La convivencia que aún funciona en Ceuta: la mirada del profesor extremeño Fran Serrano desde un aula que sigue integrando
El extremeño Fran Serrano llegó a Ceuta después de una trayectoria marcada por el periodismo y por una enfermedad que le obligó a apartarse de la profesión durante más de una década. Estudió Historia en Cáceres y posteriormente Periodismo, trabajó en Granada, Salamanca, Asturias, Andalucía y Melilla, y conoce bien las fronteras y sus silencios. Ya como periodista, en Melilla cubrió la visita del rey Juan Carlos I y episodios relacionados con la frontera que, asegura, “nunca tuvieron la repercusión que merecían”. Después perdió la visión durante años. “Perdí diez años”, recuerda. Cuando pudo volver a leer, su vida profesional tomó otro rumbo.
La enseñanza lo llevó a Ceuta. Lleva cuatro cursos en la ciudad y siete como docente. Es un profesor itinerante, acostumbrado a cambiar de especialidad y de destino, y reconoce que nunca había permanecido tanto tiempo en un mismo lugar desde aquella década en Badajoz. Ahora trabaja en un programa de FP Básica Adaptada, con alumnado con discapacidad, en talleres de reprografía, impresión, encuadernación y tipografía. Nunca había trabajado con jóvenes con autismo y la experiencia, dice, le ha sorprendido. “Voy a divertirme, a pasármelo bien y a disfrutar aprendiendo. Por las mañanas no doy voces, solamente recibo abrazos, estoy chocando manos”.
El instituto funciona como un refugio de normalidad. Es un centro pequeño, donde todos se conocen y donde el alumnado con mayores necesidades de apoyo está integrado en un instituto convencional. Serrano destaca la forma de trabajar de la dirección, la relación con las familias y la libertad que se concede al profesorado. Para él, esa organización tiene un valor que va más allá de la enseñanza: sus alumnos y alumnas necesitan aprender, pero también relacionarse, tener amigos, salir, practicar deporte y sentirse parte de un grupo. Necesitan una vida cotidiana que no esté determinada por la tensión que atraviesa la ciudad. “Hay chavales que fuera no tienen esa cercanía, esa amistad”. Por eso la escuela ha adquirido ahora un significado especial. “Es un lugar para volver a tener libertad”.
Antes organizaba salidas, actividades culturales, deporte, visitas al teatro. Este curso prevé reducirlas casi por completo. No quiere exponer a los jóvenes a situaciones difíciles de controlar. Aun así, la vuelta a clase ha sido normal. Desde agosto, familias, docentes y alumnado mantienen un grupo de WhatsApp ante el temor de que el programa no pudiera comenzar. Las clases arrancaron el 8 de septiembre y apenas hay absentismo, salvo por motivos médicos. En una ciudad donde muchos jóvenes han reducido sus salidas y algunas familias han cambiado sus hábitos por miedo, acudir al instituto significa seguir teniendo un horario, compañeros y compañeras, profesorado y un espacio propio.
El centro está situado entre el núcleo urbano y los primeros barrios con mayor presencia de población musulmana. Serrano calcula que alrededor del 95% de su alumnado es musulmán, aunque es una estimación personal. Para él, el instituto demuestra que la convivencia no es un lema. Habla de Ceuta como una “sociedad de las cuatro culturas” y cree que esa realidad se aprecia especialmente en las aulas. Los niños, sostiene, todavía tienen una capacidad de integración que después puede verse condicionada por otras desigualdades. Cuando sean más mayores la principal diferencia no tendrá que ver con la religión, sino con la situación económica. Por eso defiende que los centros educativos deben protegerse de la tensión exterior. “Si queremos saber cómo puede ser la convivencia en Ceuta, hay que mirar también a los colegios y a los institutos”.
Pero la tensión ha entrado de alguna manera también en los centros. En el IES Puertas del Campo hay un vigilante de seguridad permanente, cinco profesionales que se relevan. Durante las entradas y salidas hay presencia militar. Para Serrano, la imagen es difícil de asumir. “Parece una situación de guerra”. Se ha creado un aula matinal y vespertina para facilitar la conciliación y, también, para gestionar los desplazamientos escolares, que están provocando problemas de tráfico. Él esperaba que se pusiera en marcha un programa de recursos para atender la salud mental de alumnado, familias y profesorado. Algunas medidas anunciadas, explica, aún no se han materializado. Le preocupa que la respuesta institucional llegue siempre después de que el problema se agrave.
