No hay nada que hacer
En uno de sus últimos libros, el teórico Didi-Huberman recuerda que, para Max Weber, en sus famosas conferencias sobre la vocación y profesión de la política, existen al menos tres malas maneras de comportarse ante “el desastre”. Lea cada uno en el desastre, hoy, lo que quiera. Son la amargura, la aceptación y la huida mística a un afuera del mundo. Todas ellas niegan la esencia de lo político. La aceptación es comparable a la política del avestruz, que esconde su cabeza de forma cínica y oportunista y acepta lo que hay sin pretensión de cambiarlo: opta por no hacer nada hasta que todo pase. La amargura es igual en su negación, pero más melancólica. La huida mística busca un triunfo desplazado a un futuro que nunca llega, aquel en el cual se reunirán las condiciones adecuadas para vencer, la gran noche de la revolución, en utopismo estrafalario.
Me he visto a mí misma, en este último año, muy cerca de varias de estas posturas. De la aceptación y de la amargura, sobre todo. Aparecen y son convocadas, por ejemplo, cuando asumimos, como se tiende a asumir en muchos espacios, la inevitabilidad de un gobierno de coalición conformado por el Partido Popular y por Vox tras las próximas elecciones generales. Como tal desembocadura se da por ineludible, no se ponen todas las energías necesarias en evitarla, ni existe fervor ni pasión alguna por hacerlo: una cosa lleva a la otra y la catástrofe se torna profecía autocumplida.
No me he acercado a la amargura y a la aceptación porque el resultado no me importa, porque me importa y me afecta; lo he hecho más bien por impotencia e incapacidad para ver otra salida. Haberme visto a mí misma muy cerca en distintos momentos de esas posturas, estarlo con frecuencia, es un buen motivo para estar fuera de la política activa. En política, la amargura o aceptación habrían de estar desterradas. Los cínicos no hacen política, o la hacen mal. La hacen pensado que la victoria es imposible o que la única victoria posible es la victoria que queda dentro del umbral de su realismo maltrecho. Un cínico no apunta a la luna ni empuja en absoluto el horizonte más allá de su creencia; su cinismo, de hecho, entierra el ánimo de su alrededor.
Como recuerda también Didi-Huberman, Max Weber pronunció su conferencia en un momento concreto, concretísimo, y su tono se debe también a ese momento, a lo que significó: la pronunciaba en Múnich, la Primera Guerra Mundial había terminado escasos meses atrás; sobre todo, habían asesinado en Berlín, sólo dos semanas antes, a Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht. Era el comienzo del clima entre dos guerras que vendría, albor de un tiempo de desconcierto general, y el desastre no era uno solo, sino muchos; su acumulación, de hecho. Parecía que los desastres (pues incluso el fin de esa guerra había sido a su propio modo desastroso) se acumulaban y seguirían acumulándose, tras la experiencia traumática europea más importante. ¿Qué habría que hacer? ¿Sabría alguien qué había que hacer?
No hay nada que hacer, son las palabras del cínico que asume esa frase como verdad absoluta, sea con pena o sin pena, con dolor o sin dolor. No hay nada que hacer y, por lo tanto, muy curiosamente, no se hace nada. Con una salvaguarda en esta crítica, pero: que sea cínico decir que no hay nada que hacer no significa que se salven del cinismo quienes hacen cualquier cosa, sin medirla. Hay quien está en política por acumular méritos, asegurarse un puesto o una liberación, tener un salario indefinido, levantar su propia vela. La política, en su versión peor, se explica, con frecuencia, mucho más por eso que por cualquier otra cosa. Personas sometidas a una precariedad estructural que hallan una posición de relativa seguridad laboral de la cual luego no quieren zafarse en absoluto. Pero hay poco más despreciable, en el ejercicio de la política, que una política cuyo objetivo es la conservación del bienestar de uno mismo, o de sus allegados. La política como agencia de colocación o control del poder, la política como reparto del pastel.
La única política que me parece respetable, frente a esa, es una política que arriesga y se cree el imposible de su victoria, aunque a ratos, cuando entro en la aceptación o la amargura, o me vienen ganas de introducir la cabeza en la arena durante el próximo ciclo político, cual avestruz, hasta yo mire las declaraciones de persistencia con cinismo. Todo aquel que no crea en la necesidad de hacerlo todo por ganar, de arriesgarse hasta el final en ello, debería de irse a casa. Quien malvive con temor a perder derechos laborales no puede ni contemplar la amargura y la aceptación, nadie que fuera a perder derechos en un hipotético gobierno derechista puede esconder la cabeza como un avestruz.
Es un marco que ha repetido una y otra vez el ministro Bustinduy: “exigencia máxima, resignación ninguna”. O que me recuerda, ya hablando de este fin de semana, a la idea con la cual Enma López se presenta a las primarias para liderar la candidatura del PSOE al Ayuntamiento de Madrid. “No vengo a ganar las primarias. No quiero ser candidata. Quiero ser alcaldesa. Llevamos treinta y siete años sin gobernar, y [hace treinta y siete años] existía el muro de Berlín, y Eurovisión lo ganó Yugoslavia. No me da la gana”. Sólo la voluntad férrea de querer ganar puede hacer que sucedan los milagros: que la gente crea que su suma, junto a la de Rita Maestre al frente de Más Madrid, puede recuperar la ciudad tras el cierre acelerado del momento Carmena. La lección más importante de Mamdani, hoy que tanta atención se le presta a Nueva York (y más con la final del Mundial), quizá no fuera comunicativa ni de organización: quizá fuera una lección afectiva, de espíritu y humor. Antes de ganar, él repetía: “a todos los que me paran y me dicen, con buena intención, que ya he ganado sólo por estar aquí compitiendo: lo siento, pero se acabó el tiempo de las victorias morales”. Sólo ahí, diría Weber, está la vocación de la política.
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