Ser la primera no basta
Rosa Dávila repite con frecuencia un dato que, en efecto, tiene relevancia histórica: es la primera mujer que preside el Cabildo de Tenerife desde que existe la institución. Y ese hecho, por sí mismo, merece ser reconocido. Durante demasiado tiempo, los puestos de máximo poder político fueron espacios casi exclusivamente masculinos, de modo que cada mujer que llega por primera vez a uno de ellos rompe una barrera simbólica que no conviene despreciar.
Pero el problema empieza cuando el símbolo pretende sustituir al legado.
Porque la historia pública no recuerda igual a todas las mujeres que fueron las primeras. A algunas las recuerda porque, además de llegar, abrieron camino. Clara Campoamor no fue importante solo por ocupar un escaño: convirtió su presencia institucional en una conquista histórica para las mujeres, defendiendo el sufragio femenino. Carme Chacón no quedó en la memoria solo por ser la primera ministra de Defensa: aquella imagen suya, embarazada, pasando revista a las tropas, se convirtió en una impugnación visual de viejos prejuicios sobre la autoridad, la maternidad y el poder. María Teresa Fernández de la Vega no destacó únicamente por ser la primera vicepresidenta del Gobierno, sino por asociar ese lugar a una agenda política que colocó la igualdad en el centro de la calidad democrática.
Ese es el verdadero listón: no ser la primera para una misma, sino ser la primera que deja algo para las demás.
Y conviene subrayar, además, que en Canarias ese camino no empezó con Rosa Dávila. Otras mujeres ya han ocupado presidencias insulares. Ahí están Sebastiana Perera y María Dolores Corujo en Lanzarote; María Eugenia Márquez en Gran Canaria; Guadalupe González Taño y Nieves Lady Barreto en La Palma; Belén Allende en El Hierro; y ahora Lola García en Fuerteventura. Todas ellas demuestran que el liderazgo femenino en los cabildos ha sido una realidad construida, con esfuerzo y a menudo en soledad, por mujeres que ya habían abierto ese camino para todas.
También conviene recordar que Tenerife ya ha tenido mujeres con una presencia enormemente simbólica al frente de instituciones que marcan el pulso político insular. Ana Oramas en La Laguna y Patricia Hernández en Santa Cruz de Tenerife encabezaron dos de los ayuntamientos más decisivos de la isla. fueron liderazgos observados en toda la isla y contribuyeron a consolidar una imagen de autoridad femenina en espacios de máximo poder municipal.
Y ahí es donde el caso de Rosa Dávila merece una mirada menos complaciente. Porque si una presidenta quiere convertir su condición de “primera mujer” en un elemento central de su relato político, también tiene que aceptar que se le pregunte qué ha hecho con ese capital simbólico. Y la respuesta, al menos hasta ahora, resulta bastante menos brillante que el eslogan.
El primer dato es muy elocuente. Cuando Rosa Dávila tomó posesión y organizó el gobierno del Cabildo, las tres vicepresidencias recayeron en hombres. Solo después de que el PSOE impulsara una moción reclamando presencia femenina en las vicepresidencias, el Cabildo corrigió esa composición y nombró a mujeres en puestos posteriores (la 4ª y 5ª vicepresidencia). Ese detalle importa. Porque muestra que el primer impulso de su mandato no fue precisamente feminizar la estructura real del poder. En política, como en casi todo, también importa mucho lo que una dirigente hace sin que nadie la obligue.
El segundo dato es todavía más revelador: el peso político otorgado al área de igualdad. En la etapa anterior, el Cabildo había contado con una consejera delegada de Igualdad y Prevención de la Violencia de Género. Sin embargo, con la estructura de Rosa Dávila, Igualdad y Diversidad se unen y su gestión operativa pasó a una Dirección Insular ocupada mediante designación directa. Una figura orgánicamente inferior a una consejería ocupadas por cargos electos. Dicho de otra manera: el área no ganó rango político; lo perdió. No se eleva el área: se tecnifica, se subordina y se le resta centralidad política.
Hoy, las políticas de igualdad como las políticas sociales se han caracterizado por ser políticas de eventos y patrocinios. Es decir, acciones pensadas más para el foco mediático y publicitario que para abordar de fondo los problemas de quienes más lo necesitan: la población más vulnerable y, de forma muy concreta, muchas mujeres que siguen sufriendo desigualdad, precariedad, sobrecarga de cuidados o violencia.
Se ha visto a Rosa Dávila en múltiples escenarios entregando premios, recibiendo premios, haciendo homenajes, participando en actos vistosos y desarrollando actividades muy visibles desde el punto de vista mediático. Y no hay nada malo en reconocer trayectorias, en celebrar fechas o en apoyar campañas de sensibilización. El problema aparece cuando esa política de escaparate sustituye a la política transformadora.
Pero la contradicción no termina en la foto ni en el organigrama. Rosa Dávila gobierna con el Partido Popular y ha dejado en manos de ese partido las políticas contra la violencia de género. Del mismo Partido Popular que combatió en el Tribunal Constitucional la ley integral contra la violencia machista, aunque el propio Constitucional avaló después el núcleo de esa norma. Y del mismo Partido Popular que hoy vuelve a sentarse con Vox para negociar gobiernos autonómicos en varias comunidades, con las políticas de igualdad sobre la mesa como precio de los acuerdos.
Uno de los rasgos políticos más visibles del ciclo que vive Tenerife es la normalización de acuerdos con Vox en instituciones municipales clave de la isla. Vox está hoy en los gobiernos municipales de Arona y de Granadilla de Abona. Esa cadena de acuerdos fue respaldada políticamente por la dirección de Coalición Canaria, y Rosa Dávila, como responsable insular del partido, forma parte de ese aval político.
Visto así, el balance adquiere una ironía difícil de ignorar: el gran legado del tiempo político que encarna Rosa Dávila es un clima político en el que el machismo organizado encuentra cada vez menos barreras para acercarse al poder.
El símbolo sigue ahí, sí. Pero el legado ya es otra cosa.
Por eso el problema no es que Rosa Dávila recuerde que es la primera mujer presidenta del Cabildo de Tenerife. El problema es que, a estas alturas, cuesta más identificar qué ha hecho esa presidencia por las demás mujeres de la isla que contabilizar su presencia en actos, homenajes, entregas de premios y campañas de imagen.
Y en eso reside toda la diferencia entre una mujer que llega y una mujer que deja huella.