Un manifiesto preparatorio de una manifestación por la democracia real ya supera las 5.000 firmas

Ya son más de 5.100 personas han firmado el manifiesto de partida para que toda Canarias salga la calle el próximo 26 de septiembre, sábado, a las 12.00 en defensa de la democracia real, la vida digna y la defensa de lo común.

El manifiesto reclama recuperar la confianza en “lo común” y exigir que derechos básicos como la vivienda, el trabajo y el cuidado estén garantizados ante las amenazas que se ciernen sobre ellos en la actual coyuntura política y la que amenaza con constituirse.

Los promotores denuncian una erosión sistemática de los derechos fundamentales y que la actual situación no responde a prohibiciones explícitas, sino a un “vaciamiento” de derechos que convierte el acceso a una vida digna en una “carrera de agotamiento” administrativa y vital.

El texto critica el modelo vigente, que prioriza los intereses económicos sobre la dignidad humana, afectando especialmente a los colectivos más vulnerables, incluyendo mujeres, personas pobres, migrantes, personas racializadas, trans y mayores.

El movimiento pone el foco en la precariedad específica que padece Canarias, donde fenómenos como la crisis de vivienda, las dificultades laborales y la burocracia impiden que gran parte de la población desarrolle un proyecto de vida sólido.

Además, advierte sobre el uso del miedo, el odio y el ruido mediático para gobernar y desviar la atención de los problemas estructurales que afectan a la ciudadanía.

“La democracia se vacía desde dentro cuando lo importante se decide lejos de la vida común”, señala el documento, que subraya que la convocatoria no busca “el cambio de siglas o banderas, sino una respuesta colectiva para garantizar que la vivienda no expulse, que el trabajo no destruya y que cuidar no sea una condena privada”.

El llamamiento concluye con una declaración de principios sobre la esperanza entendida como acción colectiva: “Los derechos no deben suplicarse, ni agradecerse, ni mendigarse. Se ejercen, se defienden y se cuidan”.

Este es el texto íntegro, que se puede firmar escribiendo a canariasporlapaz1@gmail.com

Manifiesto: defender lo común 

Vivimos una época que está aprendiendo a desprenderse del derecho a la vida. Lo hace con palabras limpias. Con promesas de orden. Con proclamas de libertad. Con discursos de seguridad. Con leyes que dicen proteger mientras estrechan la vida. Con titulares que llegan antes que la verdad. Con instituciones que conservan su forma, pero olvidan para qué existen. No siempre se destruye el derecho prohibiéndolo. A veces basta con vaciarlo. Con hacerlo lento, caro, humillante, sospechoso, inaccesible. Basta con convertirlo en trámite, en espera, en miedo, en procedimiento, en una carrera de resistencia que solo pueden terminar quienes aún conservan fuerzas. 

Así es como se cae el derecho. Cae cuando una vida tiene que demostrar una y otra vez que merece ser vivida con dignidad. Cae cuando la pobreza se convierte en culpa, la migración en amenaza, la libertad de los cuerpos en exceso, la diferencia en problema, los cuidados en debilidad y la protesta en desorden. Pero, sobre todo, cae cuando se instala la idea de que algunas vidas importan menos y, por tanto, pueden ser tratadas con menos humanidad. 

Eso no ocurre por accidente. Antes de golpear un derecho, siempre se prepara el suelo. Primero se deshumaniza. Después se señala. Luego se aísla. Más tarde se castiga. Y, finalmente, se nos dice que todo era necesario para defender la libertad. 

Pero eso no es libertad. No es libertad usar el miedo para gobernar o convertir el odio en identidad. No es libertad humillar a quien tiene menos poder. No es libertad tratar la vida común como una molestia. No es libertad permitir que unas pocas personas vivan sin límites mientras la mayoría aprende a sobrevivir con derechos cada vez más pequeños. 

Eso es violencia con buena apariencia y un perfume muy caro. Lo vemos en todo el mundo. Lo vemos en los sures. Allí donde el orden se usa para justificar la crueldad. Allí donde la justicia deja de proteger y empieza a disciplinar. Allí donde la protesta es tratada como amenaza antes de escuchar su causa. Allí donde la pobreza se persigue antes de repararse. Donde se invoca la libertad para autorizar la agresión, el desprecio y el castigo sobre quienes ya estaban en los márgenes. 

Y es que nos engañamos al mirar esos lugares como si fueran lejos. Son advertencias. Porque esa forma de romper el derecho también atraviesa el Estado. Cuando el poder judicial deja de aparecer solo como garantía y empieza a ser utilizado como campo de batalla. Cuando un procedimiento sirve para desgastar. Cuando una denuncia intimida antes de esclarecer. Cuando una investigación se convierte en acusación pública. Cuando la sospecha funciona como condena anticipada. Cuando el miedo a hablar empieza a ordenar lo que se puede decir y lo que conviene callar. 

