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Tregua de verano

Una mujer haciendo un crucigrama
2 de agosto de 2026 23:18 h

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Forma parte de la cultura popular, como minúsculo elemento importado, la idea de la tregua de Navidad: un alto el fuego milagroso acordado espontáneamente durante la Primera Guerra Mundial. Partidos de fútbol entre soldados de ambos bandos; afecto compartido entre hombres que, si hubiera marcado otra cosa el calendario, se habrían asesinado sin piedad. En Belén, en diciembre de 2025, hubo algo parecido a una tregua: retomó las festividades tras dos años sin ellas, bajo el amparo de un alto el fuego frágil. Ochenta kilómetros más allá, en la Franja de Gaza, los ataques del Ejército israelí no se detuvieron ni siquiera esa noche, como en 1914 continuaba la masacre en las trincheras vecinas. En vez de ser maestra de la vida, la historia aparece como maestra del horror.

A otra escala, mucho más pequeña, tampoco en el verano tendemos a darnos tregua. Si encendemos la televisión, oiremos poco menos que las trompetas del apocalipsis, el relato frenético y descarnado de cómo todo suceso, y más en verano, es, quizá, probablemente, lo más grave que ha pasado, jamás, nunca, en la historia de la humanidad. Vivimos enganchados a una actualidad imposible, al síndrome constante de la última hora, y tienden a tener más éxito las estrategias comunicativas que más nos soliviantan, las más capaces de acelerar nuestras pulsaciones. Cuanto más apocalíptico el reportaje, cuanto más nos lleve cualquier cosa al borde del infarto, mejor. Incluso cuando se dan de verdad las tragedias, como sucede estos días en Ceuta, triunfa la forma más sensacionalista de abordarlas. No conviene tampoco autoengañarse: quien informa sobre Ceuta avivando el fuego del odio podría hacer exactamente lo mismo con cualquier anécdota trivial de la semana.

Si no contribuimos a elevar las pulsaciones, aparece la posibilidad de otro reproche. A cualquiera que utilice los medios de expresión que tenga para hablar de otra cosa que no sea esa urgencia es posible acusarlo de banal, o cómplice, al no echar más leña al fuego. Cabe, en realidad, defender un poco lo contrario, y de la banalidad reivindicar la urgencia. Lo sabrá quien atienda a la historia de cómo The New York Times incorporó definitivamente los crucigramas. Tras mucho tiempo calificándolos de “ejercicio mental primitivo”, el ataque a Pearl Harbor, que sometió a la población a altísimos niveles de angustia y ansiedad, sirvió de aliciente para incorporar al periódico alguna forma de distracción. “No puedes pensar en tus problemas mientras resuelves un crucigrama”, escribió por entonces la mujer que acabaría siendo su primera editora de pasatiempos; los pasatiempos encarnaban una tregua que cada lector podía concederse a sí mismo.

Haga usted el experimento de entrar a la portada en digital de cualquiera de los grandes periódicos (¡e incluyo a este!). No es que los juegos (que ya no son sólo crucigramas) convivan con las tragedias, los incendios, los muertos, las vidas perdidas, la desolación, el desastre, el infierno: es que a veces van por delante, incluso encima. O abra usted un periódico y vea cómo salta, molesto pop-up, una oferta para ponerse al día con palabras secretas y sudokus por tiempo limitado. La pausa viene empaquetada en la misma suscripción que el desastre. Hay quien ha hablado del New York Times como una empresa de juegos con un trabajillo secundario en el mundo de la prensa. Si ese es el caso del New York Times, imagínese el de los demás.

No hay que lamentarse en exceso por ello. Para el historiador cultural Huizinga, que escribió Homo ludens, publicado en 1938, en la antesala de la catástrofe, somos seres que juegan, o sea, que acometen una acción libre, exterior al flujo de la vida corriente, sin interés ni provecho. No podemos renunciar a ello. Para quienes heredamos la pesada carga cultural católica, somos además seres culposos, que incluso en sus formas de disfrutar hallan motivos para castigarse, capaces de convertir el descanso en falta y toda falta en penitencia. No olvidemos la importancia de indignarnos por las injusticias del mundo, por cuanto acontece y nos resulta inaceptable, pero tampoco permitamos que esa expresión indignada se convierta en la imagen de todo lo que somos. Conviene que seamos capaces de concedernos una tregua de verano, aunque sólo tengamos la tregua que otros nos venden.

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