Espacio de opinión de Canarias Ahora
Pedro Piqueras
Hay otros desayunos en Madrid que no pasan por el hotel Ritz ni por el Four Seasons. En este caso, por el número 24 de la Gran Vía, donde se sitúa el histórico edificio Casino Gran Vía. El martes 11, la Federación de Asociaciones de radio y televisión de España –un organismo con más de setenta años a sus espaldas y que ahora preside el colega y amigo Juan Ignacio Ocaña- convocó allí café con leche y bollería fina para compartir conversación y novedades varias con el periodista Pedro Piqueras, retirado ahora de las faenas cotidianas de los informativos de televisión y muy enfrascado en la docencia informal y en la escritura, la cual dará fruto a un libro en abril.
Pero como en abril aguas mil, Piqueras nos adelantó algunas reflexiones y no pocas sagacidades que antaño parecerían obvias pero que hogaño resultan esenciales por ausencia. Pedro Piqueras es una persona sensata, siempre he pensado que ahí radica gran parte de su éxito como periodista, y así ejerció en su intervención y en las respuestas a las personas que osaron preguntarle algo. Pero los ambientes, sobre todo en Madrid, son lo que son: un horror. Y con el reconocimiento unánime de la polarización reinante, que, según Piqueras, la política ha trasladado a la sociedad, a las comidas, a los cuñados y a las cuñadas y a las cenas familiares, alguien dijo que Pedro Sánchez era igual que Trump firmando decretos en el despacho oval. Piqueras sonrió en silencio. Yo también, qué le vamos a hacer. Y aunque el periodismo rehúye ahora recordar la historia, Piqueras insistió mucho en ello, con acierto, y en los peligros de las mentiras. Muchas nostalgias, puede ser, pero da gusto escuchar una voz calmada y atenta en medio del apocalipsis permanente de las tertulias y cenáculos varios que campan por sus fueros y por todas partes, especialmente en Madrid, Villa y Corte, que asume con pacata ignorancia sus fiestas taurinas de San Isidro con un cartel promocional con una foto de una sobrina del rey Felipe VI, ¡manda carallo en La Habana! que dirían en mi pueblo. Pero da igual porque por las calles madrileñas hay mucha gente que no sabe dónde está La Habana, aunque la deteste, y mucho menos dónde habita el carallo vintenove: otro gallo les cantaría si lo supieran.
Cuando salí del Casino, en un autobús vacío, me acordé del hotel Florida, en Callao, hace muchos años demolido para levantar un gran almacén. Allí moraron Hemingway, Martha Gellhorn, Dos Pasos y Robert Capa, entre otras y otros, adecuadamente pastoreados por nuestro Arturo Barea. No conocí a Barea, claro, solo lo he leído. Sin embargo, con los muchos años de por medio, hubo un no sé qué de la bondad supuesta del personaje Barea que me llevó a la bondad evidente de Pedro Piqueras. Será la Gran Vía, siempre repleta de gentes y de fantasmas.