Y para justificar el relato de la falsa liberación, los medios de comunicación comienzan a fabricar el clima. Decidiendo qué dolor merece compasión y cuál merece desprecio. Qué rabia es legítima y cuál debe ridiculizarse. Qué violencia se condena y cuál se justifica. Qué vida aparece como ciudadanía y cuál aparece como problema. 

La democracia se vacía desde dentro cuando votar sigue siendo posible, pero lo importante se decide lejos de la vida común, cuando la ley se usa para asfixiar el derecho. Cuando el debate público se llena de ruido para que no podamos nombrar lo esencial. Cuando la libertad se convierte en coartada para romper los vínculos que todavía nos sostienen. 

Y es que aquí en nuestra tierra. En Canarias, donde se nos pide amar una tierra en la que cada vez es más difícil vivir. Donde se habla de identidad mientras demasiada gente solo aparece para servir. Donde se limpia, se cocina, se cuida, se atiende, se acompaña, se obedece y se calla para sostener una riqueza que no vuelve a las manos que la producen. También está pasando.  

Aquí, donde la vivienda expulsa. Donde trabajar no garantiza vivir. Donde los cuidados revientan en los cuerpos de las mujeres. Donde la juventud aprende a despedirse. Donde las personas migrantes sostienen lo que después se les niega. Donde la pobreza se administra antes que repararse. Donde la burocracia convierte el derecho en una prueba de agotamiento. Donde demasiadas vidas son examinadas antes de ser reconocidas. 

También aquí el derecho cae. Cae cuando una casa deja de ser refugio y se convierte en amenaza. Cae cuando una prestación llega tarde y ya no repara. Cae cuando una persona mayor espera sola. Cae cuando una trabajadora sostiene hoteles donde jamás podría dormir. Cae cuando una cuidadora pierde su vida cuidando la de otros. Cae cuando una familia elige entre alquiler, comida o recibos. Cae cuando una persona trans, racializada, empobrecida, enferma, dependiente, mayor o diferente entiende que su existencia será siempre puesta bajo sospecha. 

Porque el derecho no cae igual sobre todos los cuerpos. Siempre golpea primero a quienes ya fueron colocadas más lejos de la protección. A las mujeres. A las personas pobres. A las migrantes. A las racializadas. A las personas trans. A quienes cuidan. A quienes dependen de cuidados. A quienes envejecen solas. A quienes no producen al ritmo que exige el mercado. A quienes no encajan en la forma estrecha con la que el poder mide el valor de una vida. 

Y aun así, seguimos creyendo. No porque ignoremos el cansancio, sino porque lo conocemos demasiado bien. Porque debajo del miedo todavía queda una fuerza antigua, una memoria de pueblo que sabe abrir camino cuando todo parece cerrado. Seguimos creyendo en un lugar donde la vida no tenga que pedir permiso para ser vivida; donde haya tiempo para sanar, para cuidar, para estar presentes, para volver a mirarnos sin sospecha. Creemos en una tierra que no confunda la calma con obediencia ni la esperanza con ingenuidad. Porque la esperanza no es esperar sentadas a que algo cambie. La esperanza es levantarnos juntas para que la vida vuelva a tener sitio. 

Esto no se trata de una campaña. No se trata de una sigla. No se trata de una bandera vacía. No se trata de cambiar de amo. Se trata de impedir que nos roben también la idea de que tenemos derecho a vivir con dignidad. 

Porque cuando el derecho se cae, no cae solo una ley. Cae la confianza en lo común. Cae la posibilidad de cuidarnos. Y Canarias no puede seguir mirando en silencio. Esta vez tenemos que estar.  

No salimos solo contra lo que nos quitan. Salimos por lo que todavía somos capaces de construir. Una Canarias donde vivir no sea una carrera de agotamiento. Donde cuidar no sea una condena privada. Donde la vivienda no expulse. Donde trabajar no destruya. Donde migrar no deshumanice. Donde envejecer no sea quedarse sola. Donde la diferencia no tenga que pedir permiso. Donde el derecho vuelva a tocar la vida.  

¡Por eso, este 26 de septiembre, salimos a las calles! Porque queremos estar donde se nos vea. Estar donde el miedo no pueda separarnos. Estar donde la verdad deje de ser una conversación privada. Estar para que nadie vuelva a hablar de Canarias sin su gente. Estar para decir que el derecho no se suplica, no se agradece y no se mendiga. 

¡Se ejerce! 

¡Se defiende! 

¡Se cuida!