Juan Gabriel Vásquez, escritor: “El pasado solo existe mientras lo contamos y por eso puede ser víctima de muchas manipulaciones”
El escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez (Bogotá, 1973) entró un día en la Casa de la Poesía Silva. Mientras escuchaba poemas con unos auriculares un hombre que estaba sentando enfrente haciendo lo mismo comenzó a llorar. Así nació Ricardo Laverde, el protagonista de una de sus novelas. A los 23 años estaba en París y leyó en un periódico que una escultora colombiana se había “muerto de tristeza'. Esas palabras -escritas por García Márquez- alumbraron otro personaje: la Feliza Bursztyn literaria cuando rellenó con imaginación las páginas en blanco de su biografía real. La narrativa de Vásquez indaga de forma recurrente en un pasado ”que solo existe mientras se cuenta“, que no existe como lugar porque ”es una creación mental“. La violencia es otro rayo que apuñala sus narraciones. El suelo de Colombia es fértil para el odio, el desprecio, el miedo del otro y la desconfianza del otro y todo eso hace estallar el volcán de furia al que, cada vez, somos más inmunes. El premiado y reconocido autor de ''El ruido de las cosas al caer' no da tregua al silencio ni a la indiferencia.
Nadie escribe ficción si está completamente contento con cómo está armado el mundo, dijo en una ocasión. ¿Es la escritura para usted un campo de batalla, un acto de rebeldía?
En cierto sentido es un acto de rebeldía, en la escritura nos rebelamos contra las camisas de fuerza que nos pone la vida por el hecho de ser una sola. Por el hecho de que, los que no tenemos el privilegio de la fe, esta vida se acaba y no hay nada más. Pero también porque la vida es una sola en otro sentido. En el sentido de estar encerrados durante toda nuestra existencia en la misma identidad y eso a algunos seres humanos, creo yo que a la mayoría no nos basta. Nuestra curiosidad no se queda tranquila con la experiencia de una sola vida, queremos ser otras personas, queremos vivir más vidas que las nos tocó en suerte y la única manera efectiva razonablemente efectiva que hemos inventado para acercarnos a la experiencia de otro es la ficción, y la ficción en el lenguaje. Yo sostengo que la literatura, por fusionar en lenguaje y no en imágenes, se comparta de manera distinta, nos permite llenar las palabras de otros con nuestra propia experiencia y así vivir más de cerca lo que sería ser una mujer rusa en el siglo XIX como Anna Karenina o incluso un hombre que se despierta convertido en insecto, como Gregor Samsa. Eso son los sortilegios que permite la ficción. La escritora inglesa George Elliot dice que la ficción es lo más cercano a la vida y nos permite estar tan cerca como puede ser posible de vivir otras vidas.
¿Qué lecturas le han acompañado en su travesía vital?
Han cambiado. Las primeras que ocuparon un lugar de importancia en mi vocación fueron mi tradición del boom latinoamericano que yo comencé a leer con diez, once años, cuando leí 'El coronel no tiene quien le escriba' y partir de ahí nunca dejé el boom, esa generación me ha acompañado siempre y los escritores que esa generación trajo desde el pasado. Borges, Onetti, Carpentier y una segunda generación que para mi fue muy importante que fue la novela inglesa de entre guerras, Joyce, Virginia Woolf, Faulker... fueron muy importantes para mi en un momento. Luego han ido cambiando y noto que cada vez voy echando para atrás, cada vez vivo más en el siglo XIX, más instalado en los novelistas rusos del XIX o en Flaubert y Stendal. Siguen diciendo cosas muy importantes para mi. Aparte de eso hay tres nombres que están como dioses laicos en mi biblioteca, que son Cervantes, Shakespeare y Montaigne. En los ensayos de Montaigne, en El Quijote -en particular- y en las tragedias de Shakespeare está casi todo lo que uno necesita para ser humano.
La literatura y el periodismo tienen vasos comunicantes pero ¿son dos maneras diferentes de entender el mundo?