Dentro del instituto, otro episodio resume hasta qué punto la situación ha alterado la ciudad. El pabellón deportivo llevaba cuatro años inutilizado por su estado. Durante esta entrevista estaba a punto de terminar su rehabilitación. Pero llegó a plantearse utilizarlo para alojar a personas migrantes. El problema es que el pabellón está integrado en el recinto educativo y no constituye un espacio independiente. La propuesta generó malestar. Para Serrano, el episodio muestra la dificultad de improvisar soluciones sin tener en cuenta cómo afectan a los servicios públicos y, especialmente, a los centros educativos.
La presencia de seguridad ha aumentado desde finales de agosto en la ciudad. Serrano asegura que eso ha permitido recuperar algunos espacios. Al principio los militares patrullaban sin armas de fuego; después de algunos incidentes, comenzaron a portarlas. Se desplazan en grupos y no todos llevan el arma cargada. La seguridad es especialmente visible en zonas con colegios, institutos y supermercados. En el entorno del IES Puertas del Campo, la situación ha mejorado. Pero no es homogénea. “Hay islas de seguridad”. Al caer la noche, la sensación cambia. Ceuta, dice, se ha convertido en una ciudad dentro de otra. “No es lo mismo la acera de acá que la acera de allá”. Él mismo lo vivió antes de que la situación se agravara: vivía en un portal “chungo” mientras una conocida residía justo enfrente, en un edificio donde “vale mucho más dinero tener una casa”. Ahora esas diferencias se han multiplicado.
El cambio también lo ha experimentado él. Antes nadaba, hacía ejercicio y practicaba calistenia en espacios públicos. Ahora ha dejado de hacerlo. Algunos alumnos le han contado experiencias que les han generado preocupación. No presenta esas situaciones como una realidad homogénea, sino como parte de una sensación de inseguridad que ha cambiado el comportamiento de mucha gente. Antes se caminaba mirando el móvil. Ahora se mira hacia los lados, se comprueba quién viene detrás, se permanece en alerta. Él mismo se dio cuenta de hasta qué punto había interiorizado ese comportamiento cuando viajó a Cádiz recientemente: seguía mirando hacia atrás. Al día siguiente, al caminar relajado, entendió que la tensión había modificado incluso sus reflejos. “En cuanto no hay luz, la gente de Ceuta desaparece”.
Serrano vive en una zona que considera privilegiada. Aparca junto a vehículos militares y reconoce que esa presencia le proporciona sensación de protección. Pero esa misma protección le plantea una pregunta: qué ocurre con quienes viven donde no existe. “Vivimos raro, mal, con miedo, pero muchísimo mejor que en las barriadas”. Le llama la atención que las quejas sean diferentes según la zona. “Canta mucho cómo no se queja la gente del centro y cómo se quejan los de la barriada”. En esos barrios hay familias que llevan tiempo sufriendo una situación especialmente complicada. Y, sin embargo, son también algunos de esos vecinos quienes están ayudando a las personas que llegan.
Solidaridad
Para entender esa solidaridad, dice, hay que tener en cuenta los vínculos familiares y culturales con Marruecos. Algunas familias tienen allí sus raíces desde hace generaciones. Otras, más cerca en el tiempo. Pero él insiste en una distinción: son ceutíes y son españoles. “No quieren ser marroquíes. Son ceutíes y son españoles”. Precisamente porque conocen la pobreza, porque tienen familiares al otro lado de la frontera o porque mantienen vínculos con pueblos de origen, algunas familias están ofreciendo comida, ropa, mantas o cualquier ayuda a quienes llegan. Lo hacen aunque sus propias condiciones de vida también se estén deteriorando: “Hay muchísima gente pasándolo fatal”.
Serrano insiste en que no todos los migrantes son iguales. Habla de jóvenes trabajadores, chavales que intentan salir adelante, y también de comportamientos que están generando inseguridad. Pero se resiste a convertir a todo un colectivo en una sola categoría. “Una persona, una vida, una historia y una realidad”. Para él, la única forma de evitar la generalización es que las instituciones identifiquen los casos, conozcan quién está en la ciudad y actúen cuando corresponda. Si una persona comete un delito, debe responder por ello. Pero ese comportamiento no puede atribuirse a miles de personas. La falta de información, considera, alimenta el prejuicio.
La ciudad ha cambiado sus hábitos. Algunas familias han reducido sus salidas. Algunos propietarios de segundas residencias, según su percepción, se han marchado. Él mismo esperó más de una semana para recibir un pedido de supermercado. También ha visto escenas difíciles de asimilar en espacios públicos. Pero insiste en que Ceuta no puede describirse solo desde esas imágenes. Porque al mismo tiempo hay barrios donde vecinos humildes están ayudando a quienes llegan. Hay alumnos que acuden cada mañana a clase. Hay familias que siguen llevando a sus hijos al instituto. Hay profesores que continúan enseñando. Y hay una sociedad que, pese al desgaste, sigue intentando funcionar.
Instrumentalización política
Una de las cosas que más irritan a Serrano es la instrumentalización política de lo que ocurre. Como periodista, ha visto cómo políticos, medios y creadores de contenido llegan a las ciudades fronterizas para contar su propio relato. Considera que Ceuta se ha convertido en un escenario demasiado fácil para la confrontación. “Basta ya de instrumentalizarlo todo, por favor, que han muerto muchísimas personas”. La situación insiste, exige una respuesta coordinada del Estado: seguridad, educación, servicios públicos, atención social y convivencia.
Su temor es que una situación prolongada de miedo, desigualdad y falta de esperanza termine generando una reacción difícil de controlar. No habla solo de quienes han llegado a Ceuta. Habla también de quienes viven allí. “Cuando la gente no tiene nada que perder, la puedes liar”. Reclama que las instituciones actúen antes de que llegue ese punto. Teme que ocurra algo especialmente grave y que después ya no haya vuelta atrás. Por eso considera que Ceuta debe abordarse como una cuestión de Estado y reclama responsabilidad política a todas las partes.
Serrano menciona también otra realidad: fenómenos relacionados con el narcotráfico, el blanqueo de capitales y la delincuencia organizada que forman parte de determinados espacios de la ciudad, aunque no siempre sean visibles. Son cuestiones que requieren datos y fuentes oficiales para ser dimensionadas. Su conclusión es otra: “En el día a día la ciudad podrá tener eso en sitios escondidos, pero la ciudad es un ejemplo de convivencia, de integración, de bienestar”. Esa convivencia es lo que más le preocupa perder y desea fervientemente que toda vuelva a ser como antes sobre todo porque la escuela ofrece algo que fuera resulta cada vez más difícil: previsibilidad. Un horario. Una rutina. Un lugar seguro. Una oportunidad para relacionarse. Y, sobre todo, una posibilidad de no vivir permanentemente pendiente del miedo. Para Serrano, esa es una de las grandes responsabilidades de la educación en un momento como este. Un centro educativo no puede resolver la desigualdad ni acabar con la inseguridad, pero puede evitar que los jóvenes queden atrapados por ellas. Puede ofrecerles herramientas para entender el mundo y convivir con quienes son diferentes. Y puede demostrar, cada mañana, que la convivencia no es una teoría.
Permanecer en Ceuta
Fran Serrano podría marcharse de Ceuta. Ha vivido en muchas ciudades y sabe que podría empezar de nuevo en cualquier otra. Pero no lo hace. Le gusta la ciudad, el clima, su alumnado y el instituto. Los fines de semana cruza a la península para recuperar la vida al aire libre que la tensión ha ido limitando, pero vuelve. Y vuelve porque su relación con Ceuta ya no es solo profesional: la conoce como periodista, como profesor y como vecino. Ha visto cómo crecía la presencia de las fuerzas de seguridad, cómo algunos barrios quedaban más expuestos y cómo sus alumnos llegaban a clase con miedo. También ha visto la solidaridad de familias humildes y la rutina que cada mañana sostiene la convivencia dentro del centro.
En medio de una ciudad fragmentada, el instituto sigue siendo un lugar donde la vida funciona. Allí los y las jóvenes aprenden, se relacionan y recuperan una libertad que la calle empieza a negarles. Ese contraste explica por qué Serrano permanece: porque sabe que, mientras fuera la ciudad se divide entre miedo y desigualdad, dentro aún existe un espacio capaz de enseñar algo distinto. Y porque entiende que lo que está en juego no es solo la seguridad, sino que una ciudad no termine educando a sus jóvenes en el miedo, sino en la convivencia. De lo que Ceuta y sus gentes han dado ya buena cuenta.
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