicadores macroeconómicos y las expectativas de su ciudadanía parecen caminar en direcciones diferentes. Ojalá podamos cooperar más y mejor, porque sabemos que esa es la única solución posible.  

Mientras quedarse signifique para demasiados jóvenes esperar un futuro que nunca llega, habrá quienes miren al Atlántico y vean, más allá del peligro, una posibilidad de cambiar su vida. 

En momentos como éstos en los que se multiplican las llegadas y se saturan nuestros servicios de acogida, yo quiero recordar que a nosotros nos corresponde no perder la memoria ni la humanidad, por mucho que arrecie en el mundo el discurso contra la inmigración. 

La geografía nos sitúa en esta frontera; nuestra propia historia debería ayudarnos a empatizar con quienes la cruzan. No hace tanto, nuestros padres, hermanos o amigos partían hacia Venezuela o Cuba en busca de las oportunidades que aquí no encontraban. Hoy recibimos a jóvenes que se juegan la vida persiguiendo esa misma esperanza. Recordarlo no resuelve por sí solo los desafíos de la migración, pero nos enseña que debemos afrontar este fenómeno desde la dignidad que compartimos, y no desde el odio y el miedo con que algunos tratan de cubrirlo todo.