El periodismo de opinión, que es el que yo practico -empecé a escribir columnas en 2007-, y la ficción literaria son las dos maneras más opuestas que yo conozco de enfrentarse al mundo en palabras. Escribo ficción desde la incertidumbre, desde la duda. Escribo novelas porque no se, y la novela es una manera de explorar. Como dice el título de un libro mío para hacer 'viajes con un mapa en blanco'. Eso es lo que es la ficción para mi, es una manera de entrar en lo desconocido para averiguar que hay ahí. En cambio, la escritura de opinión es parte del impulso contrario, parte de una certeza aunque sea mínima, de la necesidad de dar una respuesta mientras las novelas tratan de hacer preguntas. La columna de opinión se escribe porque uno quiere convencer. Para mi escribir una novela para tratar de convencer a alguien de algo es un anatema y deberían quitar el carné al novelista. Es una de las prohibiciones que tiene el género, no se escriben novelas para convencer a nadie de nada. Pero la opinión en periodismo, si. Quiere hacer proselitismo de una idea, de una visión del mundo o condenar la opuesta. Se escribe desde la incertidumbre mientras que la novela ser escribe desde la duda. Ahí hay una oposición radical y es muy difícil que en la misma cabeza quepan las dos maneras de entender el mundo. Conduce a una cierta esquizofrenia que uno siempre tiene que cuidar.
¿Para qué necesitamos la ficción? ¿qué aporta la novela?
Creo que la novela es conocimiento, pero es un conocimiento que no se puede cuantificar, que no es empírico, pero sin el cual los seres humanos seríamos menos. Es decir, yo creo que las maneras que hemos inventado los seres humanos para contar el mundo nos descubren parcelas del mundo pero la historia, el periodismo, la sociología, nos permiten conocer un nivel de lo humano que es el nivel de la superficie, de lo que se puede medir, de lo que se puede ver. Pero los seres humanos tenemos otro nivel, que es donde ocurre nuestra vida inconsciente, nuestra vida emocional, la vida de nuestras ambigüedades, de nuestros demonios, y esa vida no se puede contar mediante los relatos fácticos. Para contarla necesitamos la novela. Si uno quiere saber qué ocurrió durante las guerras napoleónicas puede leer libros de historia, pero si quiere saber cómo se sintió ser un soldado durante las guerras napoleónicas, cómo se sintió la cobardía, el heroísmo o el amor durante una época de crisis política uno no va a la historia, va a la novela, va a Guerra y Paz, a Tolstoi, y así lo sabe. La novela nos da acceso a una zona de lo que somos como seres humanos que no se puede medir ni cuantificar y que por lo tanto no es accesible para las otras formas que hemos inventado de contar el mundo. En ese sentido es imprescindible.
En los ensayos de Montaigne, en El Quijote y en las tragedias de Shakespeare está casi todo lo que uno necesita para ser humano
Lena Fritts en El ruido de las cosas al caer, intentando averiguar la vida de sus padres; la mujer de Las reputaciones que ingada que pasó cuando era niña, ¿Por qué el pasado cobra una importancia tan vital en su obra?
Siempre me ha preocupado muchísimo el hecho de que el pasado no es un lugar físico. Lo que ocurre en el pasado determina nuestras decisiones de hoy, es objeto de luchas políticas por todas partes del mundo y sin embargo el pasado no existe como lugar, es una creación mental. El pasado solo existe mientras lo contamos y por eso puede ser vícitma de muchas manipulaciones y engaños, siempre está cambiando y eso a mi me llena de ansiedad. Me llena de ansiedad que el pasado no sea un relato fijo que se queda quieto para toda la vida y que sea verificable mediante métodos científicos invulnerables. No. Es mucho más incierto que eso y por eso creo que la ficción se ha convertido en uno de esos lugares donde la voz de los ciudadanos cobra un cierto valor frente a lo que tratan de hacer los poderes políticos siempre, que es dominar el pasado e imponer una versión de él. En la ficción nos rebelamos contra la versión impuesta del pasado que nos dan los poderes políticos o religiosos y por eso, en parte, es la razón por la que me obsesiona tanto.
¿Se está reescribiendo el pasado de manera más evidente en esta época contemporánea?
