Más allá del final
Quien quiera hacer análisis social debe de estar siempre atento a los productos culturales de su tiempo, sobre todo a los más pop. Acudí recientemente al estreno de la última secuela de Toy Story, Toy Story 5; no hay nada sorprendente en que una franquicia extienda más allá del límite de lo razonable el chicle de las secuelas, pero sí que percibí, no sé si colmada por la nostalgia, una distancia enorme entre Toy Story 4 —que vi a finales de la década pasada— y esta nueva. Toy Story 4 fue una película polémica, que desarrollaba a los protagonistas en direcciones inesperadas, constituía un epílogo que a mí me satisfizo y en revisionados me ha parecido encantador; Toy Story 5, en cambio, me ha parecido infantil, innecesaria, sin que su trama contribuyera nada al sentido global de la saga.
Grafton Tanner, un filósofo, dice que la dinámica que rige nuestro tiempo es la del porsiemprismo. Porsiemprismo es la presencia contratante del pasado en lo contemporáneo: porsiemprismo es nostalgia artificial, negación de los finales y también de toda posibilidad de cambio. Toy Story 5 es la instauración definitiva del porsiemprismo. Si Toy Story 4 representaba un epílogo, tras el cual difícilmente se podía explorar la historia de sus juguetes protagonistas en otra dirección, Toy Story 5 busca obsesivamente los hilos de trama perdidos, todo lo que la película sea capaz de inventarse
La sala a la que fui a ver la película estaba llena de adultos y parejas en citas; lo que escaseaban eran niños, el público supuestamente natural de la película. ¿Qué nos impulsaba —me incluyo en el plural— a ocupar nuestras butacas, a asistir a un acontecimiento colectivo, reaccionar a nubes blancas sobre fondo de pintura azul como si fueran el estímulo de nuestro perro de Pavlov? La aceleración de un tiempo en el cual lo más constitutivo es la nostalgia, y la aceleración de la propia nostalgia. Nostalgia de los 80, de los 90, hasta de los 2000; nostalgia de los tiempos que una misma no ha vivido.
¿Cuál es el efecto de una cultura que no es capaz de producir novedad, que no puede innovar, cuya única utilidad restante es la repetición de lo que ya fue, de pronto deglutido? En el caso de Toy Story, lo curioso es que el ejemplo lo da la propia saga. Los juguetes son, en la enorme mayoría de casos, incapaces de pensarse más allá de sus dueños. Todas las películas están atravesadas por la lealtad y el deber: lo que los juguetes deben universalmente a todo otro juguete, pero también qué le deben los juguetes a sus humanos, a sus niños, a los que no pueden o deben abandonar bajo ningún concepto.
La única película que ofrece una salida a esa lealtad asfixiante es Toy Story 4: la emancipación de los juguetes al hallar un sentido propio a la vida no vinculado a un ser humano, frente a los juguetes que optan por permanecer con su dueño hasta cuando este ya no quiere jugar con ellos. Toy Story 5 borra ese desarrollo para afrontar cuestiones aparentemente más contemporáneas, en su tratamiento más conservadoras: el auge de alternativas tecnológicas en tiempos de inteligencia artificial, la desaparición de la propia función del juego. Al hacerlo, acaba siendo la versión de la saga que menos sentido tiene; la que va más allá del final.
Deberíamos identificar como una patología propia de nuestros tiempos esta incapacidad para dejar las cosas cuando han de concluir, la necesidad de extenderlas cuando no dan más de sí. Si no lo hacemos, el futuro –y nosotros– acabará condenado a la repetición de lo mismo, cada vez en máxima aceleración: repetir como si fuera para siempre lo de hace diez años, cinco años, doce meses, seis meses, juguetes extendidos más allá de su fecha de caducidad; juguetes que temen cuestiones tan humanas como la falta de sentido, el absurdo, la muerte, la necesidad de construir una vida propia. La única película de la saga que no responde a esas preguntas sino tangencialmente es esta última, y por eso es un fracaso: la más infantil de las películas de la saga, sin que el ingenio de las imágenes haga nada por ellas, sin virtuosismo visual más allá de algunos escasos momentos de imaginación. Ni Buzz vuela ni el sueño es sueño.
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