Siempre con las víctimas
Hay frases que no deberían pronunciarse jamás. Frases que te dejan helado. “Los menores me han provocado” no es solo una aberración: es el reflejo de una mentalidad que durante años ha protegido a quien agrede y ha dejado sola a la víctima.
El caso de Tenerife, con la grabación que ahora sale a la luz, no habla de un hecho aislado ¡que va!, sino de una dinámica de encubrimiento. Un niño de nueve años denuncia abusos, un niño… Su familia acude a la Iglesia… y la respuesta es pedir silencio y cambiar al cura de parroquia. No es solución: es ocultación. Es trasladar el problema y perpetuar el daño. Tremendo.
A la violencia del abuso se suma otra igual de cruel: la institucional. Y una tercera, devastadora, la social. Un menor que, además de sufrir, tiene que demostrar que dice la verdad mientras su entorno duda o mira hacia otro lado.
Lo más grave no es solo lo que ocurrió, sino cómo se justificó. Culpar a los menores no es un error: es parte del mecanismo que permite que estos abusos se repitan.
Aquí no hay matices posibles. La víctima tiene razón. La víctima merece justicia. Y sobre todo, merece algo que durante demasiado tiempo se le negó: ser escuchado.
También es momento de exigir responsabilidades. No es suficiente con reconocer y decir son “errores del pasado”. Cuando se aconseja a una familia que no acuda a la justicia, se está obstaculizando el derecho más básico: el de buscar protección. Cuando se ocultan abusos, se está colaborando con ellos. Eso es así.
Este caso, como tantos otros, nos obliga a mirar de frente una realidad incómoda, que no gusta. Pero sobre todo, debe obligarnos a posicionarnos. Y en esto no hay equidistancia posible: o se está con la víctima o se está contribuyendo al silencio, que es lo mismo que ponerse de parte de quien agrede.
Porque cuando se calla, cuando se encubre, cuando se mira hacia otro lado, no se protege a la institución. Se protege al agresor.
Y eso no está bien. Yo diría que es pecado, y de los mortales.