Yo creo que si. El pasado ha sido siempre material manipulable para el poder político. A partir de los totalitarismos del siglo XX eso cobró otra dimensión, el estalinismo fue consciente de la posibilidad de cambiar el pasado. Están todos esos casos famosos de la fotografía donde aparecía Trostky, en las que de repente ya no está Trostky y una persona física es eliminada de la memoria de un país. Los totalitarismos del siglo XX llevaron más allá la manipulación del pasado pero yo creo que ahora vamos todavía más allá. Estamos asistiendo a fenómenos en los que incluso se puede modificar el pasado inmediato. Cuando los matones del ICE en Estados Unidos asesinaron a una mujer dentro de su carro o a un enfermero que simplemente estaba con un móvil en la mano protestando en la calle por las agresiones cometidas contra alguien más, los asesinaron delante de cámaras. Hay cámaras que lo grabaron y, a pesar de eso, el discurso de la administración Trump describió una escena que no había sucedido. A la mujer la acusaron de tratar de embestir con su carro a unos oficiales y por eso estaba justificado el asesinato, y al hombre le acusaron de tener una pistola en la mano cuando era mentira, tenía un teléfono móvil y no había sacado ningún tipo de arma. Sin embargo la administración Trump montó un relato para contar otra historia y lo impuso entre los suyos. La mitad de Estados Unidos cree en lo que dijeron ellos, no en lo que vieron sus ojos. Eso es la ya la realización de los peores miedos distópicos. Eso sale en 1984 de Orwell. En la novela se cuenta cómo el mandato de la dictadura es decirle al ciudadano: usted no ha visto lo que ha visto, usted no ha oído lo que ha oído. Eso lo están logrando los nuevos autoritarismos y a eso hay que tenerle mucho miedo.
Apuesta por contar el pasado pero en ocasiones se ha servido de esa realidad pretérita para recrear novelas de ficción sobre un poso de realidad. En Los nombres de Feliza indaga en la biografía de la escultora colombiana mezclando realidad e imaginación ¿Por qué recurrir a esta fórmula híbrida cuando de alguna manera puede parecer a priori que altera el pasado, al inventarlo o dibujarlo a capricho del escritor?
Por una vindicación de la novela como un lugar donde imaginamos al otro. En los dos libros he querido poner en escena el hecho de que una vida real está incompleta para nuestro conocimiento sin la dimensión que le otorga la ficción. Una biografía de Sergio Cabrera, el protagonista de Volver la vista atrás, o una biografía de Feliza Bursztyn, la escultora protagonista de Los nombres de Feliza, contarían la parte visible de su vida, pero yo quiero poner sobre la mesa la idea de que las novelas nos entregan la dimensión de una persona real que es inaccesible sin ella, que no conoceríamos sin las novelas. Las novelas también quieren hacer eso, una invitación al lector a imaginar la vida de otro que creo que es profundamente revolucionario. Hoy en día contar el mundo desde una persona que no tiene mi identidad, que no es de mi género, que no es de mi raza, que no es de mi nacionalidad parece que está siendo cuestionado. La conversación norteamericana sobre apropiación cultural, que a mi me parece absurda desde el punto de vista de la ficción. Una novela como Los nombres de Feliza quiere decirle al lector: yo soy un hombre del año 2023 y la novela me permite entrar en el punto de vista, en la sensibilidad de una mujer que murió en el año 1982. Esto es una fuente de conocimiento invaluable y la novela quiere defender esa capacidad maravillosa que tenemos los seres humanos de lo que yo llamo la imaginación moral. Imaginar la vida interior, moral y psicológica de otra persona. Es valiosísimo y lo estoy poniendo en escena en esos dos libros.
Usted se expresa con cierto hábito a través del ensayo ¿es difícil hacer un hueco para estas lecturas en tiempos de redes sociales y pensamientos menos reflexivos?
Es posible, no lo se. Escribo ensayo porque sigo defendiendo tercamente una lectura de mi tradición en la que trata de examinar porque un libro es importante para mi, para la tradición. Es una especie de lectura consciente de estar leyendo. Creo que el ensayo, en cierta manera, puede ser una investigación muy apasionante. Ricardo Piglia decía que un ensayo es como un relato policial en el que el ensayista es un detective y la idea central es el crimen, y uno ensaya para investigar. En eso creo, en el ensayo como el momento en el que el escritor trata de saber por qué le gusta lo que le gusta. En ese proceso, si todo va bien, puede compartir un entusiasmo y contagiarlo. Eso a mi me ha pasado incontables veces que los escritores que admiro escriben un ensayo y me contagian su entusiasmo y cruzo los dedos para que los míos puedan hacer lo mismo.
En su narrativa asoma la violencia como una constante. Pasan los siglos, se suceden las generaciones y aun vivimos en un mundo que todavía tiembla con tambores de guerra. es más, ahora se puede jugar en el bando del verdugo con insolente naturalidad y negar conductas genocidas, ¿hemos normalizado convivir la violencia?
Uno de los efectos más perniciosos de los progresos tecnológicos ha sido hacer que la violencia lejana sea parte de nuestras vidas. Vivimos vidas anestesiadas por el exceso de estímulos. Recuerdo muy bien, a principios de este siglo, cuando vi -como vio todo el mundo- a un periodista ser degollado por fundamentalistas islámicos y ese crimen cometido frente a una cámara y enviado a todo el mundo creo que empezó una transformación de nuestra conciencia. Creo que todos hemos visto las tragedias humanas en los últimos años en imágenes y vemos el sufrimiento de la gente, los actos de violencia. Vimos a Renée Good, vimos al enfermero Pretti se asesinados por el ICE delante de una cámara. Creo que eso nos ha anestesiado, ha convertido la violencia en espectáculo y forma parte de una enfermedad de nuestro tiempo que es la tolerancia al sufrimiento de los otros.
Colombia es una sociedad extremadamente fértil para el odio, para el desprecio, para la violencia, para la calumnia
‘Vendrán más años malos’ alertó usted sobre la posibilidad de que Aberlado de la Espriella gobernase Colombia, entre otras cuestiones, por su voluntad de entregarse sin condiciones al Gobierno de Trump ¿qué está pasando en el mundo?
No lo se, es una pregunta que quisiera poder resolver porque es extremadamente grave. Aberlardo de la Espriella montó toda su campaña política alrededor de la amenaza de violencia, la amenaza -en sus palabras- de destripar a la izquierda colombiana, alrededor de declaraciones homofóbicas. En algún momento conocimos una grabación en la que decía que habría sido paramilitar si habría podido. Su discurso ha sido de amenaza, de violencia contra el disenso. Hay más de cien periodistas amenazados por los artículos que han escrito cuestionando sus actividades, de manera que un personaje que monta toda una propuesta política alrededor de la negación del otro y alrededor de la amenaza de violencia física, que una persona así gane la presidencia de mi país me parece profundamente preocupante. Al mismo tiempo, entiendo parte de los mecanismos por los que eso sucedió: tiene que ver con la incompetencia, la corrupción y la misma división sembrada por el gobierno de Petro a quien yo responsabilizo, en parte, de la victoria De la Espriella. He visto que ese discurso de odio, de repudio del otro, ha calado en la sociedad colombiana. Creo que Colombia es una sociedad extremadamente fértil para el odio, para el desprecio, para la violencia, para la calumnia. Como me he pasado toda la vida intentanto tratando de explicar o de entender el fenómeno de la violencia en mi país puedo decir que creo que esta es una de las razones por las que nuestra violencia no se va a ninguna parte, por las que se reiventa. Porque el suelo es fértil. Colombia por distintas razones es un suelo fértil para el odio, el desprecio del otro, el miedo del otro, la desconfianza del otro y todo eso conduce a la violencia.
Llega a Santander para participar en la Feria del Libro, FELISA. ¿Qué pueden encontrar los lectores en sus libros?
He venido a hablar, sobre todo, de Los nombres de Feliza que es un libro que me da mucho gusto presentar aquí porque estamos en FELISA de Santander y en mi pronunciación latinoamerican suenan igual. Es una novela sobre una vida extraordinaria. La vida de una mujer que murió mientras cenaba con Gabriel Garcia Márquez y con otros amigos en enero del año 82 . Después de morir García Márquez escribió un artículo que decía que la escultora Felisa Bursztyn había muerto de tristeza. Yo leí ese artículo con 23 años, estaba en París, y me pregunté ¿qué quiere decir esto? ¿cómo se puede morir de tristeza? Ahí se sembró una semilla y el resultado es esta novela que son casi trescientas páginas en el intento de averiguar por qué Feliza Bursztyn murió de tristeza. Esa es la exploración que les propongo a mis lectores.
Hay otro libro después de ese que es una recopilación de mis artículos de El País, hemos recopilado los mejores de los últimos cinco años que tratan de examinar este mundo tan raro que nos ha tocado con varios hilos conductores. Uno de ellos es la manera en la que han cambiado nuestras vidas por las nuevas tecnologías, otro la violencia y la mentira como ejes de lo que nos está sucediendo y otro eje es mi actividad como lector, como observador del arte. Hay una tercera parte del libro que está dedicada a contagiar entusiasmos por una novela, por una música, por un cuadro. Los artículos son un intento de prolongar la conversación con mis lectores.
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