La modernidad también fue rural: Enriqueta Martín Ortiz de la Tabla, bibliotecaria y replicante del Lyceum Club en Llerena
Enriqueta Martín Ortiz de la Tabla no fue solo una pionera en la profesionalización de las bibliotecas españolas ni una de las primeras extremeñas doctoradas en Filosofía y Letras. Fue, ante todo, un puente. En 1930, mientras Madrid bullía con las tertulias de las Sinsombrero en el Lyceum Club Femenino, Martín comprendió que aquel laboratorio de emancipación no podía quedar confinado a la capital. Con el apoyo de su mentora, María de Maeztu, y otras mujeres extremeñas trasladó ese espíritu a su Llerena natal, donde fundó la Asociación Cultural Femenina, una adaptación rigurosa y consciente de la vanguardia pedagógica madrileña al corazón rural de Badajoz.
De los campus estadounidenses a la Residencia de Señoritas
Nacida en Llerena en 1892, Enriqueta Martín encarnó el ideal de la mujer moderna de la Edad de Plata. Hija de un padre comprometido con la modernización técnica y hermana de la poeta Soledad Martín, su ambición intelectual la llevó a doctorarse en la Universidad Central de Madrid.
Su trayectoria cambió de rumbo gracias a una beca de la Junta para Ampliación de Estudios, que la llevó a enseñar en Smith College y Vassar College. Allí se familiarizó con los sistemas bibliotecarios más avanzados del mundo y con una concepción de la biblioteca como herramienta de democratización cultural.
A su regreso, asumió la dirección de la biblioteca de la Residencia de Señoritas y del Instituto Internacional. Desde estos espacios introdujo en España —o, más precisamente, contribuyó decisivamente a implantar— el sistema de clasificación decimal Dewey, que aún hoy estructura el conocimiento en miles de bibliotecas.
El Lyceum Club: profesionalización, redes femeninas y acción social
Como socia activa del Lyceum Club Femenino, Martín compartió espacio con figuras como Victoria Kent, Clara Campoamor o Zenobia Camprubí. El Lyceum no era un simple club: era una institución organizada en secciones de Literatura, Ciencias o Artes, diseñada para defender los intereses de las mujeres en un país que apenas empezaba a abrirles sus puertas.
Uno de los vínculos más directos de Enriqueta con el Lyceum fue su labor en la 'Asociación Libros', integrada por sus alumnas de biblioteconomía. Esta asociación colaboraba con la Casa del Niño, una guardería gratuita para hijos de madres obreras. Allí, las bibliotecarias formadas por Martín creaban bibliotecas infantiles y narraban cuentos, uniendo técnica, pedagogía y compromiso social.
Llerena: cuando la vanguardia llegó al mundo rural
En diciembre de 1930, el proyecto de Enriqueta aterrizó en Extremadura. La Asociación Cultural Femenina de Llerena (ACFL) nació como una adaptación fiel del Lyceum madrileño, no solo en sus ideales, sino también en su estructura: un salón privado para socias, tertulias literarias, gramófono y una biblioteca gestionada con el rigor científico que Martín exigía en Madrid.
Para Enriqueta, la ACFL era un instrumento para la “redención social de la mujer” en el ámbito rural. Su objetivo era combatir el aislamiento que relegaba a la mujer extremeña al hogar y promover la autosuficiencia económica a través de la cultura. Su estrecha relación con Maeztu —de quien fue considerada “alumna dilecta”— permitió que la pedagogía más avanzada de la capital fluyera directamente hacia Llerena.
Un legado interrumpido por la guerra
La Guerra Civil truncó este impulso. El Lyceum fue incautado y la ACFL disuelta. Enriqueta inició entonces un “exilio interior”: continuó trabajando en la biblioteca del Instituto Internacional, rebautizado en la posguerra como Colegio Mayor Santa Teresa de Jesús, adaptándose a un régimen que perseguía los ideales que habían guiado su vida.
A pesar de la censura, siguió formando a generaciones de bibliotecarias hasta su jubilación en 1971. Publicó el manual Bibliotecas (1948), una obra de referencia en la biblioteconomía española. Murió en Llerena en 1984.
Una modernidad que no entendió de fronteras
Hoy, la figura de Enriqueta Martín emerge de los archivos como el testimonio de una modernidad que no fue exclusivamente urbana. Su vida demuestra que la vanguardia también germinó en los márgenes, allí donde mujeres como ella decidieron que la cultura debía ser un derecho y no un privilegio. Su legado —técnico, pedagógico y feminista— sigue interpelándonos en un país donde la brecha cultural entre ciudad y periferia continúa siendo un desafío.
No podemos por menos dar aquí los nombres de todas las modernas llerenenses de este Club: María Luisa Fernández-Grandizo, Juana Naharro, Manuela Ramón y Araceli López, Clotilde López, Isabel Ramón, Carmen León, Isabel Domínguez, Ana Fernández, Mercedes López , Rosario Nogales, Teresa Rodríguez, Consuelo Gómez, Antonia Rodríguez, Ángeles James, Úrsula Hernández, Ana Hernández, Carmen Muela, Teresa Vidarte, Angelina Vázquez, Adelaida López, Dolores Frías, Carmen Nieto, Josefina Ezmeralda, Soledad Martín, María Millán, Dolores López, Granada Morales, Vicenta Gil, María Gallardo, Gracia Millán, Rosario Vinuesa, Manuela Vaquera, María Antonia Bodero y Marina Carrasco.
El eco de una vanguardia pendiente
La historia de Enriqueta Martín y de las mujeres de la Asociación Cultural Femenina de Llerena no es un simple capítulo de nostalgia erudita; es un espejo incómodo y urgente para nuestro presente. Aquellas “modernas llerenenses” entendieron, hace casi un siglo, que el feminismo no podía ser un lujo metropolitano ni una teoría de salón capitaneada solo desde Madrid, sino una herramienta de trinchera capaz de dinamitar el aislamiento rural a golpe de catalogación, lectura y soberanía económica. En un siglo XXI donde las periferias siguen batallando contra el olvido, la brecha digital y el desmantelamiento de sus espacios comunes, el eco de Enriqueta nos recuerda que la verdadera vanguardia no se mide por la altitud de los rascacielos, sino por la capacidad de tejer redes allí donde el sistema solo proyecta silencio. Nombrarlas hoy —a ella, a su hermana Soledad, a Juana, a Clotilde, a Angelina y a tantas otras— no es solo un acto de justicia histórica frente al borrado del franquismo; es encender una antorcha que nos exige continuar su labor: la de habitar los márgenes, democratizar la cultura y recordar que el derecho a la emancipación se conquista, con la misma fuerza, en las aulas universitarias y en el corazón de nuestros pueblos